Mostrando las entradas con la etiqueta Leonardo Fernandez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Leonardo Fernandez. Mostrar todas las entradas

domingo, agosto 19, 2012

La caja de cristal, Leonardo Fernández, jueves de 18 a 20 hs.



Crucé la calle con mucho cuidado por la senda peatonal y la luz que habilitaba. Igual no me sentí tranquilo.
La última semana se había convertido en un verdadero infierno. Todo me asustaba o le tenía desconfianza.
Yo sé que soy un poco paranoico pero pensando con cuidado supe que esto había comenzado en una cena entre amigos del circo. Esa noche dábamos la bienvenida a un nuevo integrante, el mago y mentalista Doctor Alí. A los postres dio una pequeña exhibición para matizar la cena.
El doctor Alí, halagado, se prestó a demostrar su habilidad como adivino. Dijo que estudiando el aura de cada uno podía predecir el futuro y comenzó con algunos voluntarios, utilizando extrañas palabras y tocando distintas partes del cuerpo.
Mis compañeros se prestaban con gusto y otros como yo de mala gana.
Alí se molestó especialmente conmigo, y al llegar mi turno, me tocó y se puso a temblar extrañamente y a gritar que mi aura estaba invadida por el maligno, y me auguraba todo tipo de accidentes y desgracias además de una muerte violenta  en mi futuro.

A partir de allí comencé a dormir sobresaltado. Me encontraba de pronto en un pasillo del edificio sin ninguna explicación. Despertaba bañado en transpiración y el tranquilizante que usaba habitualmente no daba ningún resultado.
Estaba en todos mis sueños.
Decidí consultar a un psicólogo que evidentemente no entendió mi urgencia y quería comenzar llevándome a las frustraciones y miedos de mi adolescencia. Naturalmente aboné la consulta y no volví a verlo.
Comencé a fallar en mi trabajo ya que la falta de descanso impedía concentrarme;  siendo el encargado de luces no generaba peligros con mis errores pero si fastidio y bronca ya que los artistas no la  recibían a tiempo, o por el contrario se iban en penumbras.
El mago tenía gran éxito y me fui dando cuenta de que todo estaba preparado con anterioridad, que gente del circo mezclada entre el público colaboraba con el engaño. El doctor Alí me eludía toda vez que me cruzaba y me miraba con desprecio. Yo pensaba  en lo fácil que podía devolverme la tranquilidad con solo algunas palabras.   

 Cada prueba de magia tenía un complicado esquema de entradas y salidas de luces y aparatos que  facilitaban desplazamientos de artistas que vestidas de un modo aparecían luego en otro lugar con ropa diferente; naturalmente no eran las mismas.
El dueño del circo, que me conoce desde hace diez años, me llamó a su oficina y me planteó su preocupación por las reiteradas fallas. Me habló con dureza y elípticamente mencionó un posible despido.
Decidí  contarle lo que sucedía y solo obtuve consejos para dormir mejor. No me creyó y solo me reiteró que pusiera más atención en el trabajo.
La presencia del mago despertaba lo peor de mí, deseaba el fracaso en alguno de sus trucos que lo pusiera en ridículo.
Varias veces pensé en matarlo, tal era mi estado emocional.  Estudié cada uno de sus trucos para ver si podía lograr por lo menos un grave accidente que lo sacara de circulación.
El espectáculo tenía momentos de gran emotividad y supuesto peligro, que mi habilidad con las luces y manejo de los aparatos acentuaba. El   cierre de la actuación consistía en emular al gran Houdini y su famoso acto de la caja de cristal llena de agua. El mago encadenado se liberaba y salía exitosamente a recibir el aplauso.
Luces apropiadas daban suspenso al momento de sumergirse y la lucha por sacarse las cadenas. Siempre había salido bien pero en esta ocasión la puerta de la parte superior se trabó y no pudo abrirla. La posibilidad estaba convenientemente estudiada y el ayudante solo debía abrir un candado inferior para que el agua se descargara con violencia. Noté que no podía. Corrí para ayudar. Le quité la llave de la mano y segundos después conseguí abrirlo. Lamentablemente el mago  había muerto ahogado. El dueño del circo me ordenó  apagar las luces para que ingresaran los payasos mientras retiraban el cuerpo.

Volví al trabajo y terminamos la función casi con normalidad. Más tarde la policía comprobó que la tapa superior estaba deformada  posiblemente por el traslado de la grúa hasta la pista. En cuanto al candado inferior, verificaron su correcto funcionamiento y llegaron a la conclusión de que los nervios del ayudante impidieron actuar con la velocidad necesaria para evitar el accidente.
Al día siguiente luego de la autopsia fue enterrado en respetuoso silencio y despedido con aplausos.

A partir de esa noche volví a recobrar el sueño. Ahora tengo en el cuello un nuevo amuleto contra la mala suerte: junto al crucifijo agregué una inútil y antigua llave de candado. Espero que dé buenos resultados.  

viernes, noviembre 11, 2011

Un alma juguetona, Leonardo Fernández


No entiendo nada, ¿a qué viene tanto apuro si cuando los necesité llegaron a paso de tortuga?
Ahora van rápido por el empedrado y me duele todo.
¡Epa! estoy viendo todo desde arriba y ya no siento ni me duele nada, es como una película, me veo fumando mi pipa mientras cruzo con cuidado la avenida, de pronto una moto a todo trapo perseguida por un patrullero se me viene encima y me pega de lleno, El motoquero se hace bolsa contra un árbol, llegan los policías y ven el desastre uno de ellos pide una ambulancia por la radio.
Estos de la ambulancia sí que son responsables, les avisaron del accidente y el comentario del médico fue; andá despacio que estoy cansado y tengo pocas ganas de laburar, y yo con sueño,  le contesta el chofer.
Los tipos llegaron y primero revisaron al motoquero que estaba finucho, después me pusieron el cuello ortopédico, parece que no se dieron cuenta que tenía clavado el manubrio de la moto en el pecho, hasta que me subieron a la camilla. ¡Che este está jodido subilo con cuidado no vaya a ser cosa que me salpique el ambo nuevo!.
Los dos son de película, decido dejar mi cuerpo en la camilla de la ambulancia y me siento entre ellos, los escucho hablar de todo menos del gil que tienen atrás.
Me tiento y hago sonar la sirena, el médico rezonga porque lo despertó y le pide que no haga eso. 
El chofer cree que debe ser un corto y no le da importancia, estoy sorprendido no creí poder hacerlo  se me ocurre otra prueba le tapo los ojos al chofer haciendo volar una franela,
Sorprendido pierde el control y se sale de la autopista cayendo a la calle. Naturalmente suenan como arpa vieja, no entienden lo que pasó,
Me preguntan y yo les cuento, quieren pegarme pero no pueden, las almas no tienen cuerpo, se resignan y entonces decidimos sentarnos en el cordón de la vereda. Ojalá llegue pronto la ambulancia,  estoy teniendo algo de frío.     

domingo, mayo 01, 2011

Versiones sobre "Sombras sobre .vidrio esmerilado" de Juan José Saer

Para leer la versión original ir a Un sillón de terciopelo verde, nuestro blog del taller de lectura.
La consigna era escribir la historia desde distintos puntos de vista, una especie de escritura sobre la lectura pero desde la ficción, versiones que todas amalgamadas enriquecen el texto, permiten situarse en distintos lugares de la historia y completar el sentido con nuestra propia mirada. Relatos, cuentos breves y poemas surgieron de esta experiencia:

Siento que veo, Susana Tai Chi

Veo un cuento con un verso tratando de elevarse de un destino impar. Veo.
Siento la sensibilidad de un personaje que transita caminos dentro de su alma elevada.
Siento.
Leo vidas caídas, en el tedio y el hastío de las decisiones de un camino elegido.
Leo.
Veo prejuicios consumir palabras como incendio que quema un silencio. Veo.
Siento deseos de acompañar a los que pueden escribir lo que sienten  sin estridencias.
Siento.
Leo relatos, luces y sombras, continuidad que cambia y cambios que llevan a una continuidad.
Leo.
Veo detrás de unas plantas una escena.
Veo .
Tres protagonistas y sueño que yo  siendo el cuarto  voy a vivir cuándo alguien  escriba lo que yo siento.
Siento lo que siento entre luces y sombras sin vidrios esmerilados. Siento.
Leo lo que no siento, escribo lo que no leo y siento que puedo sentir lo que deseo.
Siento.

La reflexión de Tomatis, Nadia Settecasi
 
“Andate a la mierda, ¿querés?”
Yo había cerrado la portezuela del taxi, después de mencionar lo de las casualidades y las mutilaciones. Adelina bajo rápido la ventanilla, dejando entrar toda esa neblina, sacando como del medio del pecho esos ojos enormes llenos del reflejo de alguna lagrima contenida.
Eso hizo. Me mando a la mierda y el taxi arranco, y su pecho en llanto. Los oí al unísono, como si fueran un mismo motor, gastado, sin lubricar, quejándose con ronquido seco. Sabía que después de eso, no volvería a verla. Se me fue la mano y la vida en semejante estupidez.
Llamo mi atención desde el primer día. Tan tímida, tan anticuada, tan prolija. Pero tenia ese don de incrustarte las palabras en la nuca y no dejarte dormir. Cada noche me acostaba y recitaba de memoria las partes favoritas de todo lo que Adelina escribía. Me acostaba boca arriba, a medio cubrir, en mi cuarto miniatura de techo altísimo con una ventana tan pequeña por donde entraba la tenue luz de algún farol, de alguna estrella. Y ahí mismo, mientras repetía sus escritos, musitando los escritos de esta mujer de un solo pecho, de un solo dolor, yo, imaginaba sus ojos mirándome mientras me recitaba las partes favoritas y yo la iba desnudando, la iba despojando de esas ropas grises sin diseño, de esa timidez inútil donde se ocultaba, hasta volverla una leona brava que corta el aire con su lengua afilada y no me importaba siquiera imaginarme un agujero, un pozo sin forma en lugar de su seno. Podía rellenarlo con toda su pasión contenida, con su desfachatez disfrazada de mujer resignada, podía rellenarlo... y entonces no me importaba nada.
Y luego me imaginaba otras partes de su cuerpo, mas intimas, menos faltantes y deseaba tocarla y traerla hacia mí. A veces no eran solo sus ojos sobre la pared altísima opuesta a la ventana pequeña, a veces también era toda ella y todo yo en una minuciosa lucha de cariño, despojándonos de nuestras tontas pertenencias.
Se enojo mucho Adelina esa noche. Se enojo conmigo, pero más se enojo con ella. Me di cuenta porque el taxi paro a unos cincuenta metros y se quedo con el motor en marcha algunos minutos. Yo seguí ahí parado, el motor encendido, su pecho en llanto.
No supe pedir disculpas, no supe caminar hacia ella.
Imagino que Adelina tampoco pudo bajar de su taxi, de su mundo oscuro, que la arropa y la lleva donde quiere. Imagino que no pudo optar por la neblina que le pegue fría en la cara y la sacuda para buscar otra forma a la misma vida, que la aleje de los viejos suplicios que carcomieron su seno y ya no mire su cicatriz solo para recordar lo mucho que ha sufrido.
Comprendo que Adelina se haya enojado conmigo. Una refutación es el argumento para destruir las razones del contrario. Igual que su madre en su lecho de muerte, es lo que yo le pedía esa noche.

Punto de vista de Susana, Héctor Guetufian

Les dije que me dolía la rodilla e iba ir al médico. Mentí. Disfrutaba esos momentos en que Adelina y Leopoldo se encontraban a solas en la casa. Hablaban de cosas sin importancia, como quien evita que la ceniza emerja en hoguera. Hoguera fue la época en que eran novios. Yo me adelante a mi hermana y me casé con Leopoldo.
Cerca de llegar a la casa donde vivíamos los tres, se me ocurrió una idea feliz. Ellos iban de compras a un bazar, los acompañé una vez. El dueño los miraba con ternura. Desde que nos casamos no fuimos más. Les comenté la idea de ir y aceptaron sorprendidos. Me las ingenié para que entren primero. El dueño  se alegró de volver a ver a la pareja. Me mantuve distante. Antes de salir, le di a mi marido un beso en la boca, largo como los de las telenovelas. Al dueño del bazar le susurre al oído, somos una familia muy liberal .
Desde el punto de vista de Tomatis - Rodolfo Falchetti

Hoy con claridad, ante mucho público, le dije a Adelina lo que pensaba de ella.
Aumentó mi rabia contra el género humano saber que la elegían como abanderada de las letras, para hablarnos a los jóvenes de educación.
Reconozco que desde el punto de vista de la sociedad pacata, timorata, que organizaba el acto, era la indicada para cerrarlo.
Cuando la escuché disertando sobre la condición del Hombre no pude soportar más y en forma de chanza amable, dije que la señorita Adelina salía poco a la calle.
Por supuesto, dentro de sus límites no cabe la ironía. ¡Si pienso que hasta quedó agradecida ¡
Después, en la comida, me senté intencionalmente a su lado, tratando de escandalizarla. Tomé, fumé en abundancia, le hablé de fornicación. Solo encontré una chispa fugaz en sus ojos, nada más.
Creo que siguió convencida de que había que guiarnos de acuerdo a lo aprendido de sus padres, gente conservadora que murió de disgusto por los cambios sociales que se producían.
Le elogié un par de sonetos pasables dentro de su obra. No supe si comprendió mi intención de pedirle que rompiera con esas formas estúpidas de poesía.
Hasta le expliqué que la amputación de un seno se lo había ocasionado ella misma por ser reprimida.
Solo me faltó, y ya habrá oportunidad, de hablarle de otras intimidades suyas que conozco. Se que sigue embelesada, tal vez como ella dice prendada de su cuñado. Que desde que lo vió desnudo solo puede observarlo desde la cintura hacia arriba, adivinando a través del vidrio esmerilado del baño sus formas y movimientos. Tejiendo fantasías eróticas solo por un momento de visión secreta de su hermana y Leopoldo hacía muchos años.
El día que publiquen algo más suyo y nada de los míos, le contaré quien es su amado Leopoldo en realidad. Un tipo vulgar, mundano, que fue por ella y se quedó con Susana, instalado con comodidad en esa casa, atendido por ambas hermanas. Un hombre que cuando bebe nos habla de las cosas que ella escribe y guarda en los cajones y nos dice como Adelina no perdonó nunca la elección.
Así aprenderá a no querer enseñarnos a nosotros, los Tomatis de la nueva generación.

Desde Leopoldo, Leonardo Fernández

Sé que está allí, siempre a esta hora desde hace años controla cada uno de mis gestos, al afeitarme, lavarme los dientes y con especial atención cuando tomo mi ducha. Sé lo que piensa en forma enfermiza.

En los últimos meses se me ha dado por prolongar ese momento imprimiendo a mis movimientos una cuota cada vez más audaz y de clara intención sexual.

Ella nunca pudo aceptar mi decisión de preferir a Susana como esposa: me hago cargo de ser parte de su frustración como mujer, sé que la marcó para siempre la tarde que nos sorprendió haciendo el amor en la playa y ver mi sexo desnudo, la hundió en un sentimiento de temor y deseo.

Sigue con la mirada fija en el vidrio esmerilado de la puerta, su presencia  está en el rítmico vaivén de la hamaca, atrás, adelante, atrás, adelante interminable en la tranquilidad de la tarde. 

Piensa seguro en su vida de sueños incumplidos, carente de planes de futuro sumida solo en su limbo literario, el temor a mostrar su cuerpo mutilado y el amor odio que la embarga al verme. Trato de no pensar en todo esto, cada tarde la rutina me domina, preparo con cuidado mi primer trago en el patio frente a Adelina que observa mis movimientos con disimulo, estiro el momento, bebo lentamente prolongando su espera enfermiza sin poder evitarlo, se que espera el sonido del hielo en el vaso del segundo aperitivo como si fuera el final de un orgasmo contenido.

Susana juega con nosotros al gato y el ratón, nos deja solos unas horas y luego llega con cara de sospecha y  frases con doble intención. Su amargura comenzó cuando los dolores físicos y cambios hormonales le hicieron bajar a la nada sus deseos sexuales.

Adelina lo sabe y a veces creo ver en sus ojos una mezcla de esperanza y ansiedad. Los reproches y sospechas injustos no hacen más que incitarme a hacer realidad los celos enfermizos de mi esposa.

Hoy Susana fue al médico y nos dejó solos nuevamente. Me doy una ducha mientras pienso en estas cosas, mi oído está atento al movimiento del sillón atrás, adelante, atrás adelante, de pronto cesa su rítmico movimiento, miro hacia la puerta de vidrio esmerilado, su sombra se agiganta, contengo la respiración.  


El hombre al que amé, María Cristina Scarlato

                                         (Basado en Sombras sobre vidrio
                                          esmerilado, de Juan José Saer)

Veo su sombra
tras el vidrio esmerilado
ese hombre al que amé
ya no me pertenece

Detrás del follaje cómplice
la tarde cubrió mi alma
en el final de aquel día
la sin razón del deseo
nació y pereció al instante

Mi añejo cuerpo ultrajado
aun se conmueve al verlo
mas desearlo no debo
No debo
No debo

ADDENDA  DE  ADELINA FLORES, Carlos Merlino

          Escrito encontrado en la parte inferior de su mesa de luz, tras una chinelas color rosa y unos zapatos de cuero con cordones, días después de su fallecimiento en mil novecientos setenta y cinco.

          Sé que quienes hayan leído el relato de pasajes de mi vida que escribiera hace ya algunos años, y que titulara “Sombras sobre vidrio esmerilado”, habrán quedado con algunos interrogantes.
          Ganas de saber quién y cómo era mi padre, y por qué dije que lo mató el peronismo. Deseo de saber por qué mi madre dijo antes de morir sobre su esposo: “”nunca tuvo la menor consideración conmigo.”
          En fin, ganas de saber por qué dije a los cincuenta y seis años que los libros que me rodeaban en mi cuarto eran polvorientos y tenía que pasar las tardes de verano en una mecedora.
          Papá era un industrial de acá de Santa Fé, primera generación argentina de españoles. Proveía chapas pintadas para heladeras y otros enseres que le compraban desde Buenos Aires, Córdoba, Rosario. El gobierno elegido por las mayorías en el cuarenta y seis había promovido entre la gente gran demanda de estos  aparatos. La otra cara del asunto eran los reclamos sindicales. El gremio metalúrgico exigía convenios con aumentos acordes a las ganancias del empresario, y había cierta prepotencia antes infrecuente en el trato del obrero hacia el patrón.
          Era ahí donde el señor Flores fallaba, para lo que no estaba preparado. Que su secretaria, azorada, abriera la puerta de su despacho para decirle “Señor, los delegados entraron a la secretaría, piden una entrevista” lo golpeaba, lo descontrolaba.
Acostumbrado a imponer su opinión le costaba  infinito escucharlos, decir que iba a estudiar lo pedido, que, en fin, vería lo que podía hacer. Durante un paro que hicieran durante tres días pidiendo la reincorporación de un despedido mi padre era otro. Con el rostro demudado vagaba por la fábrica, masticando su odio.Ya llevaba casi tres años en esa pelea, pero mientras tanto no dejaba de ingresar ganancias.
          Una mañana pareció que se recostaba sobre su silla cuando desayunaba, al tiempo que me sorprendió ver que un  insecto se introducía en su boca entreabierta…
           Mamá dijo “hagan lo que quieran con la fábrica”. Leopoldo no estaba dispuesto a dejar su empresa de repuestos de camiones, y ni mi hermana y yo nos habíamos preparado para dirigir una metalúrgica. Debimos apresurar su venta.

          ¿Porqué mi madre dijo lo que relaté? No lo sé. Lo que haya ocurrido entre ellos lo mantuvieron bien dentro de su matrimonio. Quizás a sus hijas nos faltó perspicacia para darnos cuenta. Sólo puedo recordar que él viajaba a Buenos Aires y Córdoba  dos veces a la semana a atender sus negocios, viajes a lo sumo de cuarenta y ocho horas.


-2-

¿Mamá le habría descubierto otra mujer, otra familia, y no nos dijo nada? ¿Mi cuñado sabría algo y se lo guardó? Nunca le saqué el tema. La relación diaria entre mis padres fue normal a mi modo de ver, aunque quizás poco efusiva ante terceros.

Con respecto a mí…
Toda mi vida me resultó difícil hablar sobre mí. Soy una solterona virgen que no quiso o no supo conquistar a un hombre. Tuve una mixtura de incapacidad, comodidad e indiferencia que me impidió buscar la felicidad en el matrimonio, tener hijos. Las letras lo fueron todo, y más la poesía. Escribir poemas era como lavarme, lo hacía porque era necesario. Debo reconocer que mi padre fue el único hombre en mi vida, que mi historia inicial con Leopoldo había perdido todo interés para mí cuando decidió elegir a mi hermana como su mujer.
          Ya sin la responsabilidad de la fábrica profundicé mi carrera en el magisterio y me dediqué más que nunca a las letras y a la poesía. 
 Aún considerándome una poeta de cierto valor mi natural timidez no me dejó salir a promocionarme. Así tampoco me provocó atracción lo sexual. ¿Frigidez por la que debí haber consultado a algún médico?
En una de ésas quién me dice, en un libro de texto de literatura algún chico del secundario encuentre en el futuro una especie de epitafio sobre mí: “Adelina Flores, poetisa santafesina fallecida en (lo dejo en blanco). La crítica ha considerado valiosa su obra a la vez que poco conocida, sólo quizás en círculos especializados.”

domingo, octubre 10, 2010

El autito azul, Leonardo Fernández

La puerta abierta, la plaza desierta bajo una llovizna fina que no moja mostraba en su camino el reflejo de las baldosas rojas brillando a su paso.
Estaba solo en esa cita inexplicable.
Jamás había pensado en una tarde gris; daba igual.  Justo en este día el mástil, añorando los colores de su bandera y la calida mirada de los niños mostraba su desnuda soledad, se acercó a el y apoyó su mano en el hierro frío e inexpresivo que se llevó su calor para siempre. Giró la vista y al costado, el recuerdo de su infancia estaba allí; en los juegos inmóviles.  El silencio sin música de la calesita y el caballo blanco preferido lo hicieron vacilar por un instante.
La mirada de Gardel y su sonrisa de cara a la calle Cochabamba, y  la tristeza de los indigentes bajo la autopista a solo algunos metros, son
imágenes muy fuertes que querría conservar y no podrá.
Le parece escuchar el rumor del último partido en el centro de jubilados.  Una idea le viene a la cabeza y aflora una sonrisa triste.

Salta la valla que lo separa de la calesita, acaricia el caballo blanco como acariciando los recuerdos y la tos seca le mancha los labios.
Elige un pequeño autito azul se sienta y cierra los ojos; ha decidido que sea allí.  
El día siguiente amaneció con sol, los niños extrañaron la música de la calesita.      

miércoles, septiembre 29, 2010

Volver a casa, Leonardo Fernández, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.

No pudieron ni podrán, encerrar más que mi cuerpo. No existe el tiempo, no importa el tamaño del lugar que habito, el silencio es mi amigo y la oscuridad mi sosiego. Con ellos vuelvo cada día a mi barrio, mi vida y mi casa. Me sostiene la esperanza, la fe en mi gente y la lucha diaria de mi cerebro contra el olvido.
Algún día volveré a recorrer mis calles, a saludar afectos, a contar una por una las baldosas que me acercan a los míos.
¿Qué podré decirles cuando llegue, perdón por haberlo hecho?¿ por amar demasiado?
Sé que es mucho el tiempo que pasó, imagino la angustia de no poder hacer nada por mi. Me sostiene la imagen de ustedes, el olor a pan tostado que escapa de la cocina de mi vieja y revive mis sentidos.
Podría vendarme los ojos y sin embargo encontrar el rumbo con sólo aspirar por la ventana. Quedarme sin oír, y el rumor de chicos que vive en mi cabeza me llevaría a destino.
A pesar de todo no he perdido la voz que la nombra a cada instante, y que grita mi agonía al recordar .
No supe crecer como querías, pero estoy aprendiendo en el dolor de cada día.
Hoy me permitieron salir al patio, solo me dieron una inyección. Los médicos dicen que me estoy poniendo bien, sin embargo el sol me ciega, el viento me lastima la garganta y no soporto el chillido de los pájaros. He tocado la tierra con las manos, es áspera y no tiene buen sabor.
Extraño el mundo que he creado, la pálida luz que entra por la pequeña ventana.
En el silencio de mi lugar y la frialdad de sus paredes, nada me distrae, puedo regresar tantas veces como quiera a la casa de mi vieja, sin pedir permiso y sin este sucio y maloliente uniforme.
— ¡Se acabó el recreo!— el enfermero da por terminada lo que él cree ha sido una fiesta.
Pobre hombre está condenado a soportar: el sol, el aire, el ruido y la libertad vigilada que le impide soñar y además… ¡cree ser feliz!
Me llevo de recuerdo un lápiz labial que encontré en el patio, está casi entero. Seguro que me servirá esta noche, para dibujar la puerta de mí casa.

viernes, julio 30, 2010

Las calles, Leonardo Fernández, Miércoles de 17.30 a 19.30 hs



Las calles extrañan el rumor de los paseantes, las pequeñas cosas que suceden cada día. Por las noches las paredes, sus amigas,  guardan los sonidos para recreárselos en las frías madrugadas de invierno. Las calles extrañan las voces de los artistas callejeros, la presencia de sus artesanos y el raro parloteo de una babel de idiomas.
Les gustaría,  estoy seguro, que todos ellos se quedaran esperando el crepúsculo y la llegada de la luna y las estrellas. Les contarían cuentos de borrachos y enamorados escondiendo su pasión en los portales;nacimientos en pleno día, los sollozos de los niños desamparados con una frazada mugrienta cubriéndolos  en la entrada de los subtes.
Extrañan el bullicio de los alumnos a la salida de la escuela, las palomas en las cornisas y su voracidad con las migas de pan que los  jubilados esparcen para tenerlas un rato como compañía. El sol y los colores de la gente y las vidrieras que encandilan a los chicos con ofertas de juguetes imposibles de comprar.
L a noche cae, sin embargo el día hace el esfuerzo todavía por quedarse un rato mas acompañando a sus amigas, sabe de su soledad,  del inútil buzón colorado con su boca siempre abierta incapaz de decirles nada. Sabe que una vez más intentarán comunicarse con el gato negro de andar sigiloso y desconfiado. Intentarán con el viento, al que nunca logran entender porque pasa muy rápido.   
Tratarán de mantener el calor del día para la gente que necesita abrigo, para los que no tienen nada. A ellas sólo les queda esperar el primer rayo de luz anunciando el nuevo día.

jueves, mayo 13, 2010

Mabel o Raquel, Leonardo Fernandez, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.


Agazapada al costado del camino, su silueta apenas visible por los arbustos que impiden el paso de la luz lunar, espera ansiosa y con temor el  bus que debe pasar pronto.
 Allá el reloj era algo prohibido, se había vuelto normal adivinar la hora por medio de pequeñas cosas, la sombra del alero de la pieza en el patio, el ventiluz que cambiaba con el paso del sol o la pregunta invariable al cliente. Saber no servía demasiado, de todos modos “La yegua” no se manejaba con tiempos.
— ¿Adonde vas Mabel? todavía no se terminó
—Es tarde señora, estoy cansada y ya pasaron seis, ¿le parece poco?
— Ni poco ni mucho, todavía quedan dos que prefieren tus servicios. ¿No te estarás negando,  no?
— Manuela está libre ¿por qué no le dice?
— Ella es nueva y todavía le falta,  bueno, basta de charla ¿o querés dormir en el canil esta noche?
 Las cosas son así allá, desde hace casi tres años que me llevaron engañada mi vida fue, prostitución y castigo ante cualquier rebeldía.
 Ir de vez en cuando a dormir con los perros me sirvió para hacerme amiga y al final tuvo sus ventajas, dos Pitbull y un Rotweiler se encargaban de la vigilancia por las
noches y el guardia dormía entonces a pata suelta. Recuerdo que una noche una nueva intentó escapar. No llegó ni al portón, los perros la hicieron pedazos y “La yegua” con toda frialdad la despenó con un treintaiocho
— Supongo que aprendieron la lección, — nos dijo, y ordenó al guardia que la enterrara en el monte.

Un destello en el fondo de la ruta le acelera el pulso, calcula que son las tres de la mañana , ella tiene su boleto gracias a Juan un cliente que la ayudó a planear la fuga, el avisó en la Terminal que un pasajero subiría en el camino
Angustiada y con frío hace señas desesperadas, el vehículo se detiene resoplando y ella rápidamente sube con el boleto en la mano y un pequeño bolso, el chofer la saluda indiferente y le señala el asiento correspondiente al lado de una joven mujer que duerme tranquila.
Cuando se den cuenta, piensa, será tarde, ya es domingo y “La yegua” que se hace la buena deja que las chicas duerman hasta las once. No quiero ni pensar lo que puede pasarle al guardia y la paliza que se comerán los perros, la carne con rivotril molido que me dio el hijo del farmacéutico (otro cliente) los durmió casi al instante. Mi castigo en el canil me sirvió para descansar y tener las fuerzas para correr las veinte cuadras hasta la ruta. Ahora estoy aquí, el chofer me mira por el espejo, es un hombre grandote muy morocho y ya observé que toma de una petaca con disimulo.  
Trato de dormir, mi compañera descansa tranquila y aprovecho para mirarla con atención, tiene más o menos mi edad, es morocha y bonita, viste con sencillez y buen gusto, en sus piernas apoya un pequeño bolso que sujeta sin crispación, sonríe. Como envidio sus sueños, yo en cambio no me animo a cerrar los ojos. El chofer con su petaca va volviendo cada vez mas insegura la marcha. 

Mabel no duerme y se da cuenta de todo pero no se anima a decir nada, el pasaje descansa y el volantazo sorprende a todos menos a ella.
 El vuelco, los gritos pidiendo auxilio.
 Mira a su compañera y ve su cuello grotescamente torcido y sus ojos abiertos de mirada vacía. Se incorpora y trata de salir por una enorme abertura en la mitad del micro, ayuda a una señora y vuelve a rescatar a una criatura apretada entre dos asientos, de pronto una explosión incendia la parte trasera, nota entonces la falta de su bolso, a duras penas llega a su asiento y busca a tientas en medio de un humo espeso, lo toma y sale. Se queda absorta mirando el incendio, algunos pasajeros no pudieron salir. Aparecen los auxilios que rápidamente se hacen cargo de la situación, Aferrada a su bolso Mabel es conducida al hospital del pueblo muy próximo al accidente, le realizan una rápida  revisión y comprueban un principio de intoxicación por humo, la sedan y la acuestan para que descanse, sueña inquieta una y otra vez con el chofer y su petaca,  su compañera muerta y el incendio.

Una claridad proveniente de la ventana la despierta, es temprano y sobre la mesa cree ver su bolsito, estira la mano y lo toma, con temor revisa sus pertenencias. El bolso no le pertenece, trata de serenarse, recuerda cada minuto de la tragedia y concluye que el incendio se llevó su identidad.
Una enfermera sonriente le trae una taza de mate cocido y un pan.
— Buen día dormilona te traigo el desayuno y una buena noticia.
— No creo que tengas algo así, perdí lo poco que tenía.
— Ahí está la cosa, en el accidente, al volcar el micro se abrió el buche y parte del equipaje salió volando a la banquina.
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
— Sucede que rescataron tu valija Raquel. Asombrada por la noticia Mabel solo atina a preguntar.
— ¿Cómo saben que es la mía?
— Tiene la  tarjeta con tu nombre y coincide con los documentos de tu bolso. Mabel cierra los ojos y llora, recuerda a su compañera de asiento, su rostro tranquilo,  y el pequeño bolso sobre sus piernas, piensa si todo esto no es un juego macabro.

El médico la revisa y le da el alta con rapidez, tendrá que prestar declaración a la policía local.
Toma la valija, la tarjeta lleva el nombre de Raquel Vélez, coincide con el documento en su poder. En la dirección un policía la interroga con delicadeza, ella asegura que dormía en el momento del accidente, le dan las gracias y le comunican que en una hora saldrá un bus especial para los accidentados a cargo de la empresa. En el pasillo, frente a una pizarra hay gente informándose de la salud de las victimas, Mabel busca el nombre de Raquel Vélez y con angustia comprueba que es Mabel Sánchez la que figura entre los fallecidos, golpeada por esta realidad siente el impulso de confesar la verdad y recobrar su identidad, un periodista la interpela con preguntas que no entiende, la acorrala y de pronto se encuentra sentada en el vehículo que la llevará con otros a Buenos Aires.
En la tranquilidad de su asiento decide ver el contenido del bolso, hay una reserva de hotel paga por siete días en las cercanías de Retiro, una carta citando a una entrevista de trabajo al día siguiente, comienza a creer que puede ser posible la oportunidad de una vida diferente, tiene la certeza de que el accidente será publicado en los diarios de todo el país, seguro que “La yegua” se pondrá contenta cuando vea su nombre en la lista.

Cae en un sueño profundo y por primera vez siente que su cuerpo se relaja y descansa, en su llegada a la Terminal de Retiro, luego de preguntar se encamina al hotel que queda a pocas cuadras según le informan, caminar le hace bien y despeja su cabeza.
El lugar es bonito, el conserje la atiende con amabilidad y una vez identificada la acompaña a la habitación, sencilla, con baño privado y agua caliente, decide darse una ducha, satisfecha y mas tranquila abre la valija y se prueba alguna ropa, casi su talle, en un compartimiento interior hay dos cajas similares a las de cigarrillos tienen la misma dirección de la carta.

Baja luego y el empleado le aconseja un lugar cercano y barato para su cena, revisa su capital y lo considera suficiente para una comida sencilla.
El lugar es una pequeña pizzería, los recuerdos la llevan a viejas formas de vida en la ciudad, códigos de convivencia olvidados, comportamientos en sociedad, el vino la marea un poco y decide volver al hotel.
Al llegar le pide al conserje que la despierte a las siete, se acuesta y duerme profundamente.
A las ocho y cuarenta vestida con la mejor  ropa, pulsa el timbre de un edificio céntrico, el ascensor la traslada rápidamente a un lujoso piso donde una mujer la espera con una sonrisa.
— Buenos días, ¿Raquel Vélez verdad?
— Si, buenos días.
— Tome asiento, ya la anuncio. — Raquel inquieta observa el lugar impresionada.
— Ya puede pasar el señor Mansilla la espera.
Detrás del escritorio un hombre de mediana edad la recibe con la mano abierta en afectuoso saludo.
— ¿Así que vos sos Raquel? Realmente don José te describió con exactitud, supongo que trajiste la encomienda que le encargué.
— Si señor Mansilla aquí la tengo.
— ¿No se te ocurrió abrirla verdad?
— Soy curiosa pero no toco lo que no es mío, contestó molesta.
Mansilla llevó el paquete a la habitación contigua y luego llamó a la empleada para que asesorara a Raquel de sus futuras tareas, se despidió agradeciéndole su colaboración.
Vanesa le dijo que saldrían a comprar ropa y en el camino la pondría al tanto de su futura tarea en la empresa. La sorpresa de Raquel al comprobar que la ropa sería para ella fue total, eso sí los colores y modelos fueron elegidos por su acompañante y solo le permitió un conjunto a su gusto siempre que le prometiera no usarlo en los viajes que debiera  realizar. Le dijo que la sobriedad aseguraba el éxito de los negocios.
Tomando un café le preguntó si tenía antecedentes penales o si algún familiar podía
cuestionar su traslado a la capital, le contestó a todo que no, después de todo sus antecedentes por robo y prostitucion  pertenecían a su otra vida.
Vanesa luego del café la llevó a un estudio fotográfico donde un anciano de aspecto desaliñado y mirada huidiza le tomó varias fotos que según le dijo eran para el pasaporte y el documento nuevo. En un taxi volvieron al hotel, quedaron en encontrarse al día siguiente.

A la hora indicada se reunieron en la habitación y allí en forma cruda Vanesa la enteró de que ya pertenecía a la organización.
El gerente le enviaba la suma de tres mil pesos por el riesgo corrido en el traslado de la
encomienda, entonces, de su cartera extrajo un pequeño envoltorio conteniendo un  polvo blanco y algo parecido a un tampón forrado en un preservativo, su desconcierto  obligó a una rápida explicación, se trataba de cocaína en estado puro que normalmente se transportaba de distintas maneras, una de ellas eran envoltorios similares al que había llamado su atención y que se ingerían trasladando la droga en el estómago.

Vanesa se dio cuenta del gesto de incredulidad de Raquel y se apuró a recordarle que su vinculación con la familia no tenía marcha atrás. La tranquilizó asegurando que le enseñaría a comportarse en los aeropuertos y a tomar las precauciones para preservarla del peligro de una rotura en el estómago.

Al quedar sola, tomó los tres mil pesos y los desparramó sobre la cama, descolgó la ropa recién comprada y procedió a hacer lo mismo, luego se acostó con los ojos fijos en el techo y el lento girar del ventilador, sintió la angustia subir a su garganta y hacerse llanto amargo e irrefrenable.
Pensó en su sueño de comenzar una nueva vida, se preguntó si esto era mejor que la prostitución, le habían dicho que no tenía alternativa, sintió que volvía a ser esclava.
Se levantó con decisión, sacó del placard la vieja valija y comenzó colocar con orden la ropa sin estrenar, una sonrisa amarga le llenaba la cara.

Concluyó que no había escapado de la prostitucion para convertirse en embajadora de la muerte, la adrenalina corría con fuerza por sus venas y se dijo, que “la yegua” no había conseguido dominar nunca su espíritu de libertad y que no sería ella la que terminara muerta en algún aeropuerto por una perdida en su estómago.

Se asomó para comprobar que el conserje no se encontraba en su lugar, bajó rápidamente y salió a la calle, el aire fresco le arrancó una sonrisa que iluminó la oscuridad, otra vez escapaba hacia la nada pero ahora mas convencida de que Mabel o Raquel merecían otra oportunidad.        
          




  

jueves, abril 15, 2010

La barra, Leonardo Fernández. Curso Lunes de 17.30 a 19.30


— Carlitos…,avisale a José que faltan trapos y una media, que no se haga el opa y le choree a la vieja porque si no,  no hay fulbo.
Y allá parte Carlitos con la orden de Manucho el jefe de la barra, éste con dos años más y la habilidad de transformar papel y trapos en una pelota tenía la admiración y el respeto de todos.
El colorado era increíble, de físico grande para sus trece años, con su pelo hirsuto siempre despeinado tenía una mirada azul que cortaba cualquier discusión. No buscaba pendencia ni se  metía en líos, pero las veces que lo buscaron lo encontraron dispuesto y sin arrugar nunca.
—  Coco, como tarda este salamín, fijate si viene.
— Si recién salió, no tiene bici para ir más rápido y son seis cuadras, son.
— Vos siempre lo defendés, se ve que te gusta la hermana gilún.
— No es cierto, la Rosita no me gusta, tiene los dientes chuecos y no te deja copiar en las pruebas.
— Mejor sería que estudiaras, así no tenés que hacer machetes, cada vez que te veo estás todo escribido con la pluma cucharita.
— Bueno che finishela, al fin y al cabo no repetí nunca. Mirá viene Carlitos, y parece jaboneado.
El mensajero llega transpirado por la carrera y con la cara desencajada.
— No saben lo que pasó muchachos, estábamos en el conventillo y en el momento que yo lo tapaba al José en el piletón, para que pudiera afanar algunos trapos y alguna media, el salame se equivocó de tacho y le estaba metiendo mano a la ropa del tano Antonio.
— Justo con el tano chinchudo se fue a meter.
— Pará, pará, apareció de golpe, no me dio tiempo a avisarle y de refilón me comí un squiafo, pero el que la pasó peor fue Josesito que se ligó un bruto cazote y encima lo sentó en el piletón lleno de agua.
— Parece que se enojó en serio. ¿Y después?
— Yo rajé pero vi que lo llevaba de la oreja a la pieza de la madre.
— Este tano es una fiera, siempre encuentra la manera de arrimarse a la viuda - comenta Manucho.
— Vos siempre con la maldad, la cuestión que nos quedamos sin pelota y sin fulbo.
— No te calenté, alcanza para una chica, pero no hay que mojarla porque si se moja, chau, tiene mucho papel y poco trapo.
La barra se queda conversando en la esquina y deciden jugar al hoyo pelota para preservarla.
En el conventillo, don Antonio golpea la puerta de María, la gallega viuda del hielero, al abrir se encuentra con Josesito zapateando en el aire mojado y sostenido de una oreja por su enojado vecino.
— ¡Oiga qué pasa! suelte al nene quiere. Qué le ha picado, mire como tiene la oreja.
— La orequia se la teniva que traere en una bandeca señora, cuesto delincuente me estabano caloteando lo calzoncillo batarace que teniba al piletone.
— Bueno, tanto lío, por una travesura de pibe, a la final si le llevaba el calzoncillo le hacía un favor, si no lo lavaba nunca.
— Cosa diche doña Maria si e yusto el nuevo, el que usé toda la setimana pasada, ademá lo querían para hacerlo balone y cagarlo a patadas.
— Josesito ¿es cierto lo que dice don Antonio? pídale perdón ahora mismo por el disgusto y vaya para adentro.
El pibe rezongando se disculpa y los deja mientras se frota la oreja. La viuda trata amablemente de quitarle importancia al incidente  y don Antonio va amainando en su calentura.
— Mire, el chico es travieso pero a usted le tiene mucho respeto Antonino.
— Si fuera ico mío, andaría derechito, derechito, pero osté no tiene la culpa, está solita y e difichile sin el suo marito.
— Me alegra que me comprenda, son tiempos muy malos para una mujer sin hombre, ¿que puede una esperar?
— E sí, il huomo non la pasa mecore, e triste vivire solo, fare la comida, lavare lo calzoncillo, e
Laborare al puerto doce hora a la estiba, dopo dormire solo, e si e difichile.
— Usted tiene suerte, es soltero y sin compromiso, en cambio yo, viuda y con un hijo no tengo futuro.
El tano agarra al vuelo la intención y se apoya en el marco de la puerta en actitud ganadora.
— Non crea doña Maria osté tiene a Cosesito que e muy respetuoso y bien educado, e osté e una molle muy trabacadora y molto simpática e además linda come una madona.
— Que cosas dice Antonino, mire si lo escucha la polaca de la pieza ocho. ¿Que le parece si tomamos unos mates así se le pasa la bronca?
Don Antonio acepta encantado y al entrar se tropieza con la presencia de Josesito, sorprendido, mira a doña Maria con gesto cómplice, ésta solo encoje los hombros.
— ¿Me permete doña Maria?
— Lo que guste Antonino.
— Cosesito… io te perdono, va vía presto con il bandido de Manucho e la tua barra, dopo si se portano bien te prometo un balone de goma así non afanan ma calzoncillo a nenguno. Palabra
de Antonio Malatesta ¿capito?.