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jueves, octubre 06, 2011

Dorada niñez, Carlos Merlino


Aquella mañana pasé y lo vi. Estaba envuelto en una frazada sucia y rota y apenas denotaba seis años. Cuando lo miré saltó enseguida: con mucho odio me espetó “Qué mirás, vieja puta”. El exabrupto me golpeó, y aunque creo que no soy vieja y mucho menos puta, reconocí que dada su situación hubiera dicho algo parecido.           
Me aproximé unos pasos y mientras le extendía un billete de dos pesos junto con un caramelo que tenía en el bolsillo, pregunté “ ¿Y tu mamá? “
“Mi mamá está en mi casa, ¿por qué?”, contestó desafiante y aceptando lo que le daba. “¿Por qué no estás en el colegio?” – “No puedo, tengo que conseguir guita para comer y llevar a mi casa”. Estaba mugriento de pies a cabeza. Me di cuenta que era inútil seguir preguntando.
Aunque eran más de las nueve y media y no hacía frío se envolvió en su manta para seguir acostado. Entonces me percaté que junto a él dormía un pibe de edad similar, que no se había movido mientras hablábamos. Yo seguí mi camino.
El domingo siguiente salía de la iglesia de Pompeya luego de la misa de nueve. Entre los que pedían plata en el portal estaba él. Casi igual de sucio, en ojotas, y vistiendo un pulóver que le sobraba de talle.
Me acerqué y enseguida estiró la mano: “Una monedita para comer”, pidió. Puse en su mano cinco pesos. Apenas sonrió al verlo y no dijo un “gracias”. No me reconoció como seguramente no quiere reconocer a nadie, y se dio vuelta para seguir pidiendo.
Me llevé sus facciones infantiles en mi memoria, y por eso varios días después lo recordé al verlo junto a dos o tres más –todos mayores que él- mientras discutían con dos agentes que habían bajado de un patrullero. Estaban al costado de un autoservicio y seguramente habrían hecho de las suyas entre los clientes o los transeúntes y alguien llamó a la policía.
Llevaba la voz principal en el lío: “No nos podés tocar” le decía a un agente. “Yo no hice nada y no me podés tocar”, repetía. Y llevaba la razón: a los canas, aunque bajo un gesto autoritario, se los notaba indecisos y sin ninguna determinación de intervenir realmente. Simplemente habían respondido a la orden de presentarse, y luego de unos  pocos minutos subieron al móvil y desaparecieron.
Mi “amiguito” se sentó en el suelo de la avenida Sáenz mientras apretaba en su derecha un mazo de estampitas con la efigie de la Virgen de Luján. Luego le gritó a sus compinches: “Esta tarde vamo´ a ver al Globo”.

domingo, mayo 01, 2011

Versiones sobre "Sombras sobre .vidrio esmerilado" de Juan José Saer

Para leer la versión original ir a Un sillón de terciopelo verde, nuestro blog del taller de lectura.
La consigna era escribir la historia desde distintos puntos de vista, una especie de escritura sobre la lectura pero desde la ficción, versiones que todas amalgamadas enriquecen el texto, permiten situarse en distintos lugares de la historia y completar el sentido con nuestra propia mirada. Relatos, cuentos breves y poemas surgieron de esta experiencia:

Siento que veo, Susana Tai Chi

Veo un cuento con un verso tratando de elevarse de un destino impar. Veo.
Siento la sensibilidad de un personaje que transita caminos dentro de su alma elevada.
Siento.
Leo vidas caídas, en el tedio y el hastío de las decisiones de un camino elegido.
Leo.
Veo prejuicios consumir palabras como incendio que quema un silencio. Veo.
Siento deseos de acompañar a los que pueden escribir lo que sienten  sin estridencias.
Siento.
Leo relatos, luces y sombras, continuidad que cambia y cambios que llevan a una continuidad.
Leo.
Veo detrás de unas plantas una escena.
Veo .
Tres protagonistas y sueño que yo  siendo el cuarto  voy a vivir cuándo alguien  escriba lo que yo siento.
Siento lo que siento entre luces y sombras sin vidrios esmerilados. Siento.
Leo lo que no siento, escribo lo que no leo y siento que puedo sentir lo que deseo.
Siento.

La reflexión de Tomatis, Nadia Settecasi
 
“Andate a la mierda, ¿querés?”
Yo había cerrado la portezuela del taxi, después de mencionar lo de las casualidades y las mutilaciones. Adelina bajo rápido la ventanilla, dejando entrar toda esa neblina, sacando como del medio del pecho esos ojos enormes llenos del reflejo de alguna lagrima contenida.
Eso hizo. Me mando a la mierda y el taxi arranco, y su pecho en llanto. Los oí al unísono, como si fueran un mismo motor, gastado, sin lubricar, quejándose con ronquido seco. Sabía que después de eso, no volvería a verla. Se me fue la mano y la vida en semejante estupidez.
Llamo mi atención desde el primer día. Tan tímida, tan anticuada, tan prolija. Pero tenia ese don de incrustarte las palabras en la nuca y no dejarte dormir. Cada noche me acostaba y recitaba de memoria las partes favoritas de todo lo que Adelina escribía. Me acostaba boca arriba, a medio cubrir, en mi cuarto miniatura de techo altísimo con una ventana tan pequeña por donde entraba la tenue luz de algún farol, de alguna estrella. Y ahí mismo, mientras repetía sus escritos, musitando los escritos de esta mujer de un solo pecho, de un solo dolor, yo, imaginaba sus ojos mirándome mientras me recitaba las partes favoritas y yo la iba desnudando, la iba despojando de esas ropas grises sin diseño, de esa timidez inútil donde se ocultaba, hasta volverla una leona brava que corta el aire con su lengua afilada y no me importaba siquiera imaginarme un agujero, un pozo sin forma en lugar de su seno. Podía rellenarlo con toda su pasión contenida, con su desfachatez disfrazada de mujer resignada, podía rellenarlo... y entonces no me importaba nada.
Y luego me imaginaba otras partes de su cuerpo, mas intimas, menos faltantes y deseaba tocarla y traerla hacia mí. A veces no eran solo sus ojos sobre la pared altísima opuesta a la ventana pequeña, a veces también era toda ella y todo yo en una minuciosa lucha de cariño, despojándonos de nuestras tontas pertenencias.
Se enojo mucho Adelina esa noche. Se enojo conmigo, pero más se enojo con ella. Me di cuenta porque el taxi paro a unos cincuenta metros y se quedo con el motor en marcha algunos minutos. Yo seguí ahí parado, el motor encendido, su pecho en llanto.
No supe pedir disculpas, no supe caminar hacia ella.
Imagino que Adelina tampoco pudo bajar de su taxi, de su mundo oscuro, que la arropa y la lleva donde quiere. Imagino que no pudo optar por la neblina que le pegue fría en la cara y la sacuda para buscar otra forma a la misma vida, que la aleje de los viejos suplicios que carcomieron su seno y ya no mire su cicatriz solo para recordar lo mucho que ha sufrido.
Comprendo que Adelina se haya enojado conmigo. Una refutación es el argumento para destruir las razones del contrario. Igual que su madre en su lecho de muerte, es lo que yo le pedía esa noche.

Punto de vista de Susana, Héctor Guetufian

Les dije que me dolía la rodilla e iba ir al médico. Mentí. Disfrutaba esos momentos en que Adelina y Leopoldo se encontraban a solas en la casa. Hablaban de cosas sin importancia, como quien evita que la ceniza emerja en hoguera. Hoguera fue la época en que eran novios. Yo me adelante a mi hermana y me casé con Leopoldo.
Cerca de llegar a la casa donde vivíamos los tres, se me ocurrió una idea feliz. Ellos iban de compras a un bazar, los acompañé una vez. El dueño los miraba con ternura. Desde que nos casamos no fuimos más. Les comenté la idea de ir y aceptaron sorprendidos. Me las ingenié para que entren primero. El dueño  se alegró de volver a ver a la pareja. Me mantuve distante. Antes de salir, le di a mi marido un beso en la boca, largo como los de las telenovelas. Al dueño del bazar le susurre al oído, somos una familia muy liberal .
Desde el punto de vista de Tomatis - Rodolfo Falchetti

Hoy con claridad, ante mucho público, le dije a Adelina lo que pensaba de ella.
Aumentó mi rabia contra el género humano saber que la elegían como abanderada de las letras, para hablarnos a los jóvenes de educación.
Reconozco que desde el punto de vista de la sociedad pacata, timorata, que organizaba el acto, era la indicada para cerrarlo.
Cuando la escuché disertando sobre la condición del Hombre no pude soportar más y en forma de chanza amable, dije que la señorita Adelina salía poco a la calle.
Por supuesto, dentro de sus límites no cabe la ironía. ¡Si pienso que hasta quedó agradecida ¡
Después, en la comida, me senté intencionalmente a su lado, tratando de escandalizarla. Tomé, fumé en abundancia, le hablé de fornicación. Solo encontré una chispa fugaz en sus ojos, nada más.
Creo que siguió convencida de que había que guiarnos de acuerdo a lo aprendido de sus padres, gente conservadora que murió de disgusto por los cambios sociales que se producían.
Le elogié un par de sonetos pasables dentro de su obra. No supe si comprendió mi intención de pedirle que rompiera con esas formas estúpidas de poesía.
Hasta le expliqué que la amputación de un seno se lo había ocasionado ella misma por ser reprimida.
Solo me faltó, y ya habrá oportunidad, de hablarle de otras intimidades suyas que conozco. Se que sigue embelesada, tal vez como ella dice prendada de su cuñado. Que desde que lo vió desnudo solo puede observarlo desde la cintura hacia arriba, adivinando a través del vidrio esmerilado del baño sus formas y movimientos. Tejiendo fantasías eróticas solo por un momento de visión secreta de su hermana y Leopoldo hacía muchos años.
El día que publiquen algo más suyo y nada de los míos, le contaré quien es su amado Leopoldo en realidad. Un tipo vulgar, mundano, que fue por ella y se quedó con Susana, instalado con comodidad en esa casa, atendido por ambas hermanas. Un hombre que cuando bebe nos habla de las cosas que ella escribe y guarda en los cajones y nos dice como Adelina no perdonó nunca la elección.
Así aprenderá a no querer enseñarnos a nosotros, los Tomatis de la nueva generación.

Desde Leopoldo, Leonardo Fernández

Sé que está allí, siempre a esta hora desde hace años controla cada uno de mis gestos, al afeitarme, lavarme los dientes y con especial atención cuando tomo mi ducha. Sé lo que piensa en forma enfermiza.

En los últimos meses se me ha dado por prolongar ese momento imprimiendo a mis movimientos una cuota cada vez más audaz y de clara intención sexual.

Ella nunca pudo aceptar mi decisión de preferir a Susana como esposa: me hago cargo de ser parte de su frustración como mujer, sé que la marcó para siempre la tarde que nos sorprendió haciendo el amor en la playa y ver mi sexo desnudo, la hundió en un sentimiento de temor y deseo.

Sigue con la mirada fija en el vidrio esmerilado de la puerta, su presencia  está en el rítmico vaivén de la hamaca, atrás, adelante, atrás, adelante interminable en la tranquilidad de la tarde. 

Piensa seguro en su vida de sueños incumplidos, carente de planes de futuro sumida solo en su limbo literario, el temor a mostrar su cuerpo mutilado y el amor odio que la embarga al verme. Trato de no pensar en todo esto, cada tarde la rutina me domina, preparo con cuidado mi primer trago en el patio frente a Adelina que observa mis movimientos con disimulo, estiro el momento, bebo lentamente prolongando su espera enfermiza sin poder evitarlo, se que espera el sonido del hielo en el vaso del segundo aperitivo como si fuera el final de un orgasmo contenido.

Susana juega con nosotros al gato y el ratón, nos deja solos unas horas y luego llega con cara de sospecha y  frases con doble intención. Su amargura comenzó cuando los dolores físicos y cambios hormonales le hicieron bajar a la nada sus deseos sexuales.

Adelina lo sabe y a veces creo ver en sus ojos una mezcla de esperanza y ansiedad. Los reproches y sospechas injustos no hacen más que incitarme a hacer realidad los celos enfermizos de mi esposa.

Hoy Susana fue al médico y nos dejó solos nuevamente. Me doy una ducha mientras pienso en estas cosas, mi oído está atento al movimiento del sillón atrás, adelante, atrás adelante, de pronto cesa su rítmico movimiento, miro hacia la puerta de vidrio esmerilado, su sombra se agiganta, contengo la respiración.  


El hombre al que amé, María Cristina Scarlato

                                         (Basado en Sombras sobre vidrio
                                          esmerilado, de Juan José Saer)

Veo su sombra
tras el vidrio esmerilado
ese hombre al que amé
ya no me pertenece

Detrás del follaje cómplice
la tarde cubrió mi alma
en el final de aquel día
la sin razón del deseo
nació y pereció al instante

Mi añejo cuerpo ultrajado
aun se conmueve al verlo
mas desearlo no debo
No debo
No debo

ADDENDA  DE  ADELINA FLORES, Carlos Merlino

          Escrito encontrado en la parte inferior de su mesa de luz, tras una chinelas color rosa y unos zapatos de cuero con cordones, días después de su fallecimiento en mil novecientos setenta y cinco.

          Sé que quienes hayan leído el relato de pasajes de mi vida que escribiera hace ya algunos años, y que titulara “Sombras sobre vidrio esmerilado”, habrán quedado con algunos interrogantes.
          Ganas de saber quién y cómo era mi padre, y por qué dije que lo mató el peronismo. Deseo de saber por qué mi madre dijo antes de morir sobre su esposo: “”nunca tuvo la menor consideración conmigo.”
          En fin, ganas de saber por qué dije a los cincuenta y seis años que los libros que me rodeaban en mi cuarto eran polvorientos y tenía que pasar las tardes de verano en una mecedora.
          Papá era un industrial de acá de Santa Fé, primera generación argentina de españoles. Proveía chapas pintadas para heladeras y otros enseres que le compraban desde Buenos Aires, Córdoba, Rosario. El gobierno elegido por las mayorías en el cuarenta y seis había promovido entre la gente gran demanda de estos  aparatos. La otra cara del asunto eran los reclamos sindicales. El gremio metalúrgico exigía convenios con aumentos acordes a las ganancias del empresario, y había cierta prepotencia antes infrecuente en el trato del obrero hacia el patrón.
          Era ahí donde el señor Flores fallaba, para lo que no estaba preparado. Que su secretaria, azorada, abriera la puerta de su despacho para decirle “Señor, los delegados entraron a la secretaría, piden una entrevista” lo golpeaba, lo descontrolaba.
Acostumbrado a imponer su opinión le costaba  infinito escucharlos, decir que iba a estudiar lo pedido, que, en fin, vería lo que podía hacer. Durante un paro que hicieran durante tres días pidiendo la reincorporación de un despedido mi padre era otro. Con el rostro demudado vagaba por la fábrica, masticando su odio.Ya llevaba casi tres años en esa pelea, pero mientras tanto no dejaba de ingresar ganancias.
          Una mañana pareció que se recostaba sobre su silla cuando desayunaba, al tiempo que me sorprendió ver que un  insecto se introducía en su boca entreabierta…
           Mamá dijo “hagan lo que quieran con la fábrica”. Leopoldo no estaba dispuesto a dejar su empresa de repuestos de camiones, y ni mi hermana y yo nos habíamos preparado para dirigir una metalúrgica. Debimos apresurar su venta.

          ¿Porqué mi madre dijo lo que relaté? No lo sé. Lo que haya ocurrido entre ellos lo mantuvieron bien dentro de su matrimonio. Quizás a sus hijas nos faltó perspicacia para darnos cuenta. Sólo puedo recordar que él viajaba a Buenos Aires y Córdoba  dos veces a la semana a atender sus negocios, viajes a lo sumo de cuarenta y ocho horas.


-2-

¿Mamá le habría descubierto otra mujer, otra familia, y no nos dijo nada? ¿Mi cuñado sabría algo y se lo guardó? Nunca le saqué el tema. La relación diaria entre mis padres fue normal a mi modo de ver, aunque quizás poco efusiva ante terceros.

Con respecto a mí…
Toda mi vida me resultó difícil hablar sobre mí. Soy una solterona virgen que no quiso o no supo conquistar a un hombre. Tuve una mixtura de incapacidad, comodidad e indiferencia que me impidió buscar la felicidad en el matrimonio, tener hijos. Las letras lo fueron todo, y más la poesía. Escribir poemas era como lavarme, lo hacía porque era necesario. Debo reconocer que mi padre fue el único hombre en mi vida, que mi historia inicial con Leopoldo había perdido todo interés para mí cuando decidió elegir a mi hermana como su mujer.
          Ya sin la responsabilidad de la fábrica profundicé mi carrera en el magisterio y me dediqué más que nunca a las letras y a la poesía. 
 Aún considerándome una poeta de cierto valor mi natural timidez no me dejó salir a promocionarme. Así tampoco me provocó atracción lo sexual. ¿Frigidez por la que debí haber consultado a algún médico?
En una de ésas quién me dice, en un libro de texto de literatura algún chico del secundario encuentre en el futuro una especie de epitafio sobre mí: “Adelina Flores, poetisa santafesina fallecida en (lo dejo en blanco). La crítica ha considerado valiosa su obra a la vez que poco conocida, sólo quizás en círculos especializados.”

lunes, agosto 23, 2010

Levante a la antigua, Carlos Merlino, lunes de 14 a 16 hs

Primavera: árboles y plantas con verdores nuevos. Sol deslumbrante pero no agresivo. Paseando, mirando, todo parece nuevo, recién estrenado.
Es sábado de tarde e Iñárritu fue a caminar a Puerto Madero. Pasó por el Yacht Club, el Museo de Amalita, los restaurantes, los hoteles, el Puente de la Mujer, vio gente por todos lados.
Para las seis de la tarde está cansado y se quiere volver. Se halla a la altura de la avenida Belgrano y va a dar un último vistazo al imponente Hilton hotel. Luego la salida hacia Paseo Colón.
En la parada del ciento once estaba delante de él. Podía divisar los claritos en su cabeza, la tez blanca de su cara. Campera, pantalones deportivos, zapatillas anaranjadas. Aspecto de piba, años de veterana.
Subieron y ocuparon los dos asientos del fondo que quedaban libres. Codo contra codo. Él iba hasta Villa Pueyrredón, viaje de cuarenta y cinco minutos mínimo.
Cuando después ella levantó el brazo derecho el codo izquierdo de él se clavó en la última costilla de ella y ahí se quedó. El traqueteo del ómnibus favorecía el movimiento de su brazo. No creía que no sintiera que con la punta de su brazo le contaba las costillas. Uno, dos tres, tres dos, uno. Ella miraba el paisaje por la ventanilla.
Después, despacito, colocó su antebrazo derecho sobre el codo de él, y entonces el movimiento fue un todo combinado: antebrazo, codo, costillas. Se estaba bien así. Cuando cruzaban Scalabrini Ortiz ella levantó el brazo para acomodarse el cabello. Luego lo volvió a bajar y se dio vuelta. Con su mejor sonrisa le dijo –disculpe, ¿sabe si falta mucho para la avenida Elcano?. –Bastante- le dijo-si quiere le aviso. –Cómo no- contestó.
Ahora el codo de él había bajado y estaba a la altura de la cadera, que no era muy exuberante pero tenía lo suyo. Y lo mejor era que no se movía para evitar, para eludir esa punta de lanza. Imperturbable, observaba muy interesada el paisaje.
Cuando se acercaban a destino Inárritu le dijo –para la avenida Elcano son dos paradas- siendo correspondido por una sonrisa deslumbrante y un ¡gracias! modulado como los dioses. Como con desgano ella se prepara. Se levanta sin ningún apuro pidiendo permiso y luego dispara: -buenas tardes-. –Que le vaya bien- dice Iñárritu. Después se levanta y va tras ella. Se bajan los dos y él deja que se adelante veinte pasos. Al llegar a la esquina dobla a la izquierda y a poco se detiene ante la puerta de una casa que tiene sus años.
Levanta el bolso para sacar llaves y ahí él cae en la cuenta de que la pregunta sobre dónde había que bajarse fue verso. Eso lo animó a apurar el paso y acercarse. Ya a su lado le dice –me pareció que…- -¿qué le pasa? dijo ella reconociéndolo. Y luego ¿está loco, cómo me siguió? pero sin mucho énfasis. –Vamos, nena, sólo un ratito- Ella hace como que no sabe qué decir y coloca la
llave. –Bueno, pero sólo un ratito ¿Toma mate? Entran al pasillo, en el que caen las últimas luces de la tarde. –Si lo hace usted, seguro que sí- contesta, y luego ¿va llegando el calor, no?-Una no sabe qué ponerse en esta época.
Mientras abre la puerta del PH se oye el inquieto ladrido de un perro. Al entrar ellos se deja ver: es un cuzquito que olvida el ladrido y los saluda moviendo la cola, contento de ver gente.

jueves, abril 15, 2010

Dos masculinos, Carlos Merlino. Curso: Lunes de 14 a 16

Iba caminando por Córdoba hacia el bajo. Era una tarde de fin de verano, con un sol fuerte, que todavía exigía anteojos oscuros.

Crucé la interminable anchura de la Nueve de Julio y antes de hacer los primeros metros de la siguiente cuadra me dí cuenta que en la esquina, al llegar a Suipacha, ocurría algo.

No soy afecto a las aglomeraciones. Las marchas de piqueteros, gremiales y cualquier reclamo me motivan a abrirme, a apartarme en búsqueda de cierta tranquilidad en mi camino. Tampoco me acerco cuando sospecho un accidente. Soy impresionable y varios días después me acuerdo si vi sangre derramada.

Pero esa vez cierto automatismo, cierta inercia inevitable dirigió mis pasos hacia la acumulación de personas que miraban todas hacia un punto determinado.

A medida que me acercaba a Suipacha fui comprendiendo. Dos patrulleros de la policía con las puertas abiertas y las luces del techo girando estaban colocados como barricadas en la intersección con Córdoba. Una especie de “no pasarás” rotundo y categórico ante el intento de huída de alguien.

Al llegar a la esquina y pedir permiso para tener un panorama de lo que pasaba, me di cuenta de que nadie se iba a poder escapar. Seis o siete policías, algunos con armas largas, rodeaban a dos tipos que estaban acostados boca abajo sobre la vereda de Suipacha, con los brazos a la espalda, esposados, y las cabezas cubiertas por sus remeras.

Obviamente el tránsito estaba cortado en las dos calles, y dos uniformados que interrogaban a los que parecían testigos anotaban sus dichos en carpetas.

-¿Qué pasó?- pregunté a uno a mi lado. –Asaltaron una escribanía pero parece que pudieron avisar al novecientos once y los agarraron cuando salían- me dijo. --- Lástima que mañana están otra vez en la calle. Habría que matarlos a todos –agregó. –No es para tanto-, dije, o pensé, ya no me acuerdo.

Me quedé un poco más a ver cómo terminaba. La policía parecía no tener apuro en llevarse a los chorros, y de a poco los grupos de curiosos se disgregaban. Al rato, cuando ya me aburría de esperar e iba a seguir camino, los canas ayudaron a levantarse a los tipos –que a efectos de las capuchas no veían nada- y los guiaron hacia los coches. Ahí les bajaron a la fuerza las cabezas y los metieron en el asiento trasero. Subieron también los policías, menos uno que quedó parado a la puerta del edificio asaltado. Los patrulleros, con toda su parafernalia de luces girantes y ulular de sirenas, enfilaron por Córdoba hacia su destino.

De a poco, las calles fueron tomando su enloquecida normalidad diaria y los curiosos que quedábamos nos fuimos desperdigando. Autos, colectivos y motos volvieron a cruzar por sus carriles. Cinco minutos después allí no había pasado nada.

jueves, julio 23, 2009

¿Ocupación o trabajo?, Integrante: Carlos Merlino, Curso: Lunes 14.30 a 16.30 hs.


UNO

Me veo en el espejo y no me gusto. Ese pelo largo que quiere ser lacio y no puede; la altura mediana, mucho busto y algo de barriga. Las piernas, cortas y regordetas, que rematan en tacos altos.
Con dejar de mirar basta. Me calzo el vestido corto –cortito- y agradezco que estemos a principios de abril: no sufriré frío. Como dice la Sofía la mercadería hay que mostrarla, sino estamos jodidas.
Son las cinco y cuarto. En una hora tengo que estar en Solís y Cochabamba donde paro con las chicas. Esto de vivir en Guernica y trabajar en Constitución jode bastante, pero no hay otra. Desde las seis y media hasta las dos de la madrugada hay que estar, esperar, caminar. Hay que atender a los autos que piden precio. Una vez hecho el levante ir a los hoteles, después volver al puesto. Viernes y sábados se pasan rápido, pero hay que estar todos los días. Algunos lunes me quedo: estoy molida y descanso todo el día.
A la mañana duermo. Duermo pesadamente como si estuviera muerta, hasta la una. Juancito se levanta temprano. Trabaja en un taller de tornería y antes de irse toma mate con pan o galleta. A las siete y media se pianta. Al rato se va la vieja –tan vieja no es: tiene cuarenta y nueve. Ahora está trabajando por Caballito. Quedo yo con Oscarcito que va al cole a la tarde, y Miriam.
En tiempo de verano –aunque es calurosa- la casilla anda al pelo. Con una garrafa de diez nos arreglamos para cocinar y calentar agua para lavarnos. Juancito se baña en el taller y yo siempre que puedo me baño en los hoteles. Los demás se arreglan con una tina chica. En invierno no hay frazada ni estufa que alcancen.
Miriam tiene dieciséis y empezó segundo año del nacional de Glew. En la primaria repitió y no quería ni oir del secundario. Yo le rompí las bolas para que fuera. Resulta que como en el fondo me admira me hizo caso. Hasta aprobó en marzo dos materias que se había llevado de primero. Como buena adolescente no sabe lo que quiere y pensó en empezar con lo que yo hago. En cuanto me lo dio a entender la frené y le dije que ella tenía que estudiar. No es que me haga la moralista, pero prefiero que termine el secundario y haga la vida normal de una chica. Que se case o qué se yo.

DOS

A veces se da que comemos todos juntos en la mesa de la casilla. Entonces Juancito me mira como para decir o pedirme algo. Una vez me dijo que había un puesto para atender un maxiquiosco cerca del laburo de él. Cuando me habló del sueldo me reí, tratando de no ofender. –Yo saco el doble de eso, a veces más- le dije. Es lógico que no le guste lo que hago, pero él sabe que lo tengo cortito. Que se meta en sus cosas.
En relación a lo que piensa la gente me acuerdo que una noche cayó uno a pie. Vestía como todos con zapatillas y jean pero no era ningún pendejo. Arreglamos el precio y fuimos para el hotel. Una vez allí me empezó a hacer preguntas: - ¿tenés familia?¿qué hacen tus hermanos?¿y tu vieja? Yo, sin perder mi sonrisa pintada, lo frené. –Señor, usted me va a pagar por acostarnos y hacer lo que quiera. Deje a mi familia tranquila que usted no la conoce-. Contestó que quería saber cómo era el ambiente en que vivía. –Mi ambiente es mío- le dije –levante los brazos que le bajo el pantalón-.
Cuento esto porque para mí un cliente es sólo eso. Los hay suaves y caballerosos, y otros que son guarangos insoportables. Pero sé cómo tratarlos. Ahora, que me quieran arreglar la vida no lo acepto. ¿Para qué quieren saber de mi familia si van a pagar por mi cuerpo? Lo que falta es que los evangelistas y los moralistas se hagan clientes de las putas.

TRES

Oscarcito es inocente como cualquier pibe chico. El padre es gasista y vive por Temperley. A veces lo viene a buscar y lo lleva en la camioneta al Parque de la Costa o al zoológico. Para no estar es bastante cumplido y cada tanto le deja al nene un sobre con plata para que se lo dé a la madre.
Yo no sé dónde está mi viejo. Por mí puede estar muerto, para lo que sirvió.
En cambio Mario, el padre de Juancito y Miriam, de vez en cuando llama al taller y pregunta cómo están. O se junta con Juan en algún bar para verse, y manda guita para Miriam. Además los reconoció, llevan su apellido.
En casa todos, menos Oscarcito, saben a qué me dedico. La vieja no está de acuerdo pero sabe que es inútil que se meta a opinar y me deja tranquila.
Hubo uno en la villa que me quería para casarse. Como futuro de vida no me atraía en lo mínimo. Jesús era un buen tipo, trabajador, pero a juntarme con un pobre albañil prefería seguir en lo mío Cuando se lo dije de frente durante unos días se quedó piola. Después una tarde me encaró cuando yo me iba. Dijo que ya que lo rechazaba se quería acostar conmigo pagando. Le contesté que en la villa no trabajaba, que yo trabajaba en hoteles y que si quería me buscase por Constitución. Nunca vino. Y era verdad: ningún hombre ha entrado a la casilla para encamarse conmigo. Mi familia es sagrada.

CUATRO

Me metí en el puterío porque me salió fácil. Con Leonor, después de los dieciocho, nos avivamos que era una especie de trabajo por cuenta propia. Patrones hay: la cana, los hoteles. Pero cuando se conoce el trabajo no hay muchos problemas. A los borrachos sabemos cómo tratarlos, y sino está el celular para llamar y pedir ayuda. Desde el hotel mandan a alguien que los raja, y de no, los cagan a trompadas.
Yo trabajo con dos hoteles. Tengo que dejar una suma mensual en cada uno, como todas. Con eso arreglan al comisario y listo. A veces cae un patrullero en las paradas y hace como que nos llevan. Al otro día estamos otra vez en la esquina, firmes como rulo de estatua.
Hay que cuidarse: que el forrito por aquí, que el forrito por allá. Con una sonrisa y de buenas maneras pero exigir que se lo coloquen. Todos hacen caso, y el que no chau y gracias.
Indigna cuando nos cuentan de los travas que llevan a la televisión. Los empilchan y los pintan como artistas y todavía los entrevistan. ¿Qué les pasa a los porteños con los travas? ¿son todos putos?
El trabajo en sí es bastante rutinario. No habría gran cosa para contar, y tampoco hace tanto que estoy en esto. Lo más raro que me pasó fue una vez que nos vinieron a buscar dos tipos. Querían cuatro chicas para una fiesta de la Cámara del Automotor o de los concesionarios de autos, o algo parecido.
Era un viernes a la tarde y nos teníamos que presentar a eso de la medianoche. Dejaron una seña y a la hora pactada nos bajamos de un taxi en la calle Lima al trescientos. Nos esperaba uno que nos llevó en ascensor hasta un piso. Había ocho o diez tipos y se veía por los restos de comida y botellas en una mesa que ya habían festejado, aunque no parecían estar muy en pedo.
Dejamos las carteras y enseguida nos pidieron que bailáramos en corpiño y bombacha con ellos. Al ratito apareció uno con una filmadora y empezó a filmar. Quisieron que nos acostáramos en el piso y moviéramos las piernas. Podían tocarnos o besarnos pero nada más. La penetración en una orgía se permite únicamente con forro y allí nadie parecía querer usarlo.
Al rato alguien gritó: ¡Viene Joaquín! Mientras tomábamos algo con las chicas vimos que hacían entrar a un pibe, mogólico, que no tendría ni veinte años, y lo sentaban, en bolas, en un sillón. Después pidieron que nos moviéramos delante de él, provocándolo. El tipo se nos quería abalanzar, pero cada vez que se levantaba lo tomaban de los brazos y lo volvían a sentar. Se desesperaba y pedía que lo dejaran libre para agarrarnos. Mientras tanto todos se reían y se burlaban de sus esfuerzos. ¡Las chicas no te quieren, Joaquín! le decían. Estaba completamente al palo pero no lo dejaban acercarse, cosa que les debíamos agradecer a esos hijos de mil putas. Después de hacerlo desear y burlarse de él durante varios minutos se lo llevaron.
Terminamos la noche chupando y bailando todos desnudos. Ya muy tarde hubo dos que nos llevaron en coche hasta Constitución, donde nos pagaron lo arreglado.

CINCO

La vieja nunca llegó a prostituirse. Los hijos que tuvo con diferentes hombres fueron cosas que le pasaron en su vida. Laburó siempre de doméstica, lo que no tiene nada de malo. Su desgracia fue que con los hombres tuvo el sí fácil. Ahora dice que no quiere saber nada de sexo. Por lo menos un nuevo hermano ya no creo que me dé.
No quiero que Miriam haga la calle. No es para ella. Va a sufrir con las miserias que se ven. Mientras pueda le voy a bancar el estudio y no voy a permitir que se dedique al yiro.
Un sábado al mediodía Juancito trajo a la novia para que la conociéramos. Se acercó a mi cama, me despertó y me pidió que me levantara para presentarla. Se llama Nancy y se quieren juntar pronto. Parece que en la casa de ella les dejarán hacerse una comodidad. -¿Y para cuándo?- pregunté. –Yo entré de cajera en el supermercado el mes pasado-dijo Nancy-así que por ahí en unos meses…
-Ojalá- les dije sinceramente. Además sin Juancito en casa estaríamos más cómodos, pensé, pero no lo dije.
Juancito se casa pronto. Oscarcito va al colegio, Mirian-aunque sin ganas- también. A mí me gustaría largar lo que hago al llegar a los treinta. Conocí dos o tres chicas que encontraron buenos hombres y dejaron la calle. Por Constitución pasan miles de tipos. Puede ser que alguno se enamore de esta gordita teñida y también yo lo presente un día en casa, para avisar que me voy a juntar con él.
Hasta podríamos hacer una fiesta y todo.

domingo, septiembre 28, 2008

Integrante: Carlos Merlino. Curso: Lunes de 14.30 a 16.30


Rosita

Fue cuando no quiso seguir en la escuela que su madre trató de convencerla, de motivarla.
Estás en quinto grado y ya no querés estudiar más. A vos te parece. Qué vas a ser cuando crezcas.
Rosita se daba cuenta de que el reproche era justo. Todas las chicas conocidas - mal que mal - iban al cole. Pero qué le importaba a ella lo que le enseñaba la maestra. Ya sabía- lo poco que leía- leer - y ya sabía - lo poco que escribía- escribir.
Le concedía la razón a su vieja, pero a ella le gustaba vagar por ahí, pasear con la Agustina y las otras chicas por el centro de Glew. Los sábados a la tarde o los domingos le pedía a su hermano Marcos unas monedas y se iba en colectivo con las otras a Temperley, a ver vidrieras y descubrir si los chicos las miraban. También los días que faltaba al colegio - antes de dejar - agarraba la bici de su hermano y se iba a ver conocidos en el barrio. Libertad total (que le dicen), sin obligaciones.
Un vecino de la cuadra, el Ricardo, hijo de una conocida de su madre, la miraba con interés. Interés que ella, tres o cuatro años menor, retribuía. Cualquier tarde lo encararía con algún motivo inventado, y que fuera lo que Dios quiera.
Al tercer día de ausencia a la escuela la directora mandó a buscar a su madre. Le dio a entender que los doscientos pesos mensuales que cobraba de la Municipalidad le serían retirados si Rosita dejaba la escuela. La Nelly habló con su hija. Le explicó lo de la amenaza de la directora y le rogó que retomara el estudio, que sinó perjudicaría a la familia. De muy mala gana Rosita se dio cuenta que no le quedaba salida. Había plata de por medio y la necesitaban.
Cuando finalizaron las clases, y próxima a cumplir doce años, Rosita se vio obligada a hablar con su madre: se había acostado con el Ricardo en la pieza de él, en su casa. Ahora no sabía, - aunque parecía que sí - si estaba embarazada. Lo que sí cuidó de decirlo - que si estaba encianta zafaría de ir al sexto grado y a su vieja le seguirían dando los doscientos mensuales.

martes, septiembre 25, 2007

UNA MUJER EN UN CAFÉ, Integrante: Carlos Merlino, Curso: Martes de 14.30 a 16.30 hs

Cuando entró parecía dudar. Después enfiló hacia una mesa de dos pegada a los vidrios y se sentó. Traía una pequeña cartera de la que sacó unos papeles.

Con aspecto de profesora, el impermeable puesto, su cabello corto con claritos correctamente peinado, un buen maquillaje, hacía un todo fino, atrayente.

Después que pidió un café comenzó a leer en un papel. Luego quedó con la mirada fija; no se podía saber si leía o pensaba, o quizás sufría. En tres o cuatro minutos dio cuenta de la lectura y luego guardó el papel en su cartera.

Quedó pensativa, con las manos y brazos apoyados en la mesa, dejando ver su perfil armonioso. Instantes después extrajo de algún bolsillo un teléfono. Marcó y escuchó atentamente mientras revolvía el café que le habían traído. Su cara no expresaba emociones aunque los dedos de la mano izquierda apretaron sus ojos cerrados dos, tres veces. En un momento movió la cabeza en una lenta negativa y luego su expresión se hizo dura, como quien conmina, quien da un ultimátum. Después en tono siempre bajo dio fin a la conversación.

Guardó el aparato y se quedó mirando la nada durante varios segundos. Volvió a la realidad, tomó su cartera y se levantó. Al dar dos o tres pasos pareció recordar que no había pagado el café. Llamó al mozo, y los minutos que esperó se mantuvo parada al lado de la mesa. Una vez que hubo terminado, miró hacia afuera y buscó la salida. Cuando enfiló hacia la puerta sus pasos eran firmes, resueltos.