Saltó el botón de mi vestido azul y rodó por la vereda y a pesar de haber seguido con los ojos su recorrido se perdió en los recovecos de la calle y tuve que seguir caminando mostrando los pechos.
Se me ha caído una lágrima sobre el mantel cuando pensaba en vos y lo lejos que estás y se diluyó en la tela y no la pude rescatar.
Perdí la sonrisa hace mucho tiempo y mirándome en el espejo traté de recuperarla pero es imposible, ya no se dibuja más en mi rostro.
Se deslizó de mi boca un suspiro de dolor y como una bocanada rebotó en el aire y quise atraparlo con la mano y se quedó vacía.
No pude recordar el sueño que tuve esta noche que me hizo reír y despertarme feliz y cuando intenté memorizarlo se fue a algún lugar que no sé dónde queda.
Ya no se perfila en mi mente ese sentimiento que me hacía vibrar, que aceleraba mi pulso y cosquilleaba mi cuerpo, fue desapareciendo sin darme casi cuenta y no logro rescatarlo.
Estoy quieta, como dormida y no puedo desentrañar lo que me atormenta: el no saber en qué lugar se esconden las cosas perdidas.
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miércoles, septiembre 29, 2010
jueves, julio 08, 2010
Beatríz López Siritto, Fermina siente frío, curso: miércoles de 17.30 a 19.30
Las manos mojadas de Fermina tienen aroma a perejil y a mate amargo. Es invierno y se le erizan los pelos de la nuca al entrar el viento por la banderola de la piecita del hotelucho de Barracas. Entibia sus manos ajadas sobre la hornalla del calentador a kerosén mientras pone el guiso en la olla de barro.
Ha juntado unos pesos después de vagabundear todo el día pasando de hombre en hombre. Tiene la boca seca y la suela de los zapatos pegoteada de barro.
Pronto será el año nuevo y esta vez Fermina ha decidido por fin viajar a Misiones a ver a su viejita y cebarle mate bajo la higuera mirando las colinas bajas. Esta noche se arma la bailanta en el conventillo del Juanjo y tiene ganas de sacarse el frío y mover su cuerpo flaco y huesudo, pero no sabe si irá porque también tiene ganas de dormir el sueño eterno de la soledad. Se tira en el catre y cierra los ojos por un rato pero no duerme, sueña despierta con el calor de unas manos, con la mirada profunda de un hombre y con el abrazo franco del amor que no conoce.
Ya es 30 de diciembre y prepara el bolsito gris para enfilar hacia la estación del ferrocarril. pronto llega el tren y ella se acomoda apretadamente en las butacas de madera. El viaje es largo, sus ojos divagantes miran sin cesar por la ventanilla que de vez en cuando deja asomar una vaca con los ojos muy abiertos.
Pasó un día y las campanadas de la estación anuncian la llegada, ella toma el bolso y alquila un caballo para llegar a la casa de abobe. Su madre está agachada junto a la bomba de agua con un balde azul en sus manos y las gallinas cacarean a su alrededor, tal vez implorando no ser las desplumadas para la noche de fin de año.
Fermina se para adelante y ambas con los ojos mojados se acercan para abrazarse apretadamente y luego entre mates, recuerdos y sonrisas, con la vieja casamentera del barrio preparan la lista de invitados donde figuran los hombres que aún siguen solos.
Al fin, 31 de diciembre y ella feliz con su vestido negro muy apretado mira a cada uno que llega a la pista de barro. Risas, llantos, abrazos, todo se entremezcla hasta que Doña Juana le presenta a Jacinto alguien que ella no conocía, se miran, comienzan a bailar y después de contarse las cosas que siempre se cuentan, quedan en verse otra vez.
Ya no quiere volver a Buenos Aires, después de dos meses largos de planes y deseos compartidos, deciden irse a vivir juntos a la casita del Jacinto. Se casan secretamente en medio de la montaña, ella con la mantilla blanca de su madre y él con el cinto grueso de su abuelo y de ahí en más la convivencia, los almuerzos tomados de la mano, la cama caliente, después los gritos, los ojos enrojecidos de Fermina, los reproches, las noches en vela, el cuerpo golpeado, el abrazo con su viejita y los ojos mojados y otra vez el bolso gris, las campanadas del tren anunciando su partida, la ventanilla que deja asomar una vaca de vez en cuando, las butacas de madera, el catre del hotel de Barracas, las manos sobre el calentador, la olla de barro, el viento entrando por la banderola y sus manos con aroma a perejil y a mate amargo.
Ha juntado unos pesos después de vagabundear todo el día pasando de hombre en hombre. Tiene la boca seca y la suela de los zapatos pegoteada de barro.
Pronto será el año nuevo y esta vez Fermina ha decidido por fin viajar a Misiones a ver a su viejita y cebarle mate bajo la higuera mirando las colinas bajas. Esta noche se arma la bailanta en el conventillo del Juanjo y tiene ganas de sacarse el frío y mover su cuerpo flaco y huesudo, pero no sabe si irá porque también tiene ganas de dormir el sueño eterno de la soledad. Se tira en el catre y cierra los ojos por un rato pero no duerme, sueña despierta con el calor de unas manos, con la mirada profunda de un hombre y con el abrazo franco del amor que no conoce.
Ya es 30 de diciembre y prepara el bolsito gris para enfilar hacia la estación del ferrocarril. pronto llega el tren y ella se acomoda apretadamente en las butacas de madera. El viaje es largo, sus ojos divagantes miran sin cesar por la ventanilla que de vez en cuando deja asomar una vaca con los ojos muy abiertos.
Pasó un día y las campanadas de la estación anuncian la llegada, ella toma el bolso y alquila un caballo para llegar a la casa de abobe. Su madre está agachada junto a la bomba de agua con un balde azul en sus manos y las gallinas cacarean a su alrededor, tal vez implorando no ser las desplumadas para la noche de fin de año.
Fermina se para adelante y ambas con los ojos mojados se acercan para abrazarse apretadamente y luego entre mates, recuerdos y sonrisas, con la vieja casamentera del barrio preparan la lista de invitados donde figuran los hombres que aún siguen solos.
Al fin, 31 de diciembre y ella feliz con su vestido negro muy apretado mira a cada uno que llega a la pista de barro. Risas, llantos, abrazos, todo se entremezcla hasta que Doña Juana le presenta a Jacinto alguien que ella no conocía, se miran, comienzan a bailar y después de contarse las cosas que siempre se cuentan, quedan en verse otra vez.
Ya no quiere volver a Buenos Aires, después de dos meses largos de planes y deseos compartidos, deciden irse a vivir juntos a la casita del Jacinto. Se casan secretamente en medio de la montaña, ella con la mantilla blanca de su madre y él con el cinto grueso de su abuelo y de ahí en más la convivencia, los almuerzos tomados de la mano, la cama caliente, después los gritos, los ojos enrojecidos de Fermina, los reproches, las noches en vela, el cuerpo golpeado, el abrazo con su viejita y los ojos mojados y otra vez el bolso gris, las campanadas del tren anunciando su partida, la ventanilla que deja asomar una vaca de vez en cuando, las butacas de madera, el catre del hotel de Barracas, las manos sobre el calentador, la olla de barro, el viento entrando por la banderola y sus manos con aroma a perejil y a mate amargo.
lunes, abril 26, 2010
Y no pudo, Beatriz López Siritto, Curso: miércoles de 17:30 a 19:30 hs.
Por favor sea breve, dijo-. Y es así que no supo como empezar a contar que le había clavado el cuchillo en la garganta. y llevó su mano ligeraramente hacia su rostro ensombrecido por el dolor.
Sentía frío y al mismo tiempo un sudor tibio.
Por favor sea breve, dijo-. Las palabras se anudaron en su paladar sin poder abrir paso hacia esa boca herméticamente cerrada.
Con las uñas como garras fue descascarando cada lágrima amarrada al costado de sus pómulos.
Y pensando en eso de la brevedad que se repetía constantemente no pudo explicar porqué la había matado.
Sentía frío y al mismo tiempo un sudor tibio.
Por favor sea breve, dijo-. Las palabras se anudaron en su paladar sin poder abrir paso hacia esa boca herméticamente cerrada.
Con las uñas como garras fue descascarando cada lágrima amarrada al costado de sus pómulos.
Y pensando en eso de la brevedad que se repetía constantemente no pudo explicar porqué la había matado.
viernes, diciembre 12, 2008
De escrituras - Integrante: Beatríz López Siritto - Curso: Martes de 17.30 a 19.30 hs

El escritor siente como un nudo en la garganta y en el pecho palabras que esperan salir a borbotones para expresar sus fantasías y llevar despaciosamente la mano hacia el papel vacío.
Espera ese momento de poder volcar todas las cosas que tiene adentro y desespera por poder transmitir todo lo que lo lleve a relacionarse con los demás.
El escritor a veces se siente solo y cuando alguien lee sus cosas se toma de las manos con sus semejantes formando una ronda redonda.
Espera ese momento de poder volcar todas las cosas que tiene adentro y desespera por poder transmitir todo lo que lo lleve a relacionarse con los demás.
El escritor a veces se siente solo y cuando alguien lee sus cosas se toma de las manos con sus semejantes formando una ronda redonda.
lunes, octubre 06, 2008
Integrante: Beatríz Lopez Siritto - Curso: Lunes de 17.30 a 19.30

En la cocina
Es invierno y toda la casa esta fría con sus ventanales al balcón y ninguna estufa. La cocina el lugar preferido de Pizarra con olor a pan, entibia su cuerpo.Cómo le gusta estar en la cocina. Eso si, las cebollas hacen lagrimas sus ojos y entonces aprovecha la doña y llora por todo lo que no pudo hacer, por lo que hizo sin permiso y por lo que quería realizar y no sabe como, porque seguro no queda ni tiempo. Como les contaré después la pobre se quedó solita pero los fantasmas siguen estando y entonces lástima que la cocina es el lugar donde todos pasan y nunca será su lugar, sólo para amasar la masa, para guisar mondongo o teñir sus dientes con el verde mate matinal, más otras cosas que Pizarra detesta hacer.Su finado marido cuelga de la pared dentro de un marco engrasado al lado de la heladera que pintó el otro día con sintético gris.Un potus amarronado y algo verdoso adentro de una lata roja contra la envidia, pende de un clavo enclenque en la esquina de la pileta.Hace cuatro días que llovizna y la ropa tendida sobre las sillas huele a perro en celo.Amalia, la mayor de sus hijas se juntó con el viejo diputado de la provincia y con sus tacones finos y sus extensiones doradas y sus lipoaspiraciones y sus tetas nuevas se olvido de su mamá.La debilucha de Cecilia sigue sola en la pensión del Abasto esperando que su trompa la mande a juntar un mango mostrando el traserito.Y el menor, Pato o Patito se fue al sur con el viejo de la funeraria quien lo tiene bien calzado y vestido de pendeja y de vez en cuando se lo come por atrás.Nunca se imagino Pizarra que andaría tan sola llorando por la cocina, casi sin dientes, con dos pelos locos, los ojos a media asta y llorando y llorando por todo y por nada. Era sábado por la tarde y ya desde hacía unos días no se escuchaba a la doña balbucear por las mañanas entre el mate verde y llorar y cantar como decía la vecina de al lado que con una copa invertida trataba de cachar algo por la medianera.¿Adonde estará Pizarra? Tal vez disuelta por el calor del horno atragantada por la bombilla, atrapada por la manga de un pullover mojado o ahogada entre canturreo y lágrimas en la cocina.Llamaron a la 40 y llega el oficial de turno y tirando la puerta abajo y revisando toda la casa no encontró mas que una sombra roja en el techo de la cocina como atravesándolo. Bastante asustado adentro de su uniforme de guerrero llamo a la autoridad mayor que lo primero que hizo fue subir a la terraza, advirtiendo a la altura del techo un pequeño agujero y arriba entre la niebla mientras tanto un pajarraco flaco chorreaba la pelada del comisario, llenándola de mierda con olor a lavanda.
Es invierno y toda la casa esta fría con sus ventanales al balcón y ninguna estufa. La cocina el lugar preferido de Pizarra con olor a pan, entibia su cuerpo.Cómo le gusta estar en la cocina. Eso si, las cebollas hacen lagrimas sus ojos y entonces aprovecha la doña y llora por todo lo que no pudo hacer, por lo que hizo sin permiso y por lo que quería realizar y no sabe como, porque seguro no queda ni tiempo. Como les contaré después la pobre se quedó solita pero los fantasmas siguen estando y entonces lástima que la cocina es el lugar donde todos pasan y nunca será su lugar, sólo para amasar la masa, para guisar mondongo o teñir sus dientes con el verde mate matinal, más otras cosas que Pizarra detesta hacer.Su finado marido cuelga de la pared dentro de un marco engrasado al lado de la heladera que pintó el otro día con sintético gris.Un potus amarronado y algo verdoso adentro de una lata roja contra la envidia, pende de un clavo enclenque en la esquina de la pileta.Hace cuatro días que llovizna y la ropa tendida sobre las sillas huele a perro en celo.Amalia, la mayor de sus hijas se juntó con el viejo diputado de la provincia y con sus tacones finos y sus extensiones doradas y sus lipoaspiraciones y sus tetas nuevas se olvido de su mamá.La debilucha de Cecilia sigue sola en la pensión del Abasto esperando que su trompa la mande a juntar un mango mostrando el traserito.Y el menor, Pato o Patito se fue al sur con el viejo de la funeraria quien lo tiene bien calzado y vestido de pendeja y de vez en cuando se lo come por atrás.Nunca se imagino Pizarra que andaría tan sola llorando por la cocina, casi sin dientes, con dos pelos locos, los ojos a media asta y llorando y llorando por todo y por nada. Era sábado por la tarde y ya desde hacía unos días no se escuchaba a la doña balbucear por las mañanas entre el mate verde y llorar y cantar como decía la vecina de al lado que con una copa invertida trataba de cachar algo por la medianera.¿Adonde estará Pizarra? Tal vez disuelta por el calor del horno atragantada por la bombilla, atrapada por la manga de un pullover mojado o ahogada entre canturreo y lágrimas en la cocina.Llamaron a la 40 y llega el oficial de turno y tirando la puerta abajo y revisando toda la casa no encontró mas que una sombra roja en el techo de la cocina como atravesándolo. Bastante asustado adentro de su uniforme de guerrero llamo a la autoridad mayor que lo primero que hizo fue subir a la terraza, advirtiendo a la altura del techo un pequeño agujero y arriba entre la niebla mientras tanto un pajarraco flaco chorreaba la pelada del comisario, llenándola de mierda con olor a lavanda.
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