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viernes, noviembre 16, 2012

Virgilio , Verónica Martinez, Lunes de 14 a 16 hs.




Ninguna noche, con frío mortal o calor insoportable, Ariel deja de ir al café de Rioja y Castillo.
Instalado en la mesita arrinconada en el fondo, lee compenetrado mientras toma café fuerte con una gota de leche fría y sin azúcar. El resto de los parroquianos no molestan, no hay televisor ni música funcional y los mozos parecen deslizarse sin hacer ruido sobre los mugrientos mosaicos del suelo. Un silencio pesado y opaco lo envuelve en su ritual obsesivo.
—Virgilio, no te entiendo.
La voz de mujer lo arranca de su ensimismamiento. ¿Virgilio? Piensa. ¿Quién puede llamarse Virgilio en estas épocas? Se siente molesto de inmediato, el silencio que reina en su rincón acababa de ser interrumpido por la voz quejosa de una mujer sentada a su espalda. Se queda quieto mirando la pared que tiene enfrente y espera escuchar la voz del Virgilio en cuestión. La respuesta no llega y la molestia va creciendo. Respira hondo, afloja los hombros contraídos por el suceso y decide volver a la lectura. Toma un sorbo pequeño de café y enfrenta la página 142 del libro.
—Lo siento Virgilio, no puedo.
Ariel levanta la vista del libro ante la nueva interrupción y vuelve a quedarse quieto mirando la pared. Ahora la queja le suena como respuesta a un requerimiento que no ha oído. No termina de entender cómo Virgilio habla tan bajo que él no logra escuchar lo que dice. Mira hacia el salón, girando apenas la cabeza hacia su derecha y divisa una mesita vacía en el otro extremo. Cierra el libro y apoya las manos sobre la mesa para levantarse y cambiar de lugar. No piensa soportar esa ridícula discusión de pareja. Entonces ve su café casi intacto y deja caer las manos sobre las piernas. Con su natural torpeza se le hace imposible mudarse de mesa con el café y el libro; seguramente tiraría algo al suelo. De repente se pone de muy mal humor.
Siente correrse la silla a sus espaldas, con todo detalle, y el roce de la tela del vestido de la mujer al levantarse. Luego los tacos repican alejándose hasta perderse por completo. Experimenta una rara satisfacción por Virgilio. Después de todo para qué quiere a esa mujer que no lo comprende. Sin pensar en lo que hace, se da vuelta sonriente para ver el rostro de un hombre que andaba por la vida con semejante nombre ilustre. Solo ve la mesa vacía, un café sin tomar y un ejemplar de La Eneida.

Tajo Rojo, Verónica Martínez


Unos ojos oscuros y grandes, bordados con largas pestañas, me miraban con curiosidad.
La mina es linda. Tiene buen cuerpo, pero sus ojos me fascinan.
El momento tiene la tensión del primer encuentro. Me esfuerzo por relajar la cuestión con una pregunta.
-Che contame, ¿de donde sos?
-Nací en Capri.
-¡Mirá vos! Yo siempre imaginé que Capri era una Isla para ir de viaje. Como te puedo decir. No había pensado que hay gente que nace ahí.
Los ojos desaparecen, son opacados por una boca muy roja. Una boca que se abre y ríe.
Me siento molesto, no me parece gracioso.
La boca se frunce y me dice algo en italiano. Inmediatamente otra vez la carcajada.
Sonrío, porque no se que otra cosa hacer.
-Che porque no lo repetís en castellano y nos reímos los dos.
Los ojos vuelven, se entrecierran, me miran con disgusto. La boca, ahora muy apretada, parece un tajo rojo. Todo su cuerpo respira profundo y deja de mirarme. La magia está rota.
-Que poco sentido del humor.
-No creas, tengo mucho humor, pero no entiendo italiano.
-¿Si? Decime, ¿a que te dedicas?
-Soy mecánico.
-¿Dental?
La molestia crece. Pienso en el Ancho. Lo veo entrando al taller con esa risa de ganador idiota. Lo escucho dándome el dato: “Es una mina bárbara, medio nariz para arriba, pero ya sabes, ¿no? Son las mejores. Dale maricón, te arreglo un encuentro”
-De autos. Arreglo autos.
-Que bien.
Nada está bien. Encima la mina sonríe, pero estoy seguro que se muere por cagarse de risa. Ancho y la madre que te parió.
-¿Vivís por acá?
-No, en Boedo.
-¿Viniste en auto?
Ahí el que sonríe, soy yo.
-No tengo auto.
-¿En serio? Que raro, pensé que todos los mecánicos tenían auto.
-¡Que coincidencia! Como yo, que creía que Capri era solo un destino turístico.
El tajo rojo vuelve, la mina no sonríe más.
-Definitivamente tu sentido del humor no existe.
-Como digas flaca.
Me levanto y enfilo para la parada del bondi. Voy con las manos en los bolsillos, ocultando los puños apretados.
Pienso en cuanto odio esta zona, con los tipos exponiendo sus autos y las minas sus naricitas de quirófano.
Un pibe adelante mío me hace un gesto.
-Te llaman…
Me doy vuelta y veo al mozo corriendo para alcanzarme.
-La cuenta.
Miro por arriba del hombro del tipo y veo la mesita vacía. La mina desapareció.
-¿Cuanto es?
-Sesenta y cinco, sin contar la corrida.
Se ríe. Saco cien de la billetera y se lo tiro en la cara.
-¿Te parece suficiente?
Se pone muy serio.
-Increíble, encima que te vas sin pagar, no tenes sentido del humor.
El dolor en mi mano derecha es terrible, como si me hubiera roto todos los huesos. La miro y veo mi puño teñido con el color de la boca de la mina.
En la vereda veo al mozo tirado, una mezcla de nariz rota con gritos ahogados y delantal negro manchado de sangre.
Doy la vuelta y vuelvo a meter las manos en los bolsillos. Camino con zancadas largas. A mi alrededor siento voces, frases sueltas: “lo lastimó” “llamen a la policía” “no dejen que se vaya”.
Unas cuadras mas adelante, en la parada del bondi, hay silencio. Después de todo, Palermo, es solo un barrio más. Miro el cielo. Densas nubes grises tapan las estrellas. ¡Qué noche de mierda!