Las onomatopeyas esconden misteriosos relatos, sutiles diferencias, revolucionarios complots, tonadas humorísticas. A continuación transcribimos algunos relatos que dan cuenta de estas tonalidades fonéticas.
lunes, mayo 20, 2013
miércoles, mayo 15, 2013
En una ruta tranquila y muy poco transitada, TITO se dio
cuenta que el motor estaba fallando y le dijo al otro chófer:
-Raúl debemos parar en aquel pueblo, hay que revisar que
es ese ruido.
Todo parecía estar bien, pero era preferible
corroborarlo. Al parar el micro Raúl bajó y revisó y por suerte era solo una
chapita mal ubicada, pero en ese momento bajó una mujer con un gracioso
sombrero que tapaba más de la mitad de su cara, de los costados asomaban dos
largas trenzas de cabello renegrido, sus enormes ojos oscuros describían el
asombro de ella al ver ese pueblo, entonces preguntó:
-¿dónde estamos?
El chofer que estaba revisando el coche respondió:
-DONDE EL DIABLO PERDIO EL PONCHO-
Ella sin dejar su tono provinciano exclamó:
-¿AHH?
En el rostro del chofer se dibujó una sonrisa burlona y
rápidamente respondió diciendo
-NO SEÑORA EL PUEBLO SE LLAMA OHH-
La ingenua mujer dándose corte de muy entendida dijo:
-ahh” ahh”
Tito puso en marcha el colectivo, entonces RAUL giró y le
dijo:
-SEÑORA SUBA SEGUIMOS VIAJE-
Ella sosteniendo su sombrero, se dirigió hacia su asiento,
cuando iba a sentarse, el compañero del lado le preguntò:
-¿Dónde paramos?
La buena mujer dijo: -en un pueblo llamado ohh.
El hombre largó una carcajada y reclinando su asiento, continuó
con su tranquilo descanso. Ella lo miró y con los brazos cruzados, la doña
volvió a exclamar: AHJA AHH……
Justo el chofer estaba en el pasillo verificando los
pasajeros, cuando llegó a ella dio el grito de:
-COMPLETO- la señora AHH
está en su asiento.
Mónica
Cirilo Manzur
sábado, abril 27, 2013
Los timbos, Raúl Oscar Gutiérrez
El edificio
sigue igual y la feria con la misma estructura de hace más de cien años. Cuando
la conocí, hace ya más de treinta, todavía se respiraban aires de
prosperidad. Entonces, la gente del
barrio caminaba los pasillos entre los puestos; A paso lento, las mujeres
volvían a sus casas con las bolsas pesadas y rebosantes de las compras del día,
con los apios y las acelgas sobresaliendo de sus bordes, mientras otras
esperaban sus turnos, charlando entre sí o con los puesteros. Enorme, ocupa casi un cuarto de manzana, y
hoy, en el mismo esqueleto habita otro cuerpo más viejo y gastado que mezquina
la mercadería que supo abundar entonces.
En una de las paredes interiores, una enorme placa de bronce y todavía
brillante, recuerda a 1882 como el año de su fundación. Ahora, un público que regresa todas las semanas, deambula como
buscando algo que se perdió en el tiempo, con la secreta esperanza que aparezca
de nuevo ese día. Pero que buscan todavía¿ Allí mismo, donde antes estaban los alimentos,
se arrimaron lentamente los puestos de venta de ropa, libros y revistas
viejas, jarrones de vidrio azul y flores secas. Por otro lado
sobreviven juegos de copas incompletos, de pronto con una plancha a carbón, oxidada, o
añejas copas con los ribetes gastados.
Los antiguos envases de galletitas parecen haberse quedado en el mismo
lugar, vacíos y con su pintura desteñida cuando los patrones abandonaron sus
locales. Ahora esos espacios quedaron
pequeños para albergar tal variopintos de objetos, donde sobreviven muñecos de
goma con relojes que quedaron marcando las horas en que sus dueños decidieron
desprenderse de ellos. De pronto un gastado Papá Noel con un rosario colgando del
cuello, y de un gancho, cerca de sus botas, dos viejas máquinas de vender boletos
de los bondis de época.
Pero
entremezclados con todo esto, los puestos de ropa que invariablemente le van
ganando espacio al resto, y donde yo me
voy haciendo fiel devoto. Hoy llegué a la tarde, y fui derecho a los locales
que siempre me surtieron.
Un mes atrás
esa camisa celeste con el cuello “como nuevo” ( detalle en el que siempre me
fijo) , algún botón que no coincidía, pero al final me las rebusqué. Después de
todo éste invierno promete frío y la uso con la campera negra con tachas. Yo me
surto cuando voy a las “ ferias americanas” . Como ¿ no eran locales de “
compra-venta de ropa” ¿. Al fin, es lo mismo, porque voy al perchero y elijo.
Así de fácil. Y así ese día le tocó a la camisa celeste. Un poco ancha quizá,
pero se disimulaba.
“ Era grande
el finado “ me dijo la Maruca cuando volví ese día a la casa, porque ella, para
criticar se pone en primera fila. Pero yo ni mus, que no es lo mismo que mozzarella,
pibe ¡Bueno, sigo. Hace dos semana compré la corbata roja con las rayas grises,
que no digo colorada por la tilinga ésa que escribe en la revista que leí en lo
de tito el kiosquero. Ahí decían que
colorado es lo colorado y lo rojo y nada más. A mí me pudre que uniformen, y
además, siempre fui un poco contra. No me preguntes contra qué… contra, entendés
¿ Pienso que por ahí te quieren
domesticar, y entonces…salto, y por ahí discuto. En fin, que finalmente la
corbata iba bien con la camisa. No importa si tengo un montón de
corbatas…anchas, angostas, con rayas, con flores , hasta tengo una con la imagen
de Carlitos que la usé el día que fui al Pellegrini en Palermo. Y así, como te decía, yo sigo y sigo. Junto
unos mangos y arranco para la feria. Hace un montón de tiempo. Es uno de los
gustos que me doy. En algunos locales ya
me conocen, soy cliente, como en el 75, donde la dueña, Noemí, me dice que tengo crédito si la guita
no me alcanza. A ella también le compré el mes pasado la campera de cuero negro.
Que me venga a
joder la Maruca a ver si a ella le dan crédito. Minga le van a dar si todos saben
que los mangos que le sobran se los juega a la quiniela. Que éste a la cabeza,
que el otro a la redoblona… y se conoce todos los números que se le representan de noche. Que el muerto que
parla, la niña bonita, los dos patitos, y así no hasta cien, creo que hasta el
infinito. Morfa mucho la Maruca. De noche sobre todo. Cosas pesadas, guisos,
pucheros… unos guisos tremendos…Ella dice que en el día no tiene hambre y se
guarda para la noche. Sabes porque morfa tanto ¿Porque con el buche lleno da
vueltas y vueltas en la cama, y sueña…sueña. Se sueña todos los números o como
dice el libro del astrólogo que guarda en la cocina, las representaciones de
los números. Y a la mañana va y los juega y a la noche está seca. Y después me
jode que yo compro en la feria. Pero yo siempre tengo un mango porque me hago
la changa todos los días. A la mañana salgo con el carro y compro vidrio,
fierro viejo, planchas, lo que venga…hasta heladera cargo , y después lo
entrego en lo del turco Julian, que me paga al peso. Con eso me mantengo. Le
pago a la Maruca , que me alquila una pieza, y lo que me sobra, para el morfi .
El único vicio que tengo, aparte del pucho, pero poco , eh! ( y yo armo , que me sale más barato ) , es
la cancha los domingos cuando Huracán es local, y la feria de San Cristobal,
donde cada 15 días estoy firme como clavo de mesa.
Hoy como
siempre, entré y agarré a la izquierda. Llegué al local 95, que tiene todo tipo
de zapato y zapatillas . De lo que busques tiene. Y ahí vi los timbos,
lustrosos, como me gustan a mí.
Brillosos, negros y puntiagudos. Parecían mi número… por dentro
impecables. Me los probé. Me iban al pelo. Había que cambiarle los cordones
pero era lo de menos. Tal vez algún detalle en el taco. Ya estaba un poco
pretencioso. Como puede ser ¿ Me resultó un poco extraño, que su dueño los
hubiera entregado por unos mangos o los hubiera dejado para la venta . El
vendedor me dice el precio y le pregunté si sabía de quienes eran. Bueno, por
empezar, éste es un dato que cuando comprás en la feria ni se acuerdan de quien
era si lo compraron , ni te dicen de quien eran si lo tienen en consigna. Yo
pienso que por si sos supersticioso, viste, con eso de que el finado o la
finada…ma´si , mejor hacerse el sota. Pero al fin me dijo que el dueño los dejó
y no sabe cuando vuelve.
Te cuento que
mi otra pasión aparte del Globo es la milonga. Todos los viernes estoy firme en
el club, pero hacía un tiempo que no iba porque los zapatos que tenía estaban
gastados. Vos sabés que en la
milonga las minas te junan como bailás pero también te echan un vistazo a los
timbos. Y éstos que ya eran míos, serían mi herramienta de trabajo. Porque si
te querés levantar una mina, la tenés que trabajar milongueando y bien
empilchado.
Al otro día a
la tarde lo vi a José el zapatero y le pedí que les diera una repasada.” Es
para la milonga, José ¡” , le dije. El los miró, levantó la vista de una forma
que me pareció rara, misteriosa, fue
como un guiño que se le escapó, tal vez esa ceja llena de pelos que cuando se
mueve un poco flamea como una espiga. Se le arrugó la frente .No supe qué, pero fue algo rápido y siguió con lo
suyo. El viernes, me los entregó listos, cobró y antes de irme me dijo…” Pibe,
estos eran de Rufino…” “ De quién” , le dije ¿. De Rufino, pibe, Rufino Paiva.
Y me contó una historia de milongas, amores y traiciones. Finalmente el hombre,
que supo vivir no lejos del barrio, y que milongueaba como pocos, tropezó una
noche con otro fulano que le afanó la mina con la que se lucía en cada baile.
Parece que el Rufino esa noche arrugó y la vergüenza lo llevó lejos. Cuando me
iba contando la historia, yo sentía que algo adentro mío se iba aflojando. Como
una tristeza que crecía y no dejaba de aumentar. Yo te dije pibe, soy contra,
pero los códigos se respetan. Me imaginé al Rufino yendo pa’ la feria con los
timbos, pero no era la guita, pibe, no era la guita... Había algo más, de
congojas y traiciones que no me iban , pibe, y para cuando el José terminó, yo
ya sabía que hacer. Al otro día enfilé
al 95, y cuando el dueño me miró asombrado, le dije, “ no se haga problemas,
maestro, se los dejo mejor que antes y vuelvo otro día por el cambio”.
Oscar Raúl Gutierrez
Ilustración fuente: http://www.imaginense.net/argentango/numeros/09/nota_01.html
Ilustración fuente: http://www.imaginense.net/argentango/numeros/09/nota_01.html
Geografía extraña, pero mía, Bárbara Benítez
Avenida
Corrientes, te recorro con mirada ajena; antes no padecías de apuros. Te cruzo
por Pueyrredón y las comidas peruanas invaden. Me tientan pero no me atrevo.
Un poco
más allá dos morenas vociferan las
trenzas de Shakira. Soy asaltada por las ganas de sentarme en el banco
callejero y exponer el peinado a los caminantes. Pregunto el precio; cuestiono
mi edad. Tal vez otro día de más coraje.
Sigo
hacia el Abasto e imagino a los africanos vendedores de gafas escapando de una dictadura.
¡Pavadas! O no.
Entro al shopping con el recuerdo de pasillos sucios, rodeados
de puestos de frutas y verduras que alguna vez comí mientras preguntaba dónde
filmó Tita Merello o cantó El Zorzal. Añoranza decepcionada por el piquete de
la historia. Para volver al país
cuarenta años sí son muchos.
Camino
por mi antigua calle hasta llegar a Bustamante y Cangallo (que ya no es can ni
gallo sino general). A través de los vidrios del nuevo edificio regreso al
bodegón donde los puesteros comían el mondongo de los días martes. Una lágrima
se conduele en esa esquina de adioses.
Giro
sobre mí y –aunque nunca más estará- veo a Isaura, mi compañera de patinaje
sobre las aceras sucias, a quien cuyo padre vendía para saldar deudas de juego.
No le importaba; menos a mí, dispuesta a triangular cuando la comida venía
después de aplacar al cliente.
Épocas
de patear con medias rotas, zapatos descoloridos y ralo abrigo a cambio de
billetes para otros. Pero sólo hasta Bulnes porque ahí trabajaban las chicas del
Flaco Karate, quien revólver en cinto, nariz blanca y feroz tumor en el cuello
protegía la parada.
Dejaste
de ser el arrabal del que la gallega Cármina echó a la hija para quedarse con el marido; el de
los proxenetas cantando en algún conventillo La Última Curda o Uno. Sólo
para acompañar la pena de Cátulo o Discépolo porque las nuestras rameras no
contaban.
El
sábado era de gloria. Nos sacábamos la meretriz vestimenta para usar pilchas
renovadas, tacones de punta fina y alta con cinta de cuero ajustada al tobillo,
pelirrojas cabelleras, perlas que no eran, chucherías carnavalescas y así
entregarnos a la milonga con el otario de turno, bajo la ruda mirada del ocho cuarenta
disfrazado de comprensión en nuestra noche libre.
Los
diecisiete años fueron viejos hasta que un empresario se encachiló conmigo y,
tras buena paga, me llevó a Italia. Allá nos casamos; por él, no por mí. Me
hizo estudiar idiomas, marketing y análisis contable. Entregó buenos años
y murió sin reprochar.
Como
asesora de empresas vuelvo a este pedazo de Buenos Aires maquillado con
sucursales bancarias, luces intensas, boutiques de diseñador, plaza con rejas, construcciones
de lujo emplazadas en los baldíos de mi anterior quehacer y bicisendas que
confabulan contra la orientación.
De ese
ayer prostituto sólo quedan imágenes subrrealistas. Ni lo cuento ni lo niego.
El costoso perfume no me oculta el estigma de mis comienzos.
Bárbara Benítez
Ilustración
fuente: http://universolamaga.com/blog/kees-van/
Pompeya y más allá , Pilar Cuevas
Recuerdo
del pasado.
Barrio de
tango que ya no es.
Puente que
une y divide.
Perros
abandonados que corren
gente que
se hace invisible.
Pungas que
arrebatan carteras
Gendarmes y
prefectos que miran sin mirar.
Acá se
acaba la ciudad.
Acá en
Pompeya comienza el más allá.
Más allá
¿qué hay?
Miles que
viajan a destinos lejanos
en colectivos
repletos
donde
sueñan o duermen.
Aromas del
Riachuelo,
de
habitantes
que migran cada
día.
Y en la
noche el barrio se queda vacío.
Unos pocos
linyeras buscan dónde refugiarse
algunas
putas esperan en vano clientes
y la
oscuridad es madre de otras historias
amores y
dolores
adioses y
regresos
perdidos
que se encuentran
madres que
esperan
hijos que
no quieren volver
amantes
esperanzados
amantes
olvidados.
Y entonces
el puente solitario parece un faro.
pero no
guía a nadie
se traga a
todo el que se le acerca
lo lanza
quién sabe dónde.
El puente
solitario parece una cueva
donde se
esconden aquellos
que escapan
al dolor al fracaso
se esconden
sólo para caer
en la vieja
trampa. Solos.
Más allá
¿qué hay?
Tal vez
nuevas historias
o las
mismas de siempre
historias
del tango
de cumbia
de rock
Historias
de siempre
eterno
vaivén de la vida
que ofrece
una oportunidad
en cada
amanecer
junto al
puente
Pilar Cuevas
Ilustración: Celso Agretti
Ilustración: Celso Agretti
La fría furia, Aldo Bianco
Ya estoy harto de ser un
perdedor, , basta de ruina lo juro, desde hoy estoy totalmente decidido a no jugar ni una moneda, se acabó San
Cono, no hay fe para el Santo, no da para más basta
de ruina lo juro; desde hoy el hipódromo de Palermo es un
hospital de enfermos terminales.
Si quiero emoción, sigo un rato más con Marilú, la cajera del Super, mi canita al aire; así cambio la
honda, total ya estoy vacunado contra el metejón
fuera de casa.
Porota, si se entera me salta encima, flor de escándalo, es todo una bruja.
Por ese lado cuido mi seguridad, ni se me ocurre hacerlo largo. Bueno voy para el Super a comprar cigarros.
¡ Qué bueno esto de tomar una decisión firme !.
El hombre se merece un cafecito .
...¿Qué yegua me dijo el Tuerto?... Era en la séptima eso seguro y daba
arriba de cien; y ahora donde lo encuentro, él también empeño el celu.
Pero si lo anote, ¡qué laguna!... en los bolsillos ya revise, en la cartera también.
Bueno tengo que llegar antes de las cinco y tal vez me lo cruzo.
Sino, compro la Rosa como ayuda memoria... y listo a cobrar.
Eso sí, es la última vez que arranco para el hipódromo.
-¡Largaron! -arriba "Achicoria", linda yegua, arrancaste en punta, metele palo no te encierres
...que le pasa al dos,... ¡esa quiere ganar!; dale matunga
no te quedes faltan doscientos...no se puede creer, cuarta salió.-
Ahí está el Tuerto pero... por qué tan contento.
-Hola Mamerto, estoy aquí ... te lo dije, dato de la fuente; como la acertamos... eh?.-
-¡acertamos qué? Salió cuarta la yegua.-
-¡Que te pasa Mamerto, amigo mío.-
- si entro cuarta esa manca "Achicoria"-
-Achis, te dije Mamerto, Achis, como el resfrío.
-Desaparezco me voy a casa,... chau-
Al día siguiente Mamerto estaba sentado tranquilo, con cara de Revotril, leyendo su periódico, cuando su esposa, con fría furia, llega de la cocina y le revienta un sartenazo en la nuca.
-Por Dios, ¡Qué te pasa, Porota?-
-¡¡¡Esto es por el papelito que encontré en el bolsillo de tu pantalón con el nombre de Marilú y un número!!!-
-¡¡¡Porota!!!...¡No te acordás que ayer fui a las carreras?
Marilú era la yegua que aposté, y el número es cuanto estaban pagando la apuesta, ¡ufffa!
Satisfecha, Porota le pidió disculpas.
-Otra vez con tus ideas, si me dan ganas de no llevarte a cenar afuera.-
Días después, estaba él nuevamente sentado cuando...
recibe un nuevo golpe, esta vez con una olla a presión.
Mas asustado que idiota por el golpe, él le pregunta.
-Que te pasa ahora, ¡¡¡loca!!!?-
-¡¡¡Tu yegua llamo!!!.-
Aldo Bianco
Porota, si se entera me salta encima, flor de escándalo, es todo una bruja.
Por ese lado cuido mi seguridad, ni se me ocurre hacerlo largo. Bueno voy para el Super a comprar cigarros.
¡ Qué bueno esto de tomar una decisión firme !.
El hombre se merece un cafecito .
...¿Qué yegua me dijo el Tuerto?... Era en la séptima eso seguro y daba
arriba de cien; y ahora donde lo encuentro, él también empeño el celu.
Pero si lo anote, ¡qué laguna!... en los bolsillos ya revise, en la cartera también.
Bueno tengo que llegar antes de las cinco y tal vez me lo cruzo.
Sino, compro la Rosa como ayuda memoria... y listo a cobrar.
Eso sí, es la última vez que arranco para el hipódromo.
-¡Largaron! -arriba "Achicoria", linda yegua, arrancaste en punta, metele palo no te encierres
...que le pasa al dos,... ¡esa quiere ganar!; dale matunga
no te quedes faltan doscientos...no se puede creer, cuarta salió.-
Ahí está el Tuerto pero... por qué tan contento.
-Hola Mamerto, estoy aquí ... te lo dije, dato de la fuente; como la acertamos... eh?.-
-¡acertamos qué? Salió cuarta la yegua.-
-¡Que te pasa Mamerto, amigo mío.-
- si entro cuarta esa manca "Achicoria"-
-Achis, te dije Mamerto, Achis, como el resfrío.
-Desaparezco me voy a casa,... chau-
Al día siguiente Mamerto estaba sentado tranquilo, con cara de Revotril, leyendo su periódico, cuando su esposa, con fría furia, llega de la cocina y le revienta un sartenazo en la nuca.
-Por Dios, ¡Qué te pasa, Porota?-
-¡¡¡Esto es por el papelito que encontré en el bolsillo de tu pantalón con el nombre de Marilú y un número!!!-
-¡¡¡Porota!!!...¡No te acordás que ayer fui a las carreras?
Marilú era la yegua que aposté, y el número es cuanto estaban pagando la apuesta, ¡ufffa!
Satisfecha, Porota le pidió disculpas.
-Otra vez con tus ideas, si me dan ganas de no llevarte a cenar afuera.-
Días después, estaba él nuevamente sentado cuando...
recibe un nuevo golpe, esta vez con una olla a presión.
Mas asustado que idiota por el golpe, él le pregunta.
-Que te pasa ahora, ¡¡¡loca!!!?-
-¡¡¡Tu yegua llamo!!!.-
Aldo Bianco
Embrujo, Carlos Alberto Graziadio
Rafael
hacía todos los esfuerzos a su alcance para dejar de fumar. Había consultado
con doctores, asistido a cursos dictados por especialistas, recurrido a
tratamientos alternativos y, hasta ese año, sin éxito. Fue entonces cuando
conoció a un terapista que le recomendó hacer ejercicios físicos para liberar
la mente y cansar el cuerpo. “Nadie fuma dormido ni mientras practica deporte”,
era el lema.
Las
caminatas formaban parte de esa terapia y, por tal razón, una mañana estaba
recorriendo a paso vivo un parque, siguiendo el circuito que había armado para
facilitar su entrenamiento. En dichas circunstancias, iba por un sendero
solitario cuando -de pronto- se cruzó con una mujer hermosa y se sintió impactado
por esa presencia sorpresiva. Calculando que la mujer, vestida con atuendo
deportivo, estaba recorriendo un circuito similar al suyo aunque en sentido
contrario, siguió su camino y al cabo de un rato volvió a cruzarla. Entonces no
reprimió una sonrisa, que le fue graciosamente correspondida. Así sucedió
durante varias vueltas, hasta que Rafael no aguantó más: la saludó e invitó a
compartir asiento a la vera del sendero, en uno de los típicos bancos de plaza
con respaldo, hecho con listones de madera pintados de verde y soportados por
patas metálicas.
Fuertemente
impresionado por la sensualidad que emanaba de su recientemente conocida
caminante, soltó su impulso de decirle: “No
quisiera que ésta fuese la última vez que nos encontramos ¿Por qué no me decís
tu nombre y tu número de teléfono?” Levantándose de inmediato, la mujer le
respondió: “No puedo”, y se marchó
siguiendo su camino.
Rafael
hizo lo propio, imaginándose que volvería a cruzarla, pero no lo lograba. En un
principio intrigado, recorrió otros senderos bordeados de vegetación, hasta
casi perderse como en un laberinto. Luego, ya triste por no poder encontrarla y
agotado de tanto caminar, se sentó a descansar en un ensanche del camino, donde
había una sucesión de estatuas de desnudos femeninos. Paseando su mirada por
esas obras artísticas, llevó sus ojos hasta un pedestal al que le faltaba la escultura.
A través de volutas de humo tabaquero que no le permitían ver con nitidez y haciendo
foco en la placa con los nombres del escultor y de su obra, leyó:
Carlos
Alberto Graziadio
jueves, enero 31, 2013
Novedades literarias
Entrevista a Ana María Shua, cuyos textos nos acompañaron el año pasado en diversas consignas de microrrelatos, contiene también la lectura de relatos breves y el comentario de otros libros y autores. Que lo disfruten. Un agradecimiento especial a Julia Bowland que es la diseñadora de Novedades literarios.
Novedades literarias
Novedades literarias
martes, enero 22, 2013
Gatos, Alicia Infante
Como aristócratas perdonavidas se pasean con paso elástico
pero en realidad están ocultando su incapacidad para sortear un aburrimiento
milenario. Gestos mínimos y estudiados disfrazan su falta de interés por el mundo que
los rodea, como si vinieran de un planeta brillante y divertido, y todo lo trascendente
lo hubieran dejado allí y ahora sólo les restara tolerar nuestra gris rutina con actitud condescendiente.
Comparten nuestro mundo con actitud desconsiderada: no sólo
se apropian de nuestro sillón preferido,
sino que además debemos resignar la mejor ubicación frente a la estufa
para que ellos se tiendan indolentes.
Es bien sabido que los
gatos o tienen dueño sino personal a disposición, que acceden a cruzarse de vez
en cuando en nuestro camino y a frotarse con desdén entre nuestras pantorrillas
con el único objeto de incentivar nuestra cándida alegría, ruta directa y
segura al plato de leche o a la latita de atún.
Y en el extremo de la
manipulación son capaces de emitir un maullido lacerante como llanto de bebé
recién nacido y abandonado para
extraernos hasta la última gota de compasión.
Kimono tango , Octavio Belardinelli
Anselmo estaba sentado en la penumbra, con el bandoneón apoyado en los
muslos. Los acordes y las escalas emitidos por el instrumento salían por la
ventana, bajaban por la escalera y reverberaban en el patio del conventillo.
Algunos pibes estaban jugando a la pelota sobre las baldosas.
Estuvo un buen rato practicando. Por momentos se dejaba llevar y
entonces se hacía uno con la música, con la pieza casi a oscuras, con el patio
y los gritos de los pibes, con el crepúsculo que caía afuera, sobre la calle
Brandsen.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento.
Se levantó, dejó el bandoneón sobre la silla y abrió. Una muchacha de
ojos rasgados, con el pelo negro y lacio lo estaba esperando. Con la mano
derecha sostenía la manija de una caja de madera.
—Maestro —dijo—. Vengo para que me enseñe a tocar. Me manda Bereterbide.
"¿Por qué será que a los japoneses les gusta tanto el tango?",
pensó Anselmo. Le vino a la memoria la imagen borrosa de una cantante de ojos
rasgados. Pero no pudo recordar el nombre. Había pasado mucho tiempo.
—¿El arquitecto? —dijo.
—Si.
—Pero no puede ser. Si yo no enseño. Dígale a Fermín que lo quiero mucho
pero que no puede ser.
—Por favor, maestro. Terminé el conservatorio, me compré un bandoneón y estoy
aprendiendo. Me va bastante bien. Pero siento que necesito la guía de alguien
que sepa más que yo, de un maestro. Usted.
La muchacha hablaba con un perfecto acento de Buenos Aires. "Qué
extraño", pensó Anselmo. "Ese acento con esa cara".
—¿Cómo te llamás? —dijo.
—Keiko.
Anselmo la miró. Era muy linda. Por sobre la cabeza de la chica, las
nubes rojas en el cielo lejano parecían estar llenas de promesas. Su viejo
corazón se empezó a ablandar.
—Bueno, Ranko...
—Keiko.
—Perdón. Keiko. No te prometo nada. Dejámelo pensar. Volvé la semana que
viene.
La chica hizo un mohín.
—¡Oh, maestro! —dijo—. ¿Aunque sea no me puede tomar una prueba? Soñé
tanto con este día... ¡Mire, traje mi propio bandoneón! ¡Por favor!
El corazón de Anselmo se derritió. Vaciló un momento. Miró las paredes
del conventillo, pintadas de colores vivos, miró otra vez el hermoso rostro de
la chica. Los pibes seguían gritando, abajo. El sol moría en el horizonte.
—Bueno, pasá —dijo—. Pero solamente un ratito.
Encendió la luz de la pieza y arrimó otra silla.
—Sentate. A ver lo que sabés hacer.
Le acercó una partitura. La chica abrió la caja de madera, sacó el
bandoneón y se lo puso sobre las rodillas. Pasó las manos entre las manijas,
estiró el instrumento y emitió unos sonidos torpes.
—No, no —dijo Anselmo—. Re mayor, es re mayor.
—Perdón, maestro.
Anselmo se sentó, tomó su bandoneón y ejecutó la partitura de memoria.
—¿Ves? Es así, Ranko. Probá de
nuevo, por favor.
—Keiko.
—Perdón.
Keiko lo intentó otra vez, pero de su instrumento siguieron saliendo
sonidos horribles. Anselmo pensó que la chica no tenía la menor idea y empezó a
arrepentirse. ¡Pero era tan atractiva!
Pasó un largo rato indicándole, haciéndola recomenzar una y otra vez.
Por fin se recostó sobre la silla y cerró los ojos. Estaba muy cansado. La
imagen borrosa de la cantante de ojos rasgados volvió a aparecer en su mente.
—Maestro —lo despertó la chica—. ¿Quiere que le prepare un verdadero té
japonés?
—Bueno.
Keiko fue hasta la cocina. Al rato volvió con dos tazas humeantes. Anselmo
sopló en la suya y tomó un pequeño sorbo.
—Qué sabor raro —dijo.
—Es un té verde de los campos de Uji. Lo traje especialmente para usted,
maestro. Me lo mandó mi mamá desde Japón.
—Ajá —dijo Anselmo, y siguió tomando.
Keiko apoyó su taza sobre la mesa, guardó el bandoneón en la caja de
madera y la cerró. Esperó a que Anselmo terminara de tomar el té.
—Me voy, maestro —dijo.
Anselmo sintió un ardor en el estómago.
—Ranko...
—No me digas Ranko, yo soy Keiko.
Los ojos de la muchacha se habían vuelto de piedra. Le acercó la cara y
le habló con dureza.
—Ranko es la mujer que abandonaste hace veinte años sin decir una
palabra.
Anselmo empezó a sentirse mareado. El ardor le abarcaba todo el vientre.
—Tanto tiempo —dijo.
—Si, tanto tiempo y ni una palabra. Tanto tiempo y nunca te importó
saber nada de Ranko. Sos un hijo de puta. Ahora ella está muerta. Se acaba de
suicidar.
—¿Vos sos?
De repente recordó el concierto, en un teatro de Florencio Varela. Había
mucho público. En la primera fila, una familia de japoneses. El padre, la madre
y una chica de unos dieciséis años. Él estaba en lo mejor de su carrera y la
niña de ojos rasgados quedó deslumbrada.
Ya no sentía el fuego en el estomago, ni el mareo. En cambio, una pesada
somnolencia lo fue inundando y se le enfriaron los pies.
Después del concierto la chica fue sola hasta su camarín y se presentó.
"Mi nombre es Ranko. Me gusta mucho lo que usted hace y a mi me gustaría
cantar". Anselmo le sonrió. "¿Por qué será que a los japoneses les
gusta tanto el tango?", pensó.
Fue un amor intenso y breve, como todos los que había tenido a lo largo
de su vida. Después, él siguió su vida y no supo más de ella.
Y ahora...
—¿Vos sos?
Pero Keiko ya no lo escuchaba. Había agarrado la caja de madera, había
bajado la escalera del conventillo y se había perdido en la noche.
—Sos... —dijo Anselmo.
No pudo decir nada más. No pudo pensar nada más. Sentía que el nudo de
su vida se desataba y que entraba suavemente en la muerte.
Retazos de una historia, María Cristina Carrizo
ANGUSTIAS Y DOLORES – a los ocho
años.
Se los podía escuchar aunque estuviésemos medio
dormidas. El primer sonido era el timbre; después, algún plato que se rompía.
Todas las noches se repetía lo mismo.
Me encerraba en el baño, sobre el inodoro. Desde la
escalera se los podían escuchar mejor.
La voz de padre casi ni se escuchaba; al principio,
cuando regresaba de trabajar. Por momentos, la discusión parecía amainar.
A las seis tienen que levantarse
para ir a la escuela.
El trabajo, el jefe o la plata. Siempre la plata. Al
final, vago e inútil, un poco antes
del portazo.
En la misma habitación, mi hermana seguía despierta. Yo,
sentada. Por ver si dejaba de contener su llanto.
-Cuando seamos grandes, nos vamos a vengar de esta mierda, Murmuraba
yo.
Al rato, afónica y con la cara enrojecida se metía en mi
cama.
La mañana siguiente no podíamos evitar los ojos
hinchados. La ronda de excusas.
-
¡Que sea la última vez que no duermen cada una en su
lugar!, gritaba madre.
EL MOSTRO
Nosotros, a toda hora del verano en la calle. Asolamos
cada uno de los pasajes con nuestros gritos. Los vecinos asomados a la puerta
se reían por lo bajo. Los mil y un días
de los indios Carapachay, murmuraban.
Nunca llegamos más allá de tres o cuatro cuadras a la
redonda. Por eso elegíamos los platos de metal.
Sacábamos galletitas de la despensa. Conseguíamos palos
largos que caían de los árboles. Éramos una bandada que aprendió a cambiar
pañales; a robar trapos y almohadas por
la noche. Y al día siguiente, vacilamos sobre los cordones de la vereda, bajo
el sol y el ojo de madre, barriéndola.
Andreíta, a veces, no podía salir por su dolor de oídos.
Otros días, Irina y sus hermanos llorosos, tras las rejas verdes. El padre de
Alicia y Josecito, cada tanto, los corría con un rebenque.
Si llovía, Carmen y su hermana Helena invitaban submarino
con bizcochos. Esa casa olía siempre a perros y viejo hacinado. Y el saludo de
su esposo, a alcohol.
Lo primero que conseguimos fue una pequeña linterna,
recuerdo. Bajo el mentón, en las noches de luna nueva.
Cada vez la pedía otro. Quería ser El Monstruo.
LA MUERTE DEL GENERAL – a los diez años
Lo encuentro a papá en la
habitación más grande. Me paro en el marco de la puerta. Bajo sus ojos hay más
oscuridad.
Está sentado en el borde de
la cama matrimonial. Con la camisa desabrochada; en la derecha, la chaqueta del
uniforme azul. Todavía en la cintura, el arma reglamentaria.
Al lado de sus pies, hay dos
botones dorados. Me acerco para levantarlos y sentarme.
Con los ojos fijos en la
pantalla, me hace seña de alto. Solo puedo ver de la televisión prendida, la
carcasa.
Entonces, me siento en la
cabecera de esa cama de matrimonio. La espalda bien derecha apoyada en la
cabecera.
Veo las imágenes de un
entierro multitudinario. De fondo, la voz del hombre muerto. Hablando cansina,
con autoridad frente a otra multitud de jóvenes.
-
Y esta vez, esta vez... – murmura, solloza mi padre- no vuelve más.
EL
FITITO - a los doce años
Piso, con la bicicleta, tierno celeste en las veredas.
Me acaricia el viento ahumado con eucaliptos. Después de llover, los troncos
añosos del barrio se vuelven oscuros como el petróleo.
Una vez, me llamaron. Sin apagar el motor ni bajarse de
un pequeño auto blanco.
Era joven el hombre con anteojos. Me acerqué con la
bicicleta al cordón. Preguntaba por una calle. Sonrió y yo sonreí. La camisa
blanca afuera del pantalón. Una goma gruesa en la cintura que se movía un poco.
Sin sonreír más, me quedé mirándola.
Luego miré su cara. Esa sonrisa se parecía a una de la
televisión. Balbuceé. Miré hacia el fondo de la calle y le contesté que no
sabía.
Pero es ésta, pensé. Un calor sentía de mi pecho a mi cuello.
Lo miré otra vez. De reojo, supe que la goma seguía en
el mismo lugar. Muy callada escuché:
-
¿Por qué te ponés nerviosa, nena? –
Con el pie derecho ya en el pedal, contesté:
-
Señor, yo no estoy nerviosa.
Arranqué sin mirar para atrás. Mejor no decía nada en
casa. Ojalá hubiera podido encontrar pronto a Silvina. No sabía qué era eso que
tenía el hombre. Por qué se reía de mí.
EL SONIDO DE LA MANO – Argentina, 1976.
Sonidos de agua y
vajilla en la cocina. Hasta las habitaciones infantiles de la planta alta
llegan en sordina.
Dos vueltas de
llave, en la puerta de calle. El hombre de la casa entra en la cocina. Su mano
izquierda apoya con cuidado la pistola cuarenta y cinco arriba de la alacena.
La derecha, en el hombro de su mujer. Con ojos y voz de haber dormido casi
nada, murmura:
-
El tipo sale tarde.
-
Decíle que el fin de semana no podés. Mi hermano..., intenta continuar.
El hombre caminaba
hasta el baño pero se detiene.
-
...un garca que tiene contactos...
-
...los chicos me hacen renegar.
-
Trabajo para vos y para ellos...
-
¿Con este jefe no te peleás todos los días? – Acota ella y abre la heladera.
-
Con un civil sólo discuto por dinero...
-
...entonces...
-
¿Me venís escuchando? ¡El jefe permite todo tipo de ilícitos!
-
No es tan malo; exagerás – Sonríe. Un
sachet de leche en la mano.
-
Se aprovechan del decreto...
-
Rebelde y vago. Por algo mi padre no te quería...
-
..era contrera y punto...
-
...¡peronista y policía!, grita la mujer.
-
...calláte, calláte, calláte – murmura él y en
milésimas de segundo, atenaza sus muñecas – Los vas a despertar.
-
Me los llevo a casa de mi hermana – responde parada
sobre un charco blanco en el granito negro del piso de la cocina.
El hombre se sienta
y hojea el diario con una media sonrisa.
-
Traslado: el Mundial78 lo vamos a ver desde la
provincia de Río Negro.
-
¡Dios mío! – Exclama su mujer desde el baño. Se
masajéa las muñecas bajo el agua fría y agrega- ¡Cambios de colegio en septiembre!
-
Negativo. El 10 de enero, viajo. Después, ustedes en camarote. Casa por
dos años, mínimo. Un extra mensual importante durante el primer año por zona
desfavorable. Me voy a dormir.
Las llaves de la
puerta de entrada suenan otra vez.
La mujer sentada
sobre el inodoro mira el espejo y da un portazo.
En el primer piso,
otra puerta entornada - muy despacio - se cierra.
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