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martes, enero 22, 2013

Kimono tango , Octavio Belardinelli




Anselmo estaba sentado en la penumbra, con el bandoneón apoyado en los muslos. Los acordes y las escalas emitidos por el instrumento salían por la ventana, bajaban por la escalera y reverberaban en el patio del conventillo. Algunos pibes estaban jugando a la pelota sobre las baldosas.
Estuvo un buen rato practicando. Por momentos se dejaba llevar y entonces se hacía uno con la música, con la pieza casi a oscuras, con el patio y los gritos de los pibes, con el crepúsculo que caía afuera, sobre la calle Brandsen.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento.
Se levantó, dejó el bandoneón sobre la silla y abrió. Una muchacha de ojos rasgados, con el pelo negro y lacio lo estaba esperando. Con la mano derecha sostenía la manija de una caja de madera.
—Maestro —dijo—. Vengo para que me enseñe a tocar. Me manda Bereterbide.
"¿Por qué será que a los japoneses les gusta tanto el tango?", pensó Anselmo. Le vino a la memoria la imagen borrosa de una cantante de ojos rasgados. Pero no pudo recordar el nombre. Había pasado mucho tiempo.
—¿El arquitecto? —dijo.
—Si.
—Pero no puede ser. Si yo no enseño. Dígale a Fermín que lo quiero mucho pero que no puede ser.
—Por favor, maestro. Terminé el conservatorio, me compré un bandoneón y estoy aprendiendo. Me va bastante bien. Pero siento que necesito la guía de alguien que sepa más que yo, de un maestro. Usted.
La muchacha hablaba con un perfecto acento de Buenos Aires. "Qué extraño", pensó Anselmo. "Ese acento con esa cara".
—¿Cómo te llamás? —dijo.
—Keiko.
Anselmo la miró. Era muy linda. Por sobre la cabeza de la chica, las nubes rojas en el cielo lejano parecían estar llenas de promesas. Su viejo corazón se empezó a ablandar.
—Bueno, Ranko...
—Keiko.
—Perdón. Keiko. No te prometo nada. Dejámelo pensar. Volvé la semana que viene.
La chica hizo un mohín.
—¡Oh, maestro! —dijo—. ¿Aunque sea no me puede tomar una prueba? Soñé tanto con este día... ¡Mire, traje mi propio bandoneón! ¡Por favor!
El corazón de Anselmo se derritió. Vaciló un momento. Miró las paredes del conventillo, pintadas de colores vivos, miró otra vez el hermoso rostro de la chica. Los pibes seguían gritando, abajo. El sol moría en el horizonte.
—Bueno, pasá —dijo—. Pero solamente un ratito.
Encendió la luz de la pieza y arrimó otra silla.
—Sentate. A ver lo que sabés hacer.
Le acercó una partitura. La chica abrió la caja de madera, sacó el bandoneón y se lo puso sobre las rodillas. Pasó las manos entre las manijas, estiró el instrumento y emitió unos sonidos torpes.
—No, no —dijo Anselmo—. Re mayor, es re mayor.
—Perdón, maestro.
Anselmo se sentó, tomó su bandoneón y ejecutó la partitura de memoria.
—¿Ves?  Es así, Ranko. Probá de nuevo, por favor.
—Keiko.
—Perdón.
Keiko lo intentó otra vez, pero de su instrumento siguieron saliendo sonidos horribles. Anselmo pensó que la chica no tenía la menor idea y empezó a arrepentirse. ¡Pero era tan atractiva!
Pasó un largo rato indicándole, haciéndola recomenzar una y otra vez. Por fin se recostó sobre la silla y cerró los ojos. Estaba muy cansado. La imagen borrosa de la cantante de ojos rasgados volvió a aparecer en su mente.
—Maestro —lo despertó la chica—. ¿Quiere que le prepare un verdadero té japonés?
—Bueno.
Keiko fue hasta la cocina. Al rato volvió con dos tazas humeantes. Anselmo sopló en la suya y tomó un pequeño sorbo.
—Qué sabor raro —dijo.
—Es un té verde de los campos de Uji. Lo traje especialmente para usted, maestro. Me lo mandó mi mamá desde Japón.
—Ajá —dijo Anselmo, y siguió tomando.
Keiko apoyó su taza sobre la mesa, guardó el bandoneón en la caja de madera y la cerró. Esperó a que Anselmo terminara de tomar el té.
—Me voy, maestro —dijo.
Anselmo sintió un ardor en el estómago.
—Ranko...
—No me digas Ranko, yo soy Keiko.
Los ojos de la muchacha se habían vuelto de piedra. Le acercó la cara y le habló con dureza.
—Ranko es la mujer que abandonaste hace veinte años sin decir una palabra.
Anselmo empezó a sentirse mareado. El ardor le abarcaba todo el vientre.
—Tanto tiempo —dijo.
—Si, tanto tiempo y ni una palabra. Tanto tiempo y nunca te importó saber nada de Ranko. Sos un hijo de puta. Ahora ella está muerta. Se acaba de suicidar.
—¿Vos sos?
De repente recordó el concierto, en un teatro de Florencio Varela. Había mucho público. En la primera fila, una familia de japoneses. El padre, la madre y una chica de unos dieciséis años. Él estaba en lo mejor de su carrera y la niña de ojos rasgados quedó deslumbrada.
Ya no sentía el fuego en el estomago, ni el mareo. En cambio, una pesada somnolencia lo fue inundando y se le enfriaron los pies.
Después del concierto la chica fue sola hasta su camarín y se presentó. "Mi nombre es Ranko. Me gusta mucho lo que usted hace y a mi me gustaría cantar". Anselmo le sonrió. "¿Por qué será que a los japoneses les gusta tanto el tango?", pensó.
Fue un amor intenso y breve, como todos los que había tenido a lo largo de su vida. Después, él siguió su vida y no supo más de ella.
Y ahora...
—¿Vos sos?
Pero Keiko ya no lo escuchaba. Había agarrado la caja de madera, había bajado la escalera del conventillo y se había perdido en la noche.
—Sos... —dijo Anselmo.
No pudo decir nada más. No pudo pensar nada más. Sentía que el nudo de su vida se desataba y que entraba suavemente en la muerte.

viernes, noviembre 16, 2012

Si...



Textos breves, Ana María Shua mediante, como quien busca un molde donde contener palabras, imágenes, un decir poético o juguetón y lo ofrece en toda su diversidad, aqui va esta muestra de autores varios:
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Si el espejo fuera transparente, cuando que me afeito podría ver las cosas que hay del otro lado. Aquel que a veces se revela en los sueños. Seguramente habría alguien ahí, alguien muy parecido a mi, que también estaría afeitándose. Al verlo, me asustaría tanto que me cortaría.


Si la cuchara fuera un vegetal uno podría masticarla tranquilamente después de tomar la sopa. Pero, claro, habría que tener en el jardín un almácigo de cucharas, y no olvidarse de regarlas todos los días.


Si los libros hablaran en voz alta el murmullo de las bibliotecas sería insoportable. 


Si la servilleta de papel fuera un barco, cada vez que me limpio la boca sentiría el olor de los mares lejanos.


Si una mujer fuera un piano, ¿quién sabría tocarla?  
Ella guarda en sí muchos acordes, muchas melodías escondidas.
Pero el arte es largo y la vida breve.
Si una mujer fuera un piano, uno debería tratar de aprender, con humildad, hasta el último día.


Si yo fuera un árbol y vos fueras el viento, te pediría que soples con suavidad entre mis ramas, y que lleves el canto del zorzal hasta el otro barrio.


Si la tarjeta del cajero automático fuera una varita mágica, yo podría hacer que no hubiera más pobres en el mundo.
Bueno, al menos en el país.
Al menos en la ciudad.
O, al menos, en la calle Ministro Brin. 


Si el planeta Tierra fuera una baldosa Colón se habría caído en el espacio infinito.
Y nosotros no seríamos más que sueños en la mente de los navegantes.
Los marineros, flotando en el aire, mirarían con ojos asombrados las estrellas cercanas.
Y el tiempo sería un ancho pétalo colgado de la Vía Láctea.

                                                                                       Octavio Belardinelli


Si el aire fuera música

Si el aire fuera música, nuestros pulmones se hincharían como fuelles de bandoneón lanzando al mundo su melodía original, la misma  repetida y escuchada una y otra vez en el vientre de nuestra madre, reproducida con variaciones a lo largo de nuestra vida.
Canciones, melodías que serán finalmente todas distintas, tristes, serenas, agitadas, intensas, efervescentes, a veces formando dúos, o tríos de distintas voces, en los mejores momentos coros mágicamente sincronizados con el movimiento de la naturaleza.
Respirando música se pasa la vida y el aliento se convierte en una nota sostenida con altibajos, un sonido singular que nos identifica como el lunar en la mejilla o los ojos del color del tiempo.
Con tanta música, notas enredadas, y cadencias dibujadas y repetidas, el silencio se vuelve rumor y el silencio absoluto cotiza cada vez más alto.  



Si los espejos

Si los espejos fueran puertas al más allá, podríamos despedirnos de nosotros mismos porque nuestra imagen sería lo último que veríamos antes de cruzar la frontera.  Quizás al regresar, días, mese o años más tarde, habrá alguien ligeramente parecido a nosotros mismos, pero más pelado, más arrugado, más vencido,  para darnos la bienvenida.
Seguramente vamos a desear cruzar otra vez, pero… ¿ será posible una vez más sin que esa despedida sea cada vez más indiferente, más ficticia? Este simulacro de despedida-bienvenida puede durar mucho tiempo. Pero en algún momento la muerte nos sorprende ¿dónde?


Alicia Infante