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miércoles, noviembre 04, 2009

Integrante: Juan Francisco Martínez - El piano en la ventana - Curso : Martes de 14.30 a 16.30 hs

Gladis cumplirá quince años la próxima semana. Hace meses que estudia en el Conservatorio de Música. Sus padres orgullosos por su progreso, decidieron obsequiarle un piano.

Victoria, su mamá, se deleitaba imaginando a Gladis ejecutar el piano, cercano al balcón, escuchada por los vecinos.

Había gestionado la compra pero le faltaba resolver cómo lo subiría a su departamento del segundo piso. La empresa de mudanzas le cobraría ciento veinte pesos , para introducirlo por el balcón con la colaboración de tres operarios. Desechó esta oferta por considerarla excesiva.

Su vecina le sugirió entrevistar en el Mercado Central al señor García, changador que cobraba poco por sus trabajos. Era un hombre robusto, de anchas espaldas y mediana estatura, tez mate, pelo corto azabache, dotado de fuerza inusual para manipular bultos muy pesados. Lo conocían por el mote de “El sordo García”, porque oía muy poco y hablaba menos.

Resolvieron trasladar el piano al día siguiente.

Cuando llegó, Victoria lo interrogó, dudando:

- ¿García podrá levantarlo?

Ël asintió con la cabeza, mientras lo revisaba. Le cruzó dos anchas fajas que se unían en su pecho. Al inclinarse, el piano quedó en vilo, comenzó a caminar hacia la escalera haciéndole seña a Victoria para que se adelante. Lento, subiendo de a uno los escalones, llegó al segundo piso y con suavidad dejó bajar la carga.

Ella miraba embelesada el piano junto a la ventana, sin reparar que él esperaba.

García ¡ Gracias! ¿Cuánto le debo?

Sesenta pesos.

Victoria dio un respingo, se tiró para atrás, altiva mientras decía:

¡Es un disparate, por diez minutos de trabajo! ¿Pretende ganar trescientos sesenta pesos la hora? No, García, le pagaré menos.

En su ofuscación no reparó en el rostro de él, se denotaba su enojo por la ofensa recibida. Había reprimido el impulso de reacción, porque era mujer. Dijo secamente:

¡Son sesenta!

Victoria dispuesta a no pagar esa cantidad, ideó rápida una coartada.

Voy a consultar por teléfono a mi esposo.

Luego le diría que él opinaba igual, es excesivo lo que cobra, García. Demoró pocos minutos en regresar pero García se dirigía a la salida cargando el piano Esperó creyendo que era una estrategia para coaccionarla pero cuando había bajado cinco escalones, comprendió la situación.

Espere señor…¡No baje! (Ahora lo trataba de señor)

García continuaba bajando con el piano.

Espere señor, le voy a pagar diez más o veinte…o lo que pida.

Fue inútil la súplica. En la acera depositó el piano, le quitó las fajas y con ellas debajo del brazo se alejaba. Victoria con un ataque de desesperación e impotencia, apoyada en el piano para no desplomarse, miraba la ancha espalda del sordo García que con pasos cansinos se dirigía al Mercado Central.

Juan Francisco Martínez

lunes, agosto 03, 2009

Reloj en la acera, Integrante: Juan Francisco Martínez, Curso: Martes 14.30 a 16.30 hs.


Con pasos lentos avanzábamos, descalzos, en la arena tibia, cargando los pocos y livianos bártulos que utilizábamos, disfrutando del día y el sol, en la costa de un mar verdeazulado.
Luego de la refrescante ducha, que nos libera de arena, hidrata y estira la piel borrando incipientes arrugas que nos regala Febo, salimos a caminar por la peatonal. En la acera muchos veraneantes con rostros felices, gozando del descanso espiritual y corporal.
Frente a la puerta de una heladería, mi sandalia tocó algo en el piso. Levanté un reloj de pulsera.
Parece de un chico, dijo Juanita.
O de una dama, afirmé.
¿Qué piensas hacer con él?
No contesté, miraba a los transeúntes, tratando de descubrir si alguno daba muestra de buscarlo.
Desde la puerta del negocio pregunté hacia adentro:
¿Alguien perdió un reloj?
Varios, dándose vuelta se encongieron de hombros en señal negativa. Sólo un muchacho delgado, alto como un álamo, con aspecto de pillo, acercándose dijo:
¿A ver cómo es?
Presentí una adversa intención.
Al que lo describa se lo entregaré, contesté.
Nos quedamos un regular lapso observando a los caminantes, ninguno dió señal de buscarlo.
En casa revisé el reloj. Era un Citizen de esfera rectangular plateada y un discreto borde metálico dorado, con pulsera plástica imitación cuero de cocodrilo.
Me sentía un poco contrariado, hubiera querido encontrar al dueño y entregarlo, y más aún si era de una criatura.
Sin intentarlo estaba cuestionando mi proceder. ¿Por qué ese profundo deseo en devolverlo? ¿Sería preferible quedármelo?
Si este simple hallazgo, consideraba, hubiera ocurrido en la gran ciudad, lugar habitual de mis actividades.
¿Habría adoptado igual determinación? ¿O lo tomaría como mío sin importarme del posible dueño?
Vacacionando, experimentamos un relax íntimo, inundando nuestro ser de sentimiento altruista que nos libera de egoísmos, de intereses mezquinos, de no ocuparnos de las necesidades del prójimo, nos hacemos solidarios.
Me sentía animado de buenos sentimientos. Quería devolverlo.
El dueño del reloj continúa ignorado. Tenerlo es un grato recuerdo por haber sido el disparador de un sentir noble en las vacaciones de Enero.