Cuando me invitó a cenar acepté enseguida. Había esperado durante mucho tiempo ese encuentro. Un sin fin de veces me había preparado en vano. Hoy era el día y lo iba a aprovechar.
Nos conocimos en Bali hace años. “El chocolatinero”, como le decíamos en los noventa, había mutado en un maduro hombre de negocios sobrio e inquietante. El reencuentro en Bali no hizo más que avivar el fuego que, a pesar de los años, me consumía. No quería que lo notara .Al fin y al cabo me había dejado colgada.
La magia del lugar, los colores, aromas, sabores, todo hacía propicio el encuentro que tardó en concretarse.
Era el momento. Toqué el timbre. Al abrir la puerta un perfume a madera de cedro dulce con un poco de curry y sándalo me invadió.
El cuarto espacioso y despojado. Un sillón, una mesa, moquette ,dos luces tenues y todo el chocolate del mundo acomodado sobre dos bandejas de plata apilados en forma de pirámides. Lucían crocantes de almendra ,corazones de fondant ,erizo praliné con trocitos de almendra bañado de chocolate negro ,cubanitos ,chocolate en rama ,pétalos de chocolate y trozos de cacahuete acaramelado, gajos de frutas, troncos de chocolate blanco con sabor a coco, mazapán, nougat y mil variedades perfumadas y brillantes. Bocados pequeños formas arbitrarias, papeles fosforescentes a medida que el olfato se acostumbraba el aroma dulce se iba tornando por efecto de las esencias en un amargor picante .Los sentidos colapsaban. Lo que primero perdí fue la voz .Se dio cuenta, apoyó una mano en mi hombro mientras me acercaba con la otra un pétalo de chocolate casi transparente.
Probá, me dijo.
Apenas rozó mis labios se deshizo en una mezcla con gusto a piña y azafrán. Al tragarlo acidez y dulzor me invadieron .Me sentí florecer como un brote .Confundida me dejé llevar hasta el sillón , Me recostó y comenzó a desvestirme .Cuando estuve desnuda acercó una barra de chocolate contundente y gruesa de un color marrón muy oscuro y brillante ,uniforme ,sin ningún tipo de mácula ,burbujas o hendiduras. Despacio fue recorriendo mi cuerpo. La piel respondía a esa caricia firme y nada pegajosa . Con el calor de mi carne la barra se iba deshaciendo y pequeños trozos quedaron adheridos a mis centros neurálgicos de excitación.
Mis sentidos embotados estallando de gozo. Quería disfrutar. El se detuvo .Se puso de pie y se alejó .Temblé .Me sentí abandonada .Cuando volvió traía una jarra de porcelana. Antes de que me diera cuenta me empezó a cubrir con el chocolate más fragante y tibio que pudiera imaginar. A medida que se enfriaba se secaba sobre mí como una cáscara.
Podría comerte, pero todavía falta, quiero que seas mi mujer de chocolate, dijo mientras acercaba las bandejas .
Apagó las luces y encendió las velas. Se arrodilló a mi lado y comenzó a darme de comer pequeños bombones. Se disolvían en mi boca fácil, sin rastro alguno de granulosidades. Entretenida degustando esos sabores casi mágicos no me di cuenta que me iba cubriendo con el resto de las confituras. Para cuando caí en la cuenta dos, tres cien luces me cegaron. Todo pasó tan rápido que no me animé a moverme.
La cámara que disparaba el flash secó hasta la última gota de erotismo. Él seguía gatillando yo necesitaba gritar, pero no podía estaba atragantada incapaz de moverme ni de pensar.
Te quiero en mi campaña, sos la imagen a nivel mundial, afirmaba
Seguía invadiéndome con los fogonazos de la máquina nada podía detenerlo.
El fuego interior salía y yo ardía de bronca y odio. Tomé fuerzas, me levanté con tanta violencia que una oleada de chocolate brotó de mi cuerpo inundando todo el salón. Ni en ese momento la cámara se detuvo. Mi asombro y el descontrol furioso también eran útiles para su campaña. Humillada juntando como pude las ropas huí.
Él no hizo el menor intento por retenerme.
miércoles, septiembre 29, 2010
miércoles, septiembre 15, 2010
Los muchachos de antes no bailaban cumbia, Héctor Guetufian, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.
En la radio todas las señales decían lo mismo. Cómo se las ingeniaba el asesino de músicos de cumbia para que no lo atrapen. Los mataba con una puñalada tras los conciertos y desaparecía sin dejar rastro. Debatían sobre la edad que podía tener; si se encontraba en libertad condicional o era la primera vez y si se merecería cadena perpetua o pena de muerte. No faltó quien recordara a otros asesinos en serie y desembocaban en la asesina de músicos de tango.
Citarla fue inevitable. Cincuenta años atrás una mujer hacía exactamente lo mismo en las tangueadas. No la atraparon, dedujeron el sexo porque descargaba más de veinte puñaladas a sus víctimas, un hombre hubiese utilizado una.
Sacada de quicio los trató de aficionados e insolentes. Aficionados porque era insostenible la hipótesis de si era mujer u hombre por matar así o asá. Insolentes porque había ocurrido hacía cuarentainueve años.
Sentada frente a la máquina de coser veía como la aguja perforaba rápidamente la tela. Más tarde la dejó caer una única vez. Pendulaba estas dos acciones como quien demostraba una teoría.
Citarla fue inevitable. Cincuenta años atrás una mujer hacía exactamente lo mismo en las tangueadas. No la atraparon, dedujeron el sexo porque descargaba más de veinte puñaladas a sus víctimas, un hombre hubiese utilizado una.
Sacada de quicio los trató de aficionados e insolentes. Aficionados porque era insostenible la hipótesis de si era mujer u hombre por matar así o asá. Insolentes porque había ocurrido hacía cuarentainueve años.
Sentada frente a la máquina de coser veía como la aguja perforaba rápidamente la tela. Más tarde la dejó caer una única vez. Pendulaba estas dos acciones como quien demostraba una teoría.
Sin título, Alejandro Crimi, miércoles de 17.30 a 19.30 hs
Apoyo la mano en el lomo del río. Y con el movimiento se expande y contrae (animal) en pequeñas madejas de espuma rubia. Un gato gordo abriéndose manso a la caricia.
Al rato hundo la mano, como si le estuviera (te estuviera) arrancando las tripas. Aprieto y descubro el albor de una sonrisa (mi sonrisa) sobre el tipo que se refleja en el agua. Siento la piel al filo de perder el estado de impermeabilidad, pero ya no importa. La saco y la vuelvo a hundir con más furia. Hasta con un ramalazo de odio. Enseguida descubro que el río no tiene nada que ver con vos. Suelto los ojos, el alma, hasta hacerte desaparecer. Hasta dejar que se cierre el pequeño hueco que dejan mis dedos al salir. Sin embargo la imagen (intuyo que es la mía) persiste en la base del agua. Le escapo, la parto pero sigue ahí. Los ojos mudos, la boca plana, el hoyo al costado de la nariz. Debo ser yo, entonces río o lloro, (en este punto el dolor es el mismo). La estupida expresión de haber dejado escapar el tiempo al lado tuyo. Te odio y me aborrezco por ello. Porque no lo mereces. Ese o cualquier otro sentimiento es mucho para vos. Entonces lo dejo ahí, en la superficie, lo rompo una vez más, lo tomo en forma de agua y me lo pego en la cara. Todo cae en míseras tiritas de agua y ya no hay nada que me haga pensar en vos. Ahora huelo a río, (soy río). Lo llevo en la mano derecha, que coincide con la manija del acelerador. Aplasto el agua, con la espalda de la lancha, reboto en el vientre inflado. Y todo es agua y río. Con las espinas de la velocidad metiéndose de lleno en los ojos. Expandiendo los huecos de la nariz hasta dejarlos ardientes. Curiosamente recién ahora pienso en Panigutti, en Soria, en la estúpida sonrisa de la Gladis. Atendiendo a los viejos desde el mostrador. Aguantando el bollito de dos pesos de propina y en el mismo acto metiéndose la puteada en el culo. Sumando bolsas de odio. Poniendo la cara a la miseria del sueldo. No hay ninguno de nosotros que le escape a eso. A las doce horas de mostrador, al olor a viejo, a la mugre injusta. A la envidia que juntamos cada día al ver al director bajando del auto importado. Se que hoy debiera estar ahí. Comiendo los ravioles, con EL Pocho y Tuqui. El olor a grasa en el pelo, en la ropa, en las mesas del “águila”. Tuco y pesto por quince pesos. Y la acidez gratis. No hoy no.
Aflojo la velocidad solo porque estoy perdido en la conciencia. Y es el río el que me aleja de todo eso. La lancha es solo una excusa. Apago el motor y dejo que la corriente me arrastre. Empale de uno todos los pensamientos ajenos al río. A su color. A la blandura del sol arremangándosele sobre el lomo. Entonces no me queda más que apretar los ojos. Pertenecer a ese rato de felicidad, hasta que la conciencia me lleve otra vez a verte la cara. A la indiferencia, a tu cama fría y oscura.
Al rato hundo la mano, como si le estuviera (te estuviera) arrancando las tripas. Aprieto y descubro el albor de una sonrisa (mi sonrisa) sobre el tipo que se refleja en el agua. Siento la piel al filo de perder el estado de impermeabilidad, pero ya no importa. La saco y la vuelvo a hundir con más furia. Hasta con un ramalazo de odio. Enseguida descubro que el río no tiene nada que ver con vos. Suelto los ojos, el alma, hasta hacerte desaparecer. Hasta dejar que se cierre el pequeño hueco que dejan mis dedos al salir. Sin embargo la imagen (intuyo que es la mía) persiste en la base del agua. Le escapo, la parto pero sigue ahí. Los ojos mudos, la boca plana, el hoyo al costado de la nariz. Debo ser yo, entonces río o lloro, (en este punto el dolor es el mismo). La estupida expresión de haber dejado escapar el tiempo al lado tuyo. Te odio y me aborrezco por ello. Porque no lo mereces. Ese o cualquier otro sentimiento es mucho para vos. Entonces lo dejo ahí, en la superficie, lo rompo una vez más, lo tomo en forma de agua y me lo pego en la cara. Todo cae en míseras tiritas de agua y ya no hay nada que me haga pensar en vos. Ahora huelo a río, (soy río). Lo llevo en la mano derecha, que coincide con la manija del acelerador. Aplasto el agua, con la espalda de la lancha, reboto en el vientre inflado. Y todo es agua y río. Con las espinas de la velocidad metiéndose de lleno en los ojos. Expandiendo los huecos de la nariz hasta dejarlos ardientes. Curiosamente recién ahora pienso en Panigutti, en Soria, en la estúpida sonrisa de la Gladis. Atendiendo a los viejos desde el mostrador. Aguantando el bollito de dos pesos de propina y en el mismo acto metiéndose la puteada en el culo. Sumando bolsas de odio. Poniendo la cara a la miseria del sueldo. No hay ninguno de nosotros que le escape a eso. A las doce horas de mostrador, al olor a viejo, a la mugre injusta. A la envidia que juntamos cada día al ver al director bajando del auto importado. Se que hoy debiera estar ahí. Comiendo los ravioles, con EL Pocho y Tuqui. El olor a grasa en el pelo, en la ropa, en las mesas del “águila”. Tuco y pesto por quince pesos. Y la acidez gratis. No hoy no.
Aflojo la velocidad solo porque estoy perdido en la conciencia. Y es el río el que me aleja de todo eso. La lancha es solo una excusa. Apago el motor y dejo que la corriente me arrastre. Empale de uno todos los pensamientos ajenos al río. A su color. A la blandura del sol arremangándosele sobre el lomo. Entonces no me queda más que apretar los ojos. Pertenecer a ese rato de felicidad, hasta que la conciencia me lleve otra vez a verte la cara. A la indiferencia, a tu cama fría y oscura.
Rita, Alicia Sabella, lunes de 14 a 16 hs.
Dejo atrás la avenida y camino por el callejón. Aprieto el pucho entre los labios, mientras mi mano en el bolsillo estruja la carta que recibí desde Chivilcoy.
Bastaron unas líneas para que mi hermana me contara la enfermedad de mamá. Entonces un sentimiento postergado me asalta de golpe, la extraño y no quiero perderla.
Hago un inventario rápido de mis ahorros, tal vez me alcancen para un pasaje de ida. Me siento desvalida.Desde hace tiempo mi relación con Rudy se volvió difícil. Enojos, gritos, reproches y mi sensación de fracaso.Escucho las excusas atolondradas, pueriles, falta de trabajo, vergüenza porque se sostiene con mi dinero. Sin embargo las ausencias prolongadas y su desamor descubren lo que está oculto.
Entro en el teatro por la parte trasera, empujando la puerta que custodia el Turco. Un vaho impuro satura el pasillo mal alumbrado. El público espera.Conozco ese desfile de rostros trasnochados, percibo cada gesto, cada voz, aunque desaparezcan entre las luces tenues y el humo enrarecido.
Al comenzar la música, me muerde el miedo. No quiero pensar.
Vamos, Rita, hacé de cuenta que estás sola, me dice Gilda.
Bajo la escalinata envuelta en una capa brillosa. Un temblor me detiene.
Dale, piba, me apura el Turco.
Sonrío. Empiezo a deslizarme con gracia aprendida, me reciben silbidos y gritos. Los movimientos fueron ensayados calculados, pero deben tener la apariencia de únicos y espontáneos. La jauría de mirones se entusiasma. Una duda no deja de acecharme: ¿Será grave la enfermedad de mi vieja?
La melodía sensual se articula con mi cuerpo, me acompaña con su cadencia y respira a través de mi piel maquillada. Al descuido, lentamente, dejo caer los breteles del corpiño que vuela por el aire haciendo piruetas. De espaldas al público, oigo las respiraciones agitadas y las palabras groseras ¿Cómo será la vida sin Rudy?
Los enfrento, desafiante. Aúllan de placer, tratan de llegar con sus manos ávidas y el Turco vigila. Suelto la falda sedosa que flotando entre susurros se demora en la caída. Estallan los alaridos, aplauden, se descontrolan. Un haz de luz azulada me encandila y tengo frío.
Bastaron unas líneas para que mi hermana me contara la enfermedad de mamá. Entonces un sentimiento postergado me asalta de golpe, la extraño y no quiero perderla.
Hago un inventario rápido de mis ahorros, tal vez me alcancen para un pasaje de ida. Me siento desvalida.Desde hace tiempo mi relación con Rudy se volvió difícil. Enojos, gritos, reproches y mi sensación de fracaso.Escucho las excusas atolondradas, pueriles, falta de trabajo, vergüenza porque se sostiene con mi dinero. Sin embargo las ausencias prolongadas y su desamor descubren lo que está oculto.
Entro en el teatro por la parte trasera, empujando la puerta que custodia el Turco. Un vaho impuro satura el pasillo mal alumbrado. El público espera.Conozco ese desfile de rostros trasnochados, percibo cada gesto, cada voz, aunque desaparezcan entre las luces tenues y el humo enrarecido.
Al comenzar la música, me muerde el miedo. No quiero pensar.
Vamos, Rita, hacé de cuenta que estás sola, me dice Gilda.
Bajo la escalinata envuelta en una capa brillosa. Un temblor me detiene.
Dale, piba, me apura el Turco.
Sonrío. Empiezo a deslizarme con gracia aprendida, me reciben silbidos y gritos. Los movimientos fueron ensayados calculados, pero deben tener la apariencia de únicos y espontáneos. La jauría de mirones se entusiasma. Una duda no deja de acecharme: ¿Será grave la enfermedad de mi vieja?
La melodía sensual se articula con mi cuerpo, me acompaña con su cadencia y respira a través de mi piel maquillada. Al descuido, lentamente, dejo caer los breteles del corpiño que vuela por el aire haciendo piruetas. De espaldas al público, oigo las respiraciones agitadas y las palabras groseras ¿Cómo será la vida sin Rudy?
Los enfrento, desafiante. Aúllan de placer, tratan de llegar con sus manos ávidas y el Turco vigila. Suelto la falda sedosa que flotando entre susurros se demora en la caída. Estallan los alaridos, aplauden, se descontrolan. Un haz de luz azulada me encandila y tengo frío.
lunes, agosto 23, 2010
Levante a la antigua, Carlos Merlino, lunes de 14 a 16 hs
Primavera: árboles y plantas con verdores nuevos. Sol deslumbrante pero no agresivo. Paseando, mirando, todo parece nuevo, recién estrenado.
Es sábado de tarde e Iñárritu fue a caminar a Puerto Madero. Pasó por el Yacht Club, el Museo de Amalita, los restaurantes, los hoteles, el Puente de la Mujer, vio gente por todos lados.
Para las seis de la tarde está cansado y se quiere volver. Se halla a la altura de la avenida Belgrano y va a dar un último vistazo al imponente Hilton hotel. Luego la salida hacia Paseo Colón.
En la parada del ciento once estaba delante de él. Podía divisar los claritos en su cabeza, la tez blanca de su cara. Campera, pantalones deportivos, zapatillas anaranjadas. Aspecto de piba, años de veterana.
Subieron y ocuparon los dos asientos del fondo que quedaban libres. Codo contra codo. Él iba hasta Villa Pueyrredón, viaje de cuarenta y cinco minutos mínimo.
Cuando después ella levantó el brazo derecho el codo izquierdo de él se clavó en la última costilla de ella y ahí se quedó. El traqueteo del ómnibus favorecía el movimiento de su brazo. No creía que no sintiera que con la punta de su brazo le contaba las costillas. Uno, dos tres, tres dos, uno. Ella miraba el paisaje por la ventanilla.
Después, despacito, colocó su antebrazo derecho sobre el codo de él, y entonces el movimiento fue un todo combinado: antebrazo, codo, costillas. Se estaba bien así. Cuando cruzaban Scalabrini Ortiz ella levantó el brazo para acomodarse el cabello. Luego lo volvió a bajar y se dio vuelta. Con su mejor sonrisa le dijo –disculpe, ¿sabe si falta mucho para la avenida Elcano?. –Bastante- le dijo-si quiere le aviso. –Cómo no- contestó.
Ahora el codo de él había bajado y estaba a la altura de la cadera, que no era muy exuberante pero tenía lo suyo. Y lo mejor era que no se movía para evitar, para eludir esa punta de lanza. Imperturbable, observaba muy interesada el paisaje.
Cuando se acercaban a destino Inárritu le dijo –para la avenida Elcano son dos paradas- siendo correspondido por una sonrisa deslumbrante y un ¡gracias! modulado como los dioses. Como con desgano ella se prepara. Se levanta sin ningún apuro pidiendo permiso y luego dispara: -buenas tardes-. –Que le vaya bien- dice Iñárritu. Después se levanta y va tras ella. Se bajan los dos y él deja que se adelante veinte pasos. Al llegar a la esquina dobla a la izquierda y a poco se detiene ante la puerta de una casa que tiene sus años.
Levanta el bolso para sacar llaves y ahí él cae en la cuenta de que la pregunta sobre dónde había que bajarse fue verso. Eso lo animó a apurar el paso y acercarse. Ya a su lado le dice –me pareció que…- -¿qué le pasa? dijo ella reconociéndolo. Y luego ¿está loco, cómo me siguió? pero sin mucho énfasis. –Vamos, nena, sólo un ratito- Ella hace como que no sabe qué decir y coloca la
llave. –Bueno, pero sólo un ratito ¿Toma mate? Entran al pasillo, en el que caen las últimas luces de la tarde. –Si lo hace usted, seguro que sí- contesta, y luego ¿va llegando el calor, no?-Una no sabe qué ponerse en esta época.
Mientras abre la puerta del PH se oye el inquieto ladrido de un perro. Al entrar ellos se deja ver: es un cuzquito que olvida el ladrido y los saluda moviendo la cola, contento de ver gente.
Es sábado de tarde e Iñárritu fue a caminar a Puerto Madero. Pasó por el Yacht Club, el Museo de Amalita, los restaurantes, los hoteles, el Puente de la Mujer, vio gente por todos lados.
Para las seis de la tarde está cansado y se quiere volver. Se halla a la altura de la avenida Belgrano y va a dar un último vistazo al imponente Hilton hotel. Luego la salida hacia Paseo Colón.
En la parada del ciento once estaba delante de él. Podía divisar los claritos en su cabeza, la tez blanca de su cara. Campera, pantalones deportivos, zapatillas anaranjadas. Aspecto de piba, años de veterana.
Subieron y ocuparon los dos asientos del fondo que quedaban libres. Codo contra codo. Él iba hasta Villa Pueyrredón, viaje de cuarenta y cinco minutos mínimo.
Cuando después ella levantó el brazo derecho el codo izquierdo de él se clavó en la última costilla de ella y ahí se quedó. El traqueteo del ómnibus favorecía el movimiento de su brazo. No creía que no sintiera que con la punta de su brazo le contaba las costillas. Uno, dos tres, tres dos, uno. Ella miraba el paisaje por la ventanilla.
Después, despacito, colocó su antebrazo derecho sobre el codo de él, y entonces el movimiento fue un todo combinado: antebrazo, codo, costillas. Se estaba bien así. Cuando cruzaban Scalabrini Ortiz ella levantó el brazo para acomodarse el cabello. Luego lo volvió a bajar y se dio vuelta. Con su mejor sonrisa le dijo –disculpe, ¿sabe si falta mucho para la avenida Elcano?. –Bastante- le dijo-si quiere le aviso. –Cómo no- contestó.
Ahora el codo de él había bajado y estaba a la altura de la cadera, que no era muy exuberante pero tenía lo suyo. Y lo mejor era que no se movía para evitar, para eludir esa punta de lanza. Imperturbable, observaba muy interesada el paisaje.
Cuando se acercaban a destino Inárritu le dijo –para la avenida Elcano son dos paradas- siendo correspondido por una sonrisa deslumbrante y un ¡gracias! modulado como los dioses. Como con desgano ella se prepara. Se levanta sin ningún apuro pidiendo permiso y luego dispara: -buenas tardes-. –Que le vaya bien- dice Iñárritu. Después se levanta y va tras ella. Se bajan los dos y él deja que se adelante veinte pasos. Al llegar a la esquina dobla a la izquierda y a poco se detiene ante la puerta de una casa que tiene sus años.
Levanta el bolso para sacar llaves y ahí él cae en la cuenta de que la pregunta sobre dónde había que bajarse fue verso. Eso lo animó a apurar el paso y acercarse. Ya a su lado le dice –me pareció que…- -¿qué le pasa? dijo ella reconociéndolo. Y luego ¿está loco, cómo me siguió? pero sin mucho énfasis. –Vamos, nena, sólo un ratito- Ella hace como que no sabe qué decir y coloca la
llave. –Bueno, pero sólo un ratito ¿Toma mate? Entran al pasillo, en el que caen las últimas luces de la tarde. –Si lo hace usted, seguro que sí- contesta, y luego ¿va llegando el calor, no?-Una no sabe qué ponerse en esta época.
Mientras abre la puerta del PH se oye el inquieto ladrido de un perro. Al entrar ellos se deja ver: es un cuzquito que olvida el ladrido y los saluda moviendo la cola, contento de ver gente.
viernes, julio 30, 2010
Las calles, Leonardo Fernández, Miércoles de 17.30 a 19.30 hs
Las calles extrañan el rumor de los paseantes, las pequeñas cosas que suceden cada día. Por las noches las paredes, sus amigas, guardan los sonidos para recreárselos en las frías madrugadas de invierno. Las calles extrañan las voces de los artistas callejeros, la presencia de sus artesanos y el raro parloteo de una babel de idiomas.
Les gustaría, estoy seguro, que todos ellos se quedaran esperando el crepúsculo y la llegada de la luna y las estrellas. Les contarían cuentos de borrachos y enamorados escondiendo su pasión en los portales;nacimientos en pleno día, los sollozos de los niños desamparados con una frazada mugrienta cubriéndolos en la entrada de los subtes.
Extrañan el bullicio de los alumnos a la salida de la escuela, las palomas en las cornisas y su voracidad con las migas de pan que los jubilados esparcen para tenerlas un rato como compañía. El sol y los colores de la gente y las vidrieras que encandilan a los chicos con ofertas de juguetes imposibles de comprar.
L a noche cae, sin embargo el día hace el esfuerzo todavía por quedarse un rato mas acompañando a sus amigas, sabe de su soledad, del inútil buzón colorado con su boca siempre abierta incapaz de decirles nada. Sabe que una vez más intentarán comunicarse con el gato negro de andar sigiloso y desconfiado. Intentarán con el viento, al que nunca logran entender porque pasa muy rápido.
Tratarán de mantener el calor del día para la gente que necesita abrigo, para los que no tienen nada. A ellas sólo les queda esperar el primer rayo de luz anunciando el nuevo día.
jueves, julio 29, 2010
Aliteraciones, Ruth Moguilner, martes de 14 a 16 hs
El cante hondo retumbó en las guitarras incendiadas de amarillo. El torna-torna, danza y zapateo de caireles, cascabeles tintineantes, eslabonados con golpeteo de tacones, pulseras y palmas, zarandeaba las faldas.
El aire, pesado, irrespirable por tantos alientos aguardentosos.
El Moro acarició su reciente cicatriz de oreja a oreja, consecuencia de un balcón de mujer, encerrada, obligada al silencio, a los almohadillados escarpines de satén,sobre las alfombras de terciopelo.
A través de los bailes y cuerpos contorsionados, los hombres adivinaban los sueños de las hembras con el corazón prohibido, deseosas de encuentros temblorosos con galanes de dientes blancos y faja ajustada.
El Moro, pensó en su propia mujer, infiel de pensamiento; rugió al tirar las copas y botellas, y apretando su daga, corrió hacia la habitación, donde sólo entraba un hilo de luz a través de las celosías caladas
El aire, pesado, irrespirable por tantos alientos aguardentosos.
El Moro acarició su reciente cicatriz de oreja a oreja, consecuencia de un balcón de mujer, encerrada, obligada al silencio, a los almohadillados escarpines de satén,sobre las alfombras de terciopelo.
A través de los bailes y cuerpos contorsionados, los hombres adivinaban los sueños de las hembras con el corazón prohibido, deseosas de encuentros temblorosos con galanes de dientes blancos y faja ajustada.
El Moro, pensó en su propia mujer, infiel de pensamiento; rugió al tirar las copas y botellas, y apretando su daga, corrió hacia la habitación, donde sólo entraba un hilo de luz a través de las celosías caladas
La maldad, Haydeé Medina - lunes de 14 a 16 hs
Había una montaña de tierra mezclada con raíces rotas del árbol de la esquina. Miré bien donde apoyar los pies porque la tapa de la alcantarilla estaba rota. Alguien superpuso los fragmentos para taparla en parte. De todas maneras se veía el agua estancada en el fondo, como la inminencia de un peligro.
Estaba en Salta y Bolaños esperando el colectivo 295 que me llevaría a la estación Lanús. Era el mediodía de una jornada calurosa. El colectivo nos sometía a una espera interminable. El único que circulaba por esa calle. Un raquítico árbol alguna sombra nos proporcionaba a los vecinos.La calle desierta. El calor avanzado. La mirada perdida. La mente embotada en la suma del todo.
Miré al sumidero. El agua oscura en el fondo tenía reflejos. Se movía. Hacía círculos. De pronto algo emergió. Un esbozo de algo. Pensé en un cocodrilo, porque tenía ojos amarillos, grandes. De un zarpazo veloz atrapó mi pie, me había acercado demasiado. Vi sus ojos muy cerca de los míos y sentí que todo mi cuerpo, como un pescado ondulante, se deslizaba a ese cubículo resbaladizo hacia profundidades negras y asquerosas.
Nadando en ese espacio y mientras me movía, veía las paredes con colgajos malolientes que se prendían a mi ropa. Pedazos de basura engrasada se adhería a mi piel, a mi cara. Paredes blandas de mugre que ennegrecían mis uñas.
En un momento vi la boca enorme de un caño maestro que traía la descarga de los deshechos. Líquidos de todas las casas. Me sumergí en ese torrente, en esa ola gigantesca y oleosa, con burbujas que explotaban y llenaban mis ojos de basura, impidiéndome la visión.
El ímpetu del oleaje me devolvió a la entrada. Aunque mis dedos resbalaban y las uñas se rompían, en la desesperación logré asirme al pedazo de loza que asomaba y trepé.
Conseguí estar parada, de nuevo, en la vereda. Chorreante, sucia. Impregnada de todos los despojos blandos y desmenuzados de la cloaca.
Y allí venía el colectivo 295. Lo paré. Subí. Al sacar el boleto noté mis manos barrosas, con larvas que se movían. Dejé que se fueran yendo en los pasamanos y en los bordes de los asientos. Apreté mi cuerpo, al pasar por el pasillo, contra los cuerpos de los pasajeros que viajaban parados. Me enrrollé, giré la posición y pude limpiarme, al menos superficialmente, de todas las miserias que llevaba encima. Apoyé las manos sobre los hombros de una camisa celeste y dejé huellas notables gris oscuro.
Me acerqué a una ventanilla abierta. Corría la brisa. Cuando el colectivo tomó velocidad, después de una parada, sentí que mi cabello húmedo comenzaba a ondear, secándose.
Y con ese viento, pululó en el ambiente cerrado, el tufo, la contaminación y la suciedad.
Observé que algunos cabellos se desprendían y tenían un bulbito en cada extremidad. Allí estaba mi ADN vagando libre por el aire.
Llegamos a la estación Lanús. Bajé blanca, pulcra, pura, nívea.
Estaba en Salta y Bolaños esperando el colectivo 295 que me llevaría a la estación Lanús. Era el mediodía de una jornada calurosa. El colectivo nos sometía a una espera interminable. El único que circulaba por esa calle. Un raquítico árbol alguna sombra nos proporcionaba a los vecinos.La calle desierta. El calor avanzado. La mirada perdida. La mente embotada en la suma del todo.
Miré al sumidero. El agua oscura en el fondo tenía reflejos. Se movía. Hacía círculos. De pronto algo emergió. Un esbozo de algo. Pensé en un cocodrilo, porque tenía ojos amarillos, grandes. De un zarpazo veloz atrapó mi pie, me había acercado demasiado. Vi sus ojos muy cerca de los míos y sentí que todo mi cuerpo, como un pescado ondulante, se deslizaba a ese cubículo resbaladizo hacia profundidades negras y asquerosas.
Nadando en ese espacio y mientras me movía, veía las paredes con colgajos malolientes que se prendían a mi ropa. Pedazos de basura engrasada se adhería a mi piel, a mi cara. Paredes blandas de mugre que ennegrecían mis uñas.
En un momento vi la boca enorme de un caño maestro que traía la descarga de los deshechos. Líquidos de todas las casas. Me sumergí en ese torrente, en esa ola gigantesca y oleosa, con burbujas que explotaban y llenaban mis ojos de basura, impidiéndome la visión.
El ímpetu del oleaje me devolvió a la entrada. Aunque mis dedos resbalaban y las uñas se rompían, en la desesperación logré asirme al pedazo de loza que asomaba y trepé.
Conseguí estar parada, de nuevo, en la vereda. Chorreante, sucia. Impregnada de todos los despojos blandos y desmenuzados de la cloaca.
Y allí venía el colectivo 295. Lo paré. Subí. Al sacar el boleto noté mis manos barrosas, con larvas que se movían. Dejé que se fueran yendo en los pasamanos y en los bordes de los asientos. Apreté mi cuerpo, al pasar por el pasillo, contra los cuerpos de los pasajeros que viajaban parados. Me enrrollé, giré la posición y pude limpiarme, al menos superficialmente, de todas las miserias que llevaba encima. Apoyé las manos sobre los hombros de una camisa celeste y dejé huellas notables gris oscuro.
Me acerqué a una ventanilla abierta. Corría la brisa. Cuando el colectivo tomó velocidad, después de una parada, sentí que mi cabello húmedo comenzaba a ondear, secándose.
Y con ese viento, pululó en el ambiente cerrado, el tufo, la contaminación y la suciedad.
Observé que algunos cabellos se desprendían y tenían un bulbito en cada extremidad. Allí estaba mi ADN vagando libre por el aire.
Llegamos a la estación Lanús. Bajé blanca, pulcra, pura, nívea.
miércoles, julio 28, 2010
Silvia Fabiani, Textos invertidos, martes de 14 a 16 hs
LA BORRA DEL CAFÉ Texto original
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Océano celeste, agua pura, esa, por donde navegué sin fronteras, me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
Tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso, nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales, pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado por el amor que lo sustenta.
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras que a veces sobre mí se abalanzan, me salvan del abismo y en silencio me alientan.
LA BORRA DE CAFÉ – texto invertido
Océano celeste, agua pura, esa, por donde navegué sin fronteras,
me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que
la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso,
nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales,
pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado
por el amor que lo sustenta.
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro
de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras
que a veces sobre mi se abalanzan, me salvan del abismo
y en silencio me alientan.
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras
me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Otra versión: (Adriana)
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro
de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras
que a veces sobre mí se abalanzan, me salvan del abismo
y en silencio me alientan.
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras
me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Océano celeste, agua pura, ésa, por donde navegué sin fronteras,
me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que
la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
Tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso,
nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales,
pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado
por el amor que lo sustenta.
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Océano celeste, agua pura, esa, por donde navegué sin fronteras, me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
Tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso, nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales, pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado por el amor que lo sustenta.
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras que a veces sobre mí se abalanzan, me salvan del abismo y en silencio me alientan.
LA BORRA DE CAFÉ – texto invertido
Océano celeste, agua pura, esa, por donde navegué sin fronteras,
me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que
la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso,
nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales,
pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado
por el amor que lo sustenta.
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro
de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras
que a veces sobre mi se abalanzan, me salvan del abismo
y en silencio me alientan.
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras
me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Otra versión: (Adriana)
Esos ojos, tus ojos que me miran desde el fondo oscuro
de la borra de café, ahuyentan luminosos, a las sombras
que a veces sobre mí se abalanzan, me salvan del abismo
y en silencio me alientan.
El pequeño remolino absorbe la mirada fija, se detiene la
cuchara y el líquido travieso sigue girando mientras
me introduzco por el frágil túnel de los recuerdos.
Océano celeste, agua pura, ésa, por donde navegué sin fronteras,
me perdí en inhóspitas selvas, naufragué tantas veces, hasta que
la razón extendió su barrera de acero e impidió tu avasallante paso.
Tiempo sin tiempo, este que se adueña del alma sin permiso,
nos cautiva en el espacio de los sentimientos.
Fragilidad humana que desciende hasta las zonas abismales,
pero también se proyecta como un misil irrefrenable impulsado
por el amor que lo sustenta.
María Angélica Larocca, Qué hacen las calles cuando nadie las transita, martes de 14 a 16 hs.
Pasó el torbellino. Las calles sin transeúntes, sin coches y sin bullicio descansan, se desperezan somnolientas. Eso les dura un momento, después conversan en susurro para que nadie las oiga. El problema es cuando desde la esquina quieren hablar con la mitad de cuadra. No pueden gritar para no despertar sospechas. Qué es ese ruido se preguntaría la gente. Los desvelados asomados a las ventanas o a los balcones aguzarían el oído. Entonces adiós a la magia, se acabó el juego.
Por eso resolvieron mandarse mensajes, oleadas de palabras deslizándose con cuidado para no caer en un pozo o no tropezar con las veredas rotas pues ahí el mensaje se interrumpe o llega entrecortado como ya ocurrió una vez.
Otro tema son los cordones. Fríos indiferentes permanecen aislados, rudos y malhumorados no quieren saber nada, es más cuando pueden se interponen violentos. La vez del gran lio colaboraron con su mala onda y se produjo una confusión de aquellas. Que Ayacucho Milcuatrocientos escuchó todo lo que pasa entre Milcuatroveintiocho y Milcuatrotreintidós. Hay romance. Y no era. Despertando los celos de Milcuatrocuaretiuno que si era. El enredo fue tal que los involucrados estuvieron a punto de arder en gritos. El coche de algún juerguista pasó echando chispas y el asunto se detuvo pero, el tiempo que llevó que se acabara hizo que esa noche Pacheco de Melo quedará incomunicada. Peña se coló porque era testigo del verdadero romance, pero como se hacían tareas de bacheo solo pudo mandar una onda débil a ras del cordón y, cuando llegó, era tarde, estaban todas contra todas.
El sexo es el tema más frecuente. El contacto de autos, camiones, colectivos, personas, manifestaciones, piquetes, caminando, corriendo, saltando, marchando lo exacerba. Es que les calles se sienten tocadas excitadas. Durante muchas horas son acosadas por hordas de neumáticos y de pies. Se tienen que contener y, por eso a la noche, bueno, alanochepasadetododetodooo.
Las calles necesitan descargar tanta adrenalina, quieren jugar, ser mimadas y no solo poseídas.
Se expresan como solo pueden hacerlo, con olas. Son olas pequeñas que corren veloces de la vereda par a la impar y otra vez de la impar a la par sin interrupción, solo se detienen cuando aparece alguien, se vuelven lineales para disimular.
Las calles cuando nadie las transita tienen sexo. A veces es tan alocado que por la mañana aparecen baches que no estaban el día anterior. La cuadrilla los arregla y, PÚMBATE, otra vez roto.
Las calles, en especial las del centro de nuestra ciudad, de noche cuando nadie las transita, son una bacanal de sexo y lujuria.
Quedan exentos los pasajes, nacieron y morirán como pequeños traviesos, muy juntos, amuchados no ahí no pude pasar nada. Lo mismo pasa con las calles empedradas. Esas por viejas.
Quisiera poder confiar esto a las autoridades y a la gente. No puedo. Si supieran como se ríen cuando los oyen protestar. Son recuerdos de noches llenas de locura, quisieran decirles. Intenté hacerlo con el auto importado que rompió el tren delantero en Córdoba y Pueyrredón. Hágale entender a la señora que metió el pie en una hondonada en Santa Fe y Thames y luce un yeso hasta la cadera. Todo esto las preocupa pero no pueden dominarse. Queselevaser.
Han intentado parar las olas Hasta dejaron de comunicarse para evitar el oleaje. Entonces aparecía alguna callecita en el norte, en el sur en cualquier rumbo de la ciudad, quien creyéndose impune se atrevía a mandar un movimiento suave, apenas perceptible y al rato era una tromba. El roce. El roce. Lo que nos pierde es el roce. Es imposible evitar que nos rocen, nos caminen, nos corran.
Por eso nuestra ciudad aparece tan caótica, tan fuera de límites.
Las calles tienen un tiempo en que sí o sí piensan o hablan de otra cosa. Los días de lluvia se preocupan. La que no desborda es un lodazal y son conscientes que cualquier movimiento puede desatar un cataclismo peor al que viven. Aisladas, transformadas en ríos sólo pueden esperar
El tema de las avenidas se arregló de acuerdo a las circunstancias. Ahí el sexo es rapidito. Nunca están vacías. Siempre algún que otro coche pasa. Igual se las arreglan
Ah, las calles de los barrios alejados, de casas bajas, serenas, ésas son unas mojigatas. Mejor de ésas no hablar, Ordenadas. Sólo algunos chicos jugando a la pelota. Una línea de colectivo. Los autos de los vecinos domingueros. Poco roce. Pequeños escozores que reprimen.
Esas calles se aburren, se cuentan chimentos, se critican. Ésa no está tan limpia. Qué desordenada Virgilio. No pasó el barrendero por Pola. Antiguas, sin vida, se adormecen en siestas eternas. Las de Parque Chas, cortas, se divierten inocentemente con la confusión que genera su trazado.
Cuando nadie las transita, las calles viven, cada una a su ritmo y modo.
miércoles, julio 14, 2010
Como se vuelve a casa - Susana Taichi
No sé cuál es el camino.
Suena melódica la música en el silencio.
Quiero volver a casa y no sé cómo.
Puedo sentir que estoy lejos.
No sé como llegué acá.
Miro alrededor y me invaden sentimientos confusos.
Recuerdo aquellos días en el tibio otoño.
Camine mucho. Ha pasado tanto tiempo.
Algo me dice que no hay retorno.
Grita mi dolor tantas veces acallado. No puedo ahogarlo más.
La herida de su partida había sido para mí muy importante.
Perdón. Tuviste que irte para acercarte.
Aprender .Ese largo y árido desierto.
Muchos sueños mueren.
La búsqueda es una película en cámara lenta.
No encuentro la alegría.
Los minutos caminan con lentitud excesiva, el tiempo perdió su urgencia.
Volver tiene sentido
Llenos de hojas los árboles bordean el sendero.
Te espero deseando tu llegada.
Extraño tanto.
No llores por mí.
Busco y no descubro tus pasos de regreso.
No sé cómo pero sé que voy a volver.
Cuándo te encuentre reiremos juntas.
Y vos me dirás como se vuelve a casa.
jueves, julio 08, 2010
Beatríz López Siritto, Fermina siente frío, curso: miércoles de 17.30 a 19.30
Las manos mojadas de Fermina tienen aroma a perejil y a mate amargo. Es invierno y se le erizan los pelos de la nuca al entrar el viento por la banderola de la piecita del hotelucho de Barracas. Entibia sus manos ajadas sobre la hornalla del calentador a kerosén mientras pone el guiso en la olla de barro.
Ha juntado unos pesos después de vagabundear todo el día pasando de hombre en hombre. Tiene la boca seca y la suela de los zapatos pegoteada de barro.
Pronto será el año nuevo y esta vez Fermina ha decidido por fin viajar a Misiones a ver a su viejita y cebarle mate bajo la higuera mirando las colinas bajas. Esta noche se arma la bailanta en el conventillo del Juanjo y tiene ganas de sacarse el frío y mover su cuerpo flaco y huesudo, pero no sabe si irá porque también tiene ganas de dormir el sueño eterno de la soledad. Se tira en el catre y cierra los ojos por un rato pero no duerme, sueña despierta con el calor de unas manos, con la mirada profunda de un hombre y con el abrazo franco del amor que no conoce.
Ya es 30 de diciembre y prepara el bolsito gris para enfilar hacia la estación del ferrocarril. pronto llega el tren y ella se acomoda apretadamente en las butacas de madera. El viaje es largo, sus ojos divagantes miran sin cesar por la ventanilla que de vez en cuando deja asomar una vaca con los ojos muy abiertos.
Pasó un día y las campanadas de la estación anuncian la llegada, ella toma el bolso y alquila un caballo para llegar a la casa de abobe. Su madre está agachada junto a la bomba de agua con un balde azul en sus manos y las gallinas cacarean a su alrededor, tal vez implorando no ser las desplumadas para la noche de fin de año.
Fermina se para adelante y ambas con los ojos mojados se acercan para abrazarse apretadamente y luego entre mates, recuerdos y sonrisas, con la vieja casamentera del barrio preparan la lista de invitados donde figuran los hombres que aún siguen solos.
Al fin, 31 de diciembre y ella feliz con su vestido negro muy apretado mira a cada uno que llega a la pista de barro. Risas, llantos, abrazos, todo se entremezcla hasta que Doña Juana le presenta a Jacinto alguien que ella no conocía, se miran, comienzan a bailar y después de contarse las cosas que siempre se cuentan, quedan en verse otra vez.
Ya no quiere volver a Buenos Aires, después de dos meses largos de planes y deseos compartidos, deciden irse a vivir juntos a la casita del Jacinto. Se casan secretamente en medio de la montaña, ella con la mantilla blanca de su madre y él con el cinto grueso de su abuelo y de ahí en más la convivencia, los almuerzos tomados de la mano, la cama caliente, después los gritos, los ojos enrojecidos de Fermina, los reproches, las noches en vela, el cuerpo golpeado, el abrazo con su viejita y los ojos mojados y otra vez el bolso gris, las campanadas del tren anunciando su partida, la ventanilla que deja asomar una vaca de vez en cuando, las butacas de madera, el catre del hotel de Barracas, las manos sobre el calentador, la olla de barro, el viento entrando por la banderola y sus manos con aroma a perejil y a mate amargo.
Ha juntado unos pesos después de vagabundear todo el día pasando de hombre en hombre. Tiene la boca seca y la suela de los zapatos pegoteada de barro.
Pronto será el año nuevo y esta vez Fermina ha decidido por fin viajar a Misiones a ver a su viejita y cebarle mate bajo la higuera mirando las colinas bajas. Esta noche se arma la bailanta en el conventillo del Juanjo y tiene ganas de sacarse el frío y mover su cuerpo flaco y huesudo, pero no sabe si irá porque también tiene ganas de dormir el sueño eterno de la soledad. Se tira en el catre y cierra los ojos por un rato pero no duerme, sueña despierta con el calor de unas manos, con la mirada profunda de un hombre y con el abrazo franco del amor que no conoce.
Ya es 30 de diciembre y prepara el bolsito gris para enfilar hacia la estación del ferrocarril. pronto llega el tren y ella se acomoda apretadamente en las butacas de madera. El viaje es largo, sus ojos divagantes miran sin cesar por la ventanilla que de vez en cuando deja asomar una vaca con los ojos muy abiertos.
Pasó un día y las campanadas de la estación anuncian la llegada, ella toma el bolso y alquila un caballo para llegar a la casa de abobe. Su madre está agachada junto a la bomba de agua con un balde azul en sus manos y las gallinas cacarean a su alrededor, tal vez implorando no ser las desplumadas para la noche de fin de año.
Fermina se para adelante y ambas con los ojos mojados se acercan para abrazarse apretadamente y luego entre mates, recuerdos y sonrisas, con la vieja casamentera del barrio preparan la lista de invitados donde figuran los hombres que aún siguen solos.
Al fin, 31 de diciembre y ella feliz con su vestido negro muy apretado mira a cada uno que llega a la pista de barro. Risas, llantos, abrazos, todo se entremezcla hasta que Doña Juana le presenta a Jacinto alguien que ella no conocía, se miran, comienzan a bailar y después de contarse las cosas que siempre se cuentan, quedan en verse otra vez.
Ya no quiere volver a Buenos Aires, después de dos meses largos de planes y deseos compartidos, deciden irse a vivir juntos a la casita del Jacinto. Se casan secretamente en medio de la montaña, ella con la mantilla blanca de su madre y él con el cinto grueso de su abuelo y de ahí en más la convivencia, los almuerzos tomados de la mano, la cama caliente, después los gritos, los ojos enrojecidos de Fermina, los reproches, las noches en vela, el cuerpo golpeado, el abrazo con su viejita y los ojos mojados y otra vez el bolso gris, las campanadas del tren anunciando su partida, la ventanilla que deja asomar una vaca de vez en cuando, las butacas de madera, el catre del hotel de Barracas, las manos sobre el calentador, la olla de barro, el viento entrando por la banderola y sus manos con aroma a perejil y a mate amargo.
Norma Laniecki, La danza de los sombreros, lunes 14.30 a 16.30 hs
Hemos visto muchas veces volarse un sombrero de una cabeza desprevenida y el ademán instintivo del dueño tratando de ganarle al viento su posesión. Pero varios sombreros cambiando de testa, bailando, sugiriendo ideas a cerebros adormilados o tímidos, ágiles, románticos, inspirados, cubiertos de rulos teñidos o flequillos lacios, de canas audaces o calvas lustrosas, fue muy divertido y original .Eso pasó en nuestro encuentro del lunes 7 de junio. Intercambiando sombreros danzaron nuestras ideas. Entre ideas y gestos aparecieron nuestros gustos, algunos eligieron ponerse el sombrero de otro o rechazaron el abrigado modelo de cosaco. Nuestra rubia compañera irrumpió con fuerza alentando a Argentina para el Mundial y confesando su pasión boquense. No es necesario que describa el modelo que lució ad hoc. El jefe-corrector del grupo se rebeló y no quiso despeinarse, no fue el único, pero se reveló como un buen imitador de un barra brava, aplausos merecidos. Bajo la influencia de dos modelos preciosos que trajeron Alicia y Ofelia, y que prestaron generosamente, el sol nos habló de vacaciones, una señora se transformó en gato, escuchamos historias, recuerdos y sueños, paseamos por paisajes ideales. Recordamos y tarareamos “el sombrero de ala ancha con que adorno mi cabeza...” canción alegre, canción de antaño, como nosotros. Delinearon con trazos invisibles algo de cada uno . Nos costó hacer que el gran Carlitos (no Tevez) cerrara el encuentro pero lo logramos. Y estuvo muy bien.
La Danza de los Sombreros nos permitió jugar con las palabras. Excelente para escritores. Y `aspirantes a´.
Aquí va, como epílogo a distancia, un ala voladora que se desprendió de mi cabeza, digo, de un sombrero. Se llama el juego del “si...”
Si vas a elegir un sombrero, cuidado, puede ser un objeto peligroso que siembre en tu mente virgen alguna idea no tan virgen. Y si tu mente no es pura y la idea tampoco, pues, qué divertido, que se junten lo podrido y lo tampoco.
Si querés escribir algo como una novela exitosa, y no se te ocurre ni cómo empezar, intentá conectarte con los muchos genios famosos que ya han partido para el más allá y pediles consejo. Eso sí, por favor no te mueras..Pero si no conocés ni recordás el nombre de algún autor de esos que llaman laureados, bueno entonces, podés probar comprándote un sombrero o pegándote un tiro.
Si le mandás a tu amada una poesía copiada de Gustavo Adolfo o de algún otro romántico, pensando que no se va a dar cuenta y “te cuelga la galleta” por un plagio estúpido, no vaciles, buscá una novia menos ilustrada y que no le importe vivir con un chorro intelectual. Si te ofende sacamos lo de intelectual.
Si a alguien he ayudado con estas ideas condicionales lo veremos. Debo confesar que las escribí sin sombrero. Se podrá acotar que lo único positivo de ellas es el `si condicional`, no afirma ni compromete. Acepto críticas, comentarios, ideas y sombreros sin uso, sobre todo ideas.
La Danza de los Sombreros nos permitió jugar con las palabras. Excelente para escritores. Y `aspirantes a´.
Aquí va, como epílogo a distancia, un ala voladora que se desprendió de mi cabeza, digo, de un sombrero. Se llama el juego del “si...”
Si vas a elegir un sombrero, cuidado, puede ser un objeto peligroso que siembre en tu mente virgen alguna idea no tan virgen. Y si tu mente no es pura y la idea tampoco, pues, qué divertido, que se junten lo podrido y lo tampoco.
Si querés escribir algo como una novela exitosa, y no se te ocurre ni cómo empezar, intentá conectarte con los muchos genios famosos que ya han partido para el más allá y pediles consejo. Eso sí, por favor no te mueras..Pero si no conocés ni recordás el nombre de algún autor de esos que llaman laureados, bueno entonces, podés probar comprándote un sombrero o pegándote un tiro.
Si le mandás a tu amada una poesía copiada de Gustavo Adolfo o de algún otro romántico, pensando que no se va a dar cuenta y “te cuelga la galleta” por un plagio estúpido, no vaciles, buscá una novia menos ilustrada y que no le importe vivir con un chorro intelectual. Si te ofende sacamos lo de intelectual.
Si a alguien he ayudado con estas ideas condicionales lo veremos. Debo confesar que las escribí sin sombrero. Se podrá acotar que lo único positivo de ellas es el `si condicional`, no afirma ni compromete. Acepto críticas, comentarios, ideas y sombreros sin uso, sobre todo ideas.
viernes, mayo 21, 2010
De muertes, entierros y resurrección, Bárbara Benitez, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.
Para ella los años de entrega a las ancianidades resultaron atávicos. Cuando trató de encontrarle un sentido al cumplimiento del mandato, dio con un sendero de cruces a cargar, notó su andar cansado y los deseos sin nacer.
Todo ese tiempo de malogradas expectativas se ocupó de internaciones, pañales y tubos de oxígeno; tanto que llegó a preguntarse si la muerte regiría a la existencia.
De esa manera transcurrió, entre la obligación y la obediencia, hasta que el último viejo partió y lo añorado asomó como oportunidad. Cierto día, mes o año, las palabras escondidas pelearon por salir y se proyectó sin silencios doloridos.
Miró por primera vez su casa, de gris denso, con olor a eucalipto hervido, sin colores gustados ni adornos deseados, estancada en la Rueda de la Fortuna.
Sin llorar enterró sus muertes cardinales, abrió ventanas, prendió luces, coloreó las cosas, tiró los muebles del prócer, arregló las paredes que tenían su mismo olor a humedad, encendió luciérnagas y luces aromáticas.
Luego se fijó en sí y no se reconoció en esa sombra. Se soltó el rodete, cortó su cabello y lo iluminó; puso en sus ojos mirada violeta; acortó la pollera y la levantó al amor.
Para un reciclaje total compró cortinas nuevas que dejaban ver el sol, una cama que gustaba compartir, vajilla para comidas chatarra, copas que acunasen al vino, un equipo de música en el que sonaba la Bersuit y un Ave Fénix que a diario la despertaba.
Por penúltimo –porque para lo último le queda vivir- reparó en el lánguido jardín y sintió gemir a la tierra. Hizo surcos y pozos; cambió el estéril césped por otro con promesa de verde; arrancó cada planta seca y llenó los espacios con aquellas que querían ser; mató las pestes como exterminó a sus duelos. Quitó el arbusto podrido y lo remplazó con un ramaje tan vibrante que aún roza su cuerpo bañado de plenitud.
viernes, mayo 14, 2010
El ombú, caligrama, Maria Cristina Scarlatto
EL OMBÚ
Cuando miro hacia abajo
Veo mi tronco ajado sucio marrón
Líneas truncadas verticales y diagonales
Heridas de años y años plantado acá en mi pie
Está viejo el ombú dicen al pasar
Mis hojas tiemblan de dolor
Un poco de respeto
Caramba
Aún sueño
Respiro
Doy cobijo
Al linyera
Al estudiante
A los enamorados
Ah el amor
De eso sí podría hablar un rato largo.
jueves, mayo 13, 2010
Mabel o Raquel, Leonardo Fernandez, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.
Agazapada al costado del camino, su silueta apenas visible por los arbustos que impiden el paso de la luz lunar, espera ansiosa y con temor el bus que debe pasar pronto.
— ¿Adonde vas Mabel? todavía no se terminó
—Es tarde señora, estoy cansada y ya pasaron seis, ¿le parece poco?
— Ni poco ni mucho, todavía quedan dos que prefieren tus servicios. ¿No te estarás negando, no?
— Manuela está libre ¿por qué no le dice?
— Ella es nueva y todavía le falta, bueno, basta de charla ¿o querés dormir en el canil esta noche?
Las cosas son así allá, desde hace casi tres años que me llevaron engañada mi vida fue, prostitución y castigo ante cualquier rebeldía.
Ir de vez en cuando a dormir con los perros me sirvió para hacerme amiga y al final tuvo sus ventajas, dos Pitbull y un Rotweiler se encargaban de la vigilancia por las
noches y el guardia dormía entonces a pata suelta. Recuerdo que una noche una nueva intentó escapar. No llegó ni al portón, los perros la hicieron pedazos y “La yegua” con toda frialdad la despenó con un treintaiocho
— Supongo que aprendieron la lección, — nos dijo, y ordenó al guardia que la enterrara en el monte.
Un destello en el fondo de la ruta le acelera el pulso, calcula que son las tres de la mañana , ella tiene su boleto gracias a Juan un cliente que la ayudó a planear la fuga, el avisó en la Terminal que un pasajero subiría en el camino
Angustiada y con frío hace señas desesperadas, el vehículo se detiene resoplando y ella rápidamente sube con el boleto en la mano y un pequeño bolso, el chofer la saluda indiferente y le señala el asiento correspondiente al lado de una joven mujer que duerme tranquila.
Cuando se den cuenta, piensa, será tarde, ya es domingo y “La yegua” que se hace la buena deja que las chicas duerman hasta las once. No quiero ni pensar lo que puede pasarle al guardia y la paliza que se comerán los perros, la carne con rivotril molido que me dio el hijo del farmacéutico (otro cliente) los durmió casi al instante. Mi castigo en el canil me sirvió para descansar y tener las fuerzas para correr las veinte cuadras hasta la ruta. Ahora estoy aquí, el chofer me mira por el espejo, es un hombre grandote muy morocho y ya observé que toma de una petaca con disimulo.
Trato de dormir, mi compañera descansa tranquila y aprovecho para mirarla con atención, tiene más o menos mi edad, es morocha y bonita, viste con sencillez y buen gusto, en sus piernas apoya un pequeño bolso que sujeta sin crispación, sonríe. Como envidio sus sueños, yo en cambio no me animo a cerrar los ojos. El chofer con su petaca va volviendo cada vez mas insegura la marcha.
Mabel no duerme y se da cuenta de todo pero no se anima a decir nada, el pasaje descansa y el volantazo sorprende a todos menos a ella.
El vuelco, los gritos pidiendo auxilio.
Mira a su compañera y ve su cuello grotescamente torcido y sus ojos abiertos de mirada vacía. Se incorpora y trata de salir por una enorme abertura en la mitad del micro, ayuda a una señora y vuelve a rescatar a una criatura apretada entre dos asientos, de pronto una explosión incendia la parte trasera, nota entonces la falta de su bolso, a duras penas llega a su asiento y busca a tientas en medio de un humo espeso, lo toma y sale. Se queda absorta mirando el incendio, algunos pasajeros no pudieron salir. Aparecen los auxilios que rápidamente se hacen cargo de la situación, Aferrada a su bolso Mabel es conducida al hospital del pueblo muy próximo al accidente, le realizan una rápida revisión y comprueban un principio de intoxicación por humo, la sedan y la acuestan para que descanse, sueña inquieta una y otra vez con el chofer y su petaca, su compañera muerta y el incendio.
Una claridad proveniente de la ventana la despierta, es temprano y sobre la mesa cree ver su bolsito, estira la mano y lo toma, con temor revisa sus pertenencias. El bolso no le pertenece, trata de serenarse, recuerda cada minuto de la tragedia y concluye que el incendio se llevó su identidad.
Una enfermera sonriente le trae una taza de mate cocido y un pan.
— Buen día dormilona te traigo el desayuno y una buena noticia.
— No creo que tengas algo así, perdí lo poco que tenía.
— Ahí está la cosa, en el accidente, al volcar el micro se abrió el buche y parte del equipaje salió volando a la banquina.
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
— Sucede que rescataron tu valija Raquel. Asombrada por la noticia Mabel solo atina a preguntar.
— ¿Cómo saben que es la mía?
— Tiene la tarjeta con tu nombre y coincide con los documentos de tu bolso. Mabel cierra los ojos y llora, recuerda a su compañera de asiento, su rostro tranquilo, y el pequeño bolso sobre sus piernas, piensa si todo esto no es un juego macabro.
El médico la revisa y le da el alta con rapidez, tendrá que prestar declaración a la policía local.
Toma la valija, la tarjeta lleva el nombre de Raquel Vélez, coincide con el documento en su poder. En la dirección un policía la interroga con delicadeza, ella asegura que dormía en el momento del accidente, le dan las gracias y le comunican que en una hora saldrá un bus especial para los accidentados a cargo de la empresa. En el pasillo, frente a una pizarra hay gente informándose de la salud de las victimas, Mabel busca el nombre de Raquel Vélez y con angustia comprueba que es Mabel Sánchez la que figura entre los fallecidos, golpeada por esta realidad siente el impulso de confesar la verdad y recobrar su identidad, un periodista la interpela con preguntas que no entiende, la acorrala y de pronto se encuentra sentada en el vehículo que la llevará con otros a Buenos Aires.
En la tranquilidad de su asiento decide ver el contenido del bolso, hay una reserva de hotel paga por siete días en las cercanías de Retiro, una carta citando a una entrevista de trabajo al día siguiente, comienza a creer que puede ser posible la oportunidad de una vida diferente, tiene la certeza de que el accidente será publicado en los diarios de todo el país, seguro que “La yegua” se pondrá contenta cuando vea su nombre en la lista.
Cae en un sueño profundo y por primera vez siente que su cuerpo se relaja y descansa, en su llegada a la Terminal de Retiro, luego de preguntar se encamina al hotel que queda a pocas cuadras según le informan, caminar le hace bien y despeja su cabeza.
El lugar es bonito, el conserje la atiende con amabilidad y una vez identificada la acompaña a la habitación, sencilla, con baño privado y agua caliente, decide darse una ducha, satisfecha y mas tranquila abre la valija y se prueba alguna ropa, casi su talle, en un compartimiento interior hay dos cajas similares a las de cigarrillos tienen la misma dirección de la carta.
Baja luego y el empleado le aconseja un lugar cercano y barato para su cena, revisa su capital y lo considera suficiente para una comida sencilla.
El lugar es una pequeña pizzería, los recuerdos la llevan a viejas formas de vida en la ciudad, códigos de convivencia olvidados, comportamientos en sociedad, el vino la marea un poco y decide volver al hotel.
Al llegar le pide al conserje que la despierte a las siete, se acuesta y duerme profundamente.
A las ocho y cuarenta vestida con la mejor ropa, pulsa el timbre de un edificio céntrico, el ascensor la traslada rápidamente a un lujoso piso donde una mujer la espera con una sonrisa.
— Buenos días, ¿Raquel Vélez verdad?
— Si, buenos días.
— Tome asiento, ya la anuncio. — Raquel inquieta observa el lugar impresionada.
— Ya puede pasar el señor Mansilla la espera.
Detrás del escritorio un hombre de mediana edad la recibe con la mano abierta en afectuoso saludo.
— ¿Así que vos sos Raquel? Realmente don José te describió con exactitud, supongo que trajiste la encomienda que le encargué.
— Si señor Mansilla aquí la tengo.
— ¿No se te ocurrió abrirla verdad?
— Soy curiosa pero no toco lo que no es mío, contestó molesta.
Mansilla llevó el paquete a la habitación contigua y luego llamó a la empleada para que asesorara a Raquel de sus futuras tareas, se despidió agradeciéndole su colaboración.
Vanesa le dijo que saldrían a comprar ropa y en el camino la pondría al tanto de su futura tarea en la empresa. La sorpresa de Raquel al comprobar que la ropa sería para ella fue total, eso sí los colores y modelos fueron elegidos por su acompañante y solo le permitió un conjunto a su gusto siempre que le prometiera no usarlo en los viajes que debiera realizar. Le dijo que la sobriedad aseguraba el éxito de los negocios.
Tomando un café le preguntó si tenía antecedentes penales o si algún familiar podía
cuestionar su traslado a la capital, le contestó a todo que no, después de todo sus antecedentes por robo y prostitucion pertenecían a su otra vida.
Vanesa luego del café la llevó a un estudio fotográfico donde un anciano de aspecto desaliñado y mirada huidiza le tomó varias fotos que según le dijo eran para el pasaporte y el documento nuevo. En un taxi volvieron al hotel, quedaron en encontrarse al día siguiente.
A la hora indicada se reunieron en la habitación y allí en forma cruda Vanesa la enteró de que ya pertenecía a la organización.
El gerente le enviaba la suma de tres mil pesos por el riesgo corrido en el traslado de la
encomienda, entonces, de su cartera extrajo un pequeño envoltorio conteniendo un polvo blanco y algo parecido a un tampón forrado en un preservativo, su desconcierto obligó a una rápida explicación, se trataba de cocaína en estado puro que normalmente se transportaba de distintas maneras, una de ellas eran envoltorios similares al que había llamado su atención y que se ingerían trasladando la droga en el estómago.
Vanesa se dio cuenta del gesto de incredulidad de Raquel y se apuró a recordarle que su vinculación con la familia no tenía marcha atrás. La tranquilizó asegurando que le enseñaría a comportarse en los aeropuertos y a tomar las precauciones para preservarla del peligro de una rotura en el estómago.
Al quedar sola, tomó los tres mil pesos y los desparramó sobre la cama, descolgó la ropa recién comprada y procedió a hacer lo mismo, luego se acostó con los ojos fijos en el techo y el lento girar del ventilador, sintió la angustia subir a su garganta y hacerse llanto amargo e irrefrenable.
Pensó en su sueño de comenzar una nueva vida, se preguntó si esto era mejor que la prostitución, le habían dicho que no tenía alternativa, sintió que volvía a ser esclava.
Se levantó con decisión, sacó del placard la vieja valija y comenzó colocar con orden la ropa sin estrenar, una sonrisa amarga le llenaba la cara.
Concluyó que no había escapado de la prostitucion para convertirse en embajadora de la muerte, la adrenalina corría con fuerza por sus venas y se dijo, que “la yegua” no había conseguido dominar nunca su espíritu de libertad y que no sería ella la que terminara muerta en algún aeropuerto por una perdida en su estómago.
Se asomó para comprobar que el conserje no se encontraba en su lugar, bajó rápidamente y salió a la calle, el aire fresco le arrancó una sonrisa que iluminó la oscuridad, otra vez escapaba hacia la nada pero ahora mas convencida de que Mabel o Raquel merecían otra oportunidad.
Impresiones, Pablo Borreani, miércoles 17.30 a 19.30 hs
En la inmensidad solitaria de la oscura habitación, una persona yace en un catre desvencijado. A través de una puerta entreabierta, se cuela una tenue luz proveniente de un comedor contiguo. Las paredes del cuarto insisten en desprender una fetidez inhumana. Aunque sólo el propio recuerdo del hombre, logra su reacción: -¡Ay, mi pierna! ¡Malditos! ¡¿Qué han hecho con mi pierna?!
Algún vecino se queja desde la ventana de uno de los pisos del departamento; responde los gritos del recién despertado con otros de igual calaña.
El hombre se encuentra absorto, tantea su cuerpo desde la cintura hasta un poco antes de la rodilla derecha que no posee. Vomita, y en el efecto del esfuerzo que produce el mismo organismo, aprovecha para sentarse sobre el viejo catre oxidado. Apoya su mano sobre la pared, que se aleja y luego se restituye, para alejarse nuevamente. La estabilidad de su alma es nula; parece un bote que quiere navegar con un solo remo; afianzado al piso, se arrastra gimiendo:
-¿Qué es lo que han hecho con mi pierna?
Sufre los dolores más impensables, la cabeza bombea calvario; vomita otra vez. Clama piedad a los vecinos, quienes replican silencio. Las manos tiemblan en cada arañazo contra la madera del suelo, esparcida sobre sus ojos, que luchan por mantener un rumbo fijo.
-¡Devuélvanmela! ¡Basuras!
El hombre voltea su cuerpo hasta quedar de espaldas, con sus manos se toma el poco largo de la pierna cortada, y tirando la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos, comprime los dientes y ruega a Dios que termine con su sufrimiento.
Tirado en el piso, observa la puerta que se encuentra detrás de él. Su espina dorsal alberga el frío del suelo. El brazo estirado, los dedos tornando la puerta. Enceguecido descubre la rugosidad de las baldosas sucias del comedor de la casa. Un brazo se apoya sobre la silla de madera de pino, que cruje. El otro brazo se extiende por sobre la mesa rectangular, los vasos de vidrio caen súbitos. Logra sentarse luego de varios intentos. Llora y se desvanece sobre la mesa. Sobre su superficie, la mejilla; la nariz velluda aspira el vaho del alcohol desparramado por una de las botellas de vino barato que el hombre había estado bebiendo horas pasadas.
Antes de volver a cerrar los ojos alcanzó a observar la pierna ortopédica que se había quitado en algún momento de la embriagada noche.
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