Las manos mojadas de Fermina tienen aroma a perejil y a mate amargo. Es invierno y se le erizan los pelos de la nuca al entrar el viento por la banderola de la piecita del hotelucho de Barracas. Entibia sus manos ajadas sobre la hornalla del calentador a kerosén mientras pone el guiso en la olla de barro.
Ha juntado unos pesos después de vagabundear todo el día pasando de hombre en hombre. Tiene la boca seca y la suela de los zapatos pegoteada de barro.
Pronto será el año nuevo y esta vez Fermina ha decidido por fin viajar a Misiones a ver a su viejita y cebarle mate bajo la higuera mirando las colinas bajas. Esta noche se arma la bailanta en el conventillo del Juanjo y tiene ganas de sacarse el frío y mover su cuerpo flaco y huesudo, pero no sabe si irá porque también tiene ganas de dormir el sueño eterno de la soledad. Se tira en el catre y cierra los ojos por un rato pero no duerme, sueña despierta con el calor de unas manos, con la mirada profunda de un hombre y con el abrazo franco del amor que no conoce.
Ya es 30 de diciembre y prepara el bolsito gris para enfilar hacia la estación del ferrocarril. pronto llega el tren y ella se acomoda apretadamente en las butacas de madera. El viaje es largo, sus ojos divagantes miran sin cesar por la ventanilla que de vez en cuando deja asomar una vaca con los ojos muy abiertos.
Pasó un día y las campanadas de la estación anuncian la llegada, ella toma el bolso y alquila un caballo para llegar a la casa de abobe. Su madre está agachada junto a la bomba de agua con un balde azul en sus manos y las gallinas cacarean a su alrededor, tal vez implorando no ser las desplumadas para la noche de fin de año.
Fermina se para adelante y ambas con los ojos mojados se acercan para abrazarse apretadamente y luego entre mates, recuerdos y sonrisas, con la vieja casamentera del barrio preparan la lista de invitados donde figuran los hombres que aún siguen solos.
Al fin, 31 de diciembre y ella feliz con su vestido negro muy apretado mira a cada uno que llega a la pista de barro. Risas, llantos, abrazos, todo se entremezcla hasta que Doña Juana le presenta a Jacinto alguien que ella no conocía, se miran, comienzan a bailar y después de contarse las cosas que siempre se cuentan, quedan en verse otra vez.
Ya no quiere volver a Buenos Aires, después de dos meses largos de planes y deseos compartidos, deciden irse a vivir juntos a la casita del Jacinto. Se casan secretamente en medio de la montaña, ella con la mantilla blanca de su madre y él con el cinto grueso de su abuelo y de ahí en más la convivencia, los almuerzos tomados de la mano, la cama caliente, después los gritos, los ojos enrojecidos de Fermina, los reproches, las noches en vela, el cuerpo golpeado, el abrazo con su viejita y los ojos mojados y otra vez el bolso gris, las campanadas del tren anunciando su partida, la ventanilla que deja asomar una vaca de vez en cuando, las butacas de madera, el catre del hotel de Barracas, las manos sobre el calentador, la olla de barro, el viento entrando por la banderola y sus manos con aroma a perejil y a mate amargo.
Hemos visto muchas veces volarse un sombrero de una cabeza desprevenida y el ademán instintivo del dueño tratando de ganarle al viento su posesión. Pero varios sombreros cambiando de testa, bailando, sugiriendo ideas a cerebros adormilados o tímidos, ágiles, románticos, inspirados, cubiertos de rulos teñidos o flequillos lacios, de canas audaces o calvas lustrosas, fue muy divertido y original .Eso pasó en nuestro encuentro del lunes 7 de junio. Intercambiando sombreros danzaron nuestras ideas. Entre ideas y gestos aparecieron nuestros gustos, algunos eligieron ponerse el sombrero de otro o rechazaron el abrigado modelo de cosaco. Nuestra rubia compañera irrumpió con fuerza alentando a Argentina para el Mundial y confesando su pasión boquense. No es necesario que describa el modelo que lució ad hoc. El jefe-corrector del grupo se rebeló y no quiso despeinarse, no fue el único, pero se reveló como un buen imitador de un barra brava, aplausos merecidos. Bajo la influencia de dos modelos preciosos que trajeron Alicia y Ofelia, y que prestaron generosamente, el sol nos habló de vacaciones, una señora se transformó en gato, escuchamos historias, recuerdos y sueños, paseamos por paisajes ideales. Recordamos y tarareamos “el sombrero de ala ancha con que adorno mi cabeza...” canción alegre, canción de antaño, como nosotros. Delinearon con trazos invisibles algo de cada uno . Nos costó hacer que el gran Carlitos (no Tevez) cerrara el encuentro pero lo logramos. Y estuvo muy bien.
La Danza de los Sombreros nos permitió jugar con las palabras. Excelente para escritores. Y `aspirantes a´.
Aquí va, como epílogo a distancia, un ala voladora que se desprendió de mi cabeza, digo, de un sombrero. Se llama el juego del “si...”
Si vas a elegir un sombrero, cuidado, puede ser un objeto peligroso que siembre en tu mente virgen alguna idea no tan virgen. Y si tu mente no es pura y la idea tampoco, pues, qué divertido, que se junten lo podrido y lo tampoco.
Si querés escribir algo como una novela exitosa, y no se te ocurre ni cómo empezar, intentá conectarte con los muchos genios famosos que ya han partido para el más allá y pediles consejo. Eso sí, por favor no te mueras..Pero si no conocés ni recordás el nombre de algún autor de esos que llaman laureados, bueno entonces, podés probar comprándote un sombrero o pegándote un tiro.
Si le mandás a tu amada una poesía copiada de Gustavo Adolfo o de algún otro romántico, pensando que no se va a dar cuenta y “te cuelga la galleta” por un plagio estúpido, no vaciles, buscá una novia menos ilustrada y que no le importe vivir con un chorro intelectual. Si te ofende sacamos lo de intelectual.
Si a alguien he ayudado con estas ideas condicionales lo veremos. Debo confesar que las escribí sin sombrero. Se podrá acotar que lo único positivo de ellas es el `si condicional`, no afirma ni compromete. Acepto críticas, comentarios, ideas y sombreros sin uso, sobre todo ideas.
Para ella los años de entrega a las ancianidades resultaron atávicos. Cuando trató de encontrarle un sentido al cumplimiento del mandato, dio con un sendero de cruces a cargar, notó su andar cansado y los deseos sin nacer.
Todo ese tiempo de malogradas expectativas se ocupó de internaciones, pañales y tubos de oxígeno; tanto que llegó a preguntarse si la muerte regiría a la existencia.
De esa manera transcurrió, entre la obligación y la obediencia, hasta que el último viejo partió y lo añorado asomó como oportunidad. Cierto día, mes o año, las palabras escondidas pelearon por salir y se proyectó sin silencios doloridos.
Miró por primera vez su casa, de gris denso, con olor a eucalipto hervido, sin colores gustados ni adornos deseados, estancada en la Rueda de la Fortuna.
Sin llorar enterró sus muertes cardinales, abrió ventanas, prendió luces, coloreó las cosas, tiró los muebles del prócer, arregló las paredes que tenían su mismo olor a humedad, encendió luciérnagas y luces aromáticas.
Luego se fijó en sí y no se reconoció en esa sombra. Se soltó el rodete, cortó su cabello y lo iluminó; puso en sus ojos mirada violeta; acortó la pollera y la levantó al amor.
Para un reciclaje total compró cortinas nuevas que dejaban ver el sol, una cama que gustaba compartir, vajilla para comidas chatarra, copas que acunasen al vino, un equipo de música en el que sonaba la Bersuit y un Ave Fénix que a diario la despertaba.
Por penúltimo –porque para lo último le queda vivir- reparó en el lánguido jardín y sintió gemir a la tierra. Hizo surcos y pozos; cambió el estéril césped por otro con promesa de verde; arrancó cada planta seca y llenó los espacios con aquellas que querían ser; mató las pestes como exterminó a sus duelos. Quitó el arbusto podrido y lo remplazó con un ramaje tan vibrante que aún roza su cuerpo bañado de plenitud.
Agazapada al costado del camino, su silueta apenas visible por los arbustos que impiden el paso de la luz lunar, espera ansiosa y con temor el bus que debe pasar pronto.
Allá el reloj era algo prohibido, se había vuelto normal adivinar la hora por medio de pequeñas cosas, la sombra del alero de la pieza en el patio, el ventiluz que cambiaba con el paso del sol o la pregunta invariable al cliente. Saber no servía demasiado, de todos modos “La yegua” no se manejaba con tiempos.
— ¿Adonde vas Mabel? todavía no se terminó
—Es tarde señora, estoy cansada y ya pasaron seis, ¿le parece poco?
— Ni poco ni mucho, todavía quedan dos que prefieren tus servicios. ¿No te estarás negando, no?
— Manuela está libre ¿por qué no le dice?
— Ella es nueva y todavía le falta, bueno, basta de charla ¿o querés dormir en el canil esta noche?
Las cosas son así allá, desde hace casi tres años que me llevaron engañada mi vida fue, prostitución y castigo ante cualquier rebeldía.
Ir de vez en cuando a dormir con los perros me sirvió para hacerme amiga y al final tuvo sus ventajas, dos Pitbull y un Rotweiler se encargaban de la vigilancia por las
noches y el guardia dormía entonces a pata suelta. Recuerdo que una noche una nueva intentó escapar. No llegó ni al portón, los perros la hicieron pedazos y “La yegua” con toda frialdad la despenó con un treintaiocho
— Supongo que aprendieron la lección, — nos dijo, y ordenó al guardia que la enterrara en el monte.
Un destello en el fondo de la ruta le acelera el pulso, calcula que son las tres de la mañana , ella tiene su boleto gracias a Juan un cliente que la ayudó a planear la fuga, el avisó en la Terminal que un pasajero subiría en el camino
Angustiada y con frío hace señas desesperadas, el vehículo se detiene resoplando y ella rápidamente sube con el boleto en la mano y un pequeño bolso, el chofer la saluda indiferente y le señala el asiento correspondiente al lado de una joven mujer que duerme tranquila.
Cuando se den cuenta, piensa, será tarde, ya es domingo y “La yegua” que se hace la buena deja que las chicas duerman hasta las once. No quiero ni pensar lo que puede pasarle al guardia y la paliza que se comerán los perros, la carne con rivotril molido que me dio el hijo del farmacéutico (otro cliente) los durmió casi al instante. Mi castigo en el canil me sirvió para descansar y tener las fuerzas para correr las veinte cuadras hasta la ruta. Ahora estoy aquí, el chofer me mira por el espejo, es un hombre grandote muy morocho y ya observé que toma de una petaca con disimulo.
Trato de dormir, mi compañera descansa tranquila y aprovecho para mirarla con atención, tiene más o menos mi edad, es morocha y bonita, viste con sencillez y buen gusto, en sus piernas apoya un pequeño bolso que sujeta sin crispación, sonríe. Como envidio sus sueños, yo en cambio no me animo a cerrar los ojos. El chofer con su petaca va volviendo cada vez mas insegura la marcha.
Mabel no duerme y se da cuenta de todo pero no se anima a decir nada, el pasaje descansa y el volantazo sorprende a todos menos a ella.
El vuelco, los gritos pidiendo auxilio.
Mira a su compañera y ve su cuello grotescamente torcido y sus ojos abiertos de mirada vacía. Se incorpora y trata de salir por una enorme abertura en la mitad del micro, ayuda a una señora y vuelve a rescatar a una criatura apretada entre dos asientos, de pronto una explosión incendia la parte trasera, nota entonces la falta de su bolso, a duras penas llega a su asiento y busca a tientas en medio de un humo espeso, lo toma y sale. Se queda absorta mirando el incendio, algunos pasajeros no pudieron salir. Aparecen los auxilios que rápidamente se hacen cargo de la situación, Aferrada a su bolso Mabel es conducida al hospital del pueblo muy próximo al accidente, le realizan una rápida revisión y comprueban un principio de intoxicación por humo, la sedan y la acuestan para que descanse, sueña inquieta una y otra vez con el chofer y su petaca, su compañera muerta y el incendio.
Una claridad proveniente de la ventana la despierta, es temprano y sobre la mesa cree ver su bolsito, estira la mano y lo toma, con temor revisa sus pertenencias. El bolso no le pertenece, trata de serenarse, recuerda cada minuto de la tragedia y concluye que el incendio se llevó su identidad.
Una enfermera sonriente le trae una taza de mate cocido y un pan.
— Buen día dormilona te traigo el desayuno y una buena noticia.
— No creo que tengas algo así, perdí lo poco que tenía.
— Ahí está la cosa, en el accidente, al volcar el micro se abrió el buche y parte del equipaje salió volando a la banquina.
— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
— Sucede que rescataron tu valija Raquel. Asombrada por la noticia Mabel solo atina a preguntar.
— ¿Cómo saben que es la mía?
— Tiene la tarjeta con tu nombre y coincide con los documentos de tu bolso. Mabel cierra los ojos y llora, recuerda a su compañera de asiento, su rostro tranquilo, y el pequeño bolso sobre sus piernas, piensa si todo esto no es un juego macabro.
El médico la revisa y le da el alta con rapidez, tendrá que prestar declaración a la policía local.
Toma la valija, la tarjeta lleva el nombre de Raquel Vélez, coincide con el documento en su poder. En la dirección un policía la interroga con delicadeza, ella asegura que dormía en el momento del accidente, le dan las gracias y le comunican que en una hora saldrá un bus especial para los accidentados a cargo de la empresa. En el pasillo, frente a una pizarra hay gente informándose de la salud de las victimas, Mabel busca el nombre de Raquel Vélez y con angustia comprueba que es Mabel Sánchez la que figura entre los fallecidos, golpeada por esta realidad siente el impulso de confesar la verdad y recobrar su identidad, un periodista la interpela con preguntas que no entiende, la acorrala y de pronto se encuentra sentada en el vehículo que la llevará con otros a Buenos Aires.
En la tranquilidad de su asiento decide ver el contenido del bolso, hay una reserva de hotel paga por siete días en las cercanías de Retiro, una carta citando a una entrevista de trabajo al día siguiente, comienza a creer que puede ser posible la oportunidad de una vida diferente, tiene la certeza de que el accidente será publicado en los diarios de todo el país, seguro que “La yegua” se pondrá contenta cuando vea su nombre en la lista.
Cae en un sueño profundo y por primera vez siente que su cuerpo se relaja y descansa, en su llegada a la Terminal de Retiro, luego de preguntar se encamina al hotel que queda a pocas cuadras según le informan, caminar le hace bien y despeja su cabeza.
El lugar es bonito, el conserje la atiende con amabilidad y una vez identificada la acompaña a la habitación, sencilla, con baño privado y agua caliente, decide darse una ducha, satisfecha y mas tranquila abre la valija y se prueba alguna ropa, casi su talle, en un compartimiento interior hay dos cajas similares a las de cigarrillos tienen la misma dirección de la carta.
Baja luego y el empleado le aconseja un lugar cercano y barato para su cena, revisa su capital y lo considera suficiente para una comida sencilla.
El lugar es una pequeña pizzería, los recuerdos la llevan a viejas formas de vida en la ciudad, códigos de convivencia olvidados, comportamientos en sociedad, el vino la marea un poco y decide volver al hotel.
Al llegar le pide al conserje que la despierte a las siete, se acuesta y duerme profundamente.
A las ocho y cuarenta vestida con la mejor ropa, pulsa el timbre de un edificio céntrico, el ascensor la traslada rápidamente a un lujoso piso donde una mujer la espera con una sonrisa.
— Buenos días, ¿Raquel Vélez verdad?
— Si, buenos días.
— Tome asiento, ya la anuncio. — Raquel inquieta observa el lugar impresionada.
— Ya puede pasar el señor Mansilla la espera.
Detrás del escritorio un hombre de mediana edad la recibe con la mano abierta en afectuoso saludo.
— ¿Así que vos sos Raquel? Realmente don José te describió con exactitud, supongo que trajiste la encomienda que le encargué.
— Si señor Mansilla aquí la tengo.
— ¿No se te ocurrió abrirla verdad?
— Soy curiosa pero no toco lo que no es mío, contestó molesta.
Mansilla llevó el paquete a la habitación contigua y luego llamó a la empleada para que asesorara a Raquel de sus futuras tareas, se despidió agradeciéndole su colaboración.
Vanesa le dijo que saldrían a comprar ropa y en el camino la pondría al tanto de su futura tarea en la empresa. La sorpresa de Raquel al comprobar que la ropa sería para ella fue total, eso sí los colores y modelos fueron elegidos por su acompañante y solo le permitió un conjunto a su gusto siempre que le prometiera no usarlo en los viajes que debiera realizar. Le dijo que la sobriedad aseguraba el éxito de los negocios.
Tomando un café le preguntó si tenía antecedentes penales o si algún familiar podía
cuestionar su traslado a la capital, le contestó a todo que no, después de todo sus antecedentes por robo y prostitucion pertenecían a su otra vida.
Vanesa luego del café la llevó a un estudio fotográfico donde un anciano de aspecto desaliñado y mirada huidiza le tomó varias fotos que según le dijo eran para el pasaporte y el documento nuevo. En un taxi volvieron al hotel, quedaron en encontrarse al día siguiente.
A la hora indicada se reunieron en la habitación y allí en forma cruda Vanesa la enteró de que ya pertenecía a la organización.
El gerente le enviaba la suma de tres mil pesos por el riesgo corrido en el traslado de la
encomienda, entonces, de su cartera extrajo un pequeño envoltorio conteniendo un polvo blanco y algo parecido a un tampón forrado en un preservativo, su desconcierto obligó a una rápida explicación, se trataba de cocaína en estado puro que normalmente se transportaba de distintas maneras, una de ellas eran envoltorios similares al que había llamado su atención y que se ingerían trasladando la droga en el estómago.
Vanesa se dio cuenta del gesto de incredulidad de Raquel y se apuró a recordarle que su vinculación con la familia no tenía marcha atrás. La tranquilizó asegurando que le enseñaría a comportarse en los aeropuertos y a tomar las precauciones para preservarla del peligro de una rotura en el estómago.
Al quedar sola, tomó los tres mil pesos y los desparramó sobre la cama, descolgó la ropa recién comprada y procedió a hacer lo mismo, luego se acostó con los ojos fijos en el techo y el lento girar del ventilador, sintió la angustia subir a su garganta y hacerse llanto amargo e irrefrenable.
Pensó en su sueño de comenzar una nueva vida, se preguntó si esto era mejor que la prostitución, le habían dicho que no tenía alternativa, sintió que volvía a ser esclava.
Se levantó con decisión, sacó del placard la vieja valija y comenzó colocar con orden la ropa sin estrenar, una sonrisa amarga le llenaba la cara.
Concluyó que no había escapado de la prostitucion para convertirse en embajadora de la muerte, la adrenalina corría con fuerza por sus venas y se dijo, que “la yegua” no había conseguido dominar nunca su espíritu de libertad y que no sería ella la que terminara muerta en algún aeropuerto por una perdida en su estómago.
Se asomó para comprobar que el conserje no se encontraba en su lugar, bajó rápidamente y salió a la calle, el aire fresco le arrancó una sonrisa que iluminó la oscuridad, otra vez escapaba hacia la nada pero ahora mas convencida de que Mabel o Raquel merecían otra oportunidad.
En la inmensidad solitaria de la oscura habitación, una persona yace en un catre desvencijado. A través de una puerta entreabierta, se cuela una tenue luz proveniente de un comedor contiguo. Las paredes del cuarto insisten en desprender una fetidez inhumana. Aunque sólo el propio recuerdo del hombre, logra su reacción:
-¡Ay, mi pierna! ¡Malditos! ¡¿Qué han hecho con mi pierna?!
Algún vecino se queja desde la ventana de uno de los pisos del departamento; responde los gritos del recién despertado con otros de igual calaña.
El hombre se encuentra absorto, tantea su cuerpo desde la cintura hasta un poco antes de la rodilla derecha que no posee. Vomita, y en el efecto del esfuerzo que produce el mismo organismo, aprovecha para sentarse sobre el viejo catre oxidado. Apoya su mano sobre la pared, que se aleja y luego se restituye, para alejarse nuevamente. La estabilidad de su alma es nula; parece un bote que quiere navegar con un solo remo; afianzado al piso, se arrastra gimiendo:
-¿Qué es lo que han hecho con mi pierna?
Sufre los dolores más impensables, la cabeza bombea calvario; vomita otra vez. Clama piedad a los vecinos, quienes replican silencio. Las manos tiemblan en cada arañazo contra la madera del suelo, esparcida sobre sus ojos, que luchan por mantener un rumbo fijo.
-¡Devuélvanmela! ¡Basuras!
El hombre voltea su cuerpo hasta quedar de espaldas, con sus manos se toma el poco largo de la pierna cortada, y tirando la cabeza hacia atrás, entrecierra los ojos, comprime los dientes y ruega a Dios que termine con su sufrimiento.
Tirado en el piso, observa la puerta que se encuentra detrás de él. Su espina dorsal alberga el frío del suelo. El brazo estirado, los dedos tornando la puerta. Enceguecido descubre la rugosidad de las baldosas sucias del comedor de la casa. Un brazo se apoya sobre la silla de madera de pino, que cruje. El otro brazo se extiende por sobre la mesa rectangular, los vasos de vidrio caen súbitos. Logra sentarse luego de varios intentos. Llora y se desvanece sobre la mesa. Sobre su superficie, la mejilla; la nariz velluda aspira el vaho del alcohol desparramado por una de las botellas de vino barato que el hombre había estado bebiendo horas pasadas.
Antes de volver a cerrar los ojos alcanzó a observar la pierna ortopédica que se había quitado en algún momento de la embriagada noche.
Por favor sea breve, dijo-. Y es así que no supo como empezar a contar que le había clavado el cuchillo en la garganta. y llevó su mano ligeraramente hacia su rostro ensombrecido por el dolor. Sentía frío y al mismo tiempo un sudor tibio. Por favor sea breve, dijo-. Las palabras se anudaron en su paladar sin poder abrir paso hacia esa boca herméticamente cerrada. Con las uñas como garras fue descascarando cada lágrima amarrada al costado de sus pómulos. Y pensando en eso de la brevedad que se repetía constantemente no pudo explicar porqué la había matado.
Apresurada pero muy insegura bajó al acantilado. Observó su entorno y se dirigió hacia un rellano, tomó el cofre que guardaba en su mochila y muy nerviosa lo arrojó al mar. En el descenso rozó con una piedra, quedando allí. Bajó unos pasos, lo levantó muy molesta y esperó una gran ola que avanzaba. Repitió el movimiento, lo lanzó bruscamente y lo vio partir. Giró y con tranquilidad, se retiró del lugar.
Por favor, sea breve. la sombra se acerca. Todo parece perturbarse.
Nos acecha un halo de oscuridad.
Ya no queda luz.
Las fantasmales figuras desaparecen y el sol se esconde en el horizonte.
Nostalgia
Por favor, sea breve, necesito entrar. Las ganas me invaden profundamente. Necesito escuchar su voz y, sólo existe esta cabina telefónica.
Las gárgolas
La calle solitaria y oscura. Una sombra se oculta de mi vista.
El silencio perturbado por un movimiento sórdido, seco.
Aunque resulte extraño, las gárgolas petrificadas parecen sonreir y me bañan con su agua fresca.
Oro
El sol aprieta con su calor. La vista dudosa, no distingue el horizonte. En busca del oro, el cuerpo doblado, sujeta con fuerza y zarandea la paila. Cuando, entre la arena, aparece el precioso metal, los ojos brillan y el alma grita.
Bandido, granuja ladrón, malvado
por sobre la isla se ven los pájaros
alrededor de la isla hay agua Bandido, granuja ladrón, malvado
Qué son esos aullidos
Es la jauría de los honestos
que van a la caza del niño.
El dijo: estoy harto del reformatorio
y de los guardianes que a golpes de llave
me partieron los dientes
y después me dejaron tirado sobre el cemento Bandido, granuja ladrón, malvado
Ahora él se salvó
y como bestia acorralada
galopa en la noche
y todos galopan detrás
los gendarmes, los turistas, los rentistas, los artistas Bandido, granuja ladrón, malvado
Es la jauría de los honestos
“Por favor, sea breve”, dijo el sordo al mudo quién parecía querer responder. Este sacó de su bolsillo una libreta en la que escribió una oración, arrancó la hoja y se la dejó frente al ciego para que la leyera; pasaron varios minutos y el sordo volvió a repetir: “Por favor, sea breve”, el mudo parecía querer responder y frente al ciego se irían acumulando infinitos papeles.
“Por favor, sea breve”, dijo el comisario al agente quién sacó de su cartuchera el arma reglamentaria, y de dos tiros certeros, dio por finalizado el interrogatorio.
“Por favor, sea breve”, dijo apresurando el interrogatorio del que se acababa de despertar; a lo que este preguntó: “¿Hace mucho que usted está aquí?”
“¡Claro que sí!, ahora vuélvase a dormir”, respondió el dinosaurio y apagó la luz.
Por favor, sea breve - dijo con firmeza. El plato,grande, el caldo sudoroso. Las verduras cortadas giraban sobre sí mismas sobre las burbujas de la sopa. A través de los lentes empañados, notó la mirada que se clavaba sobre su mano que subía con torpeza la cuchara colmada. Abrió la boca y cerró los ojos. El metal de la cuchara se sintió de inmediato. Aguantó las lágrimas. La madre, orgullosa de tener una hija tan obediente.
Corría sobre el asfalto de la avenida desierta; entre sombras que lo acosaban deambulando frente a sus ojos. Por detrás, trataba de darle alcance la oscuridad que todo lo deglutía a su paso. Los edificios ondulaban hasta que sus estructuras cedían por la presión de ríos formados de lluvias densas. En cada esquina se erguía una figura de ella –sin rostro-, y en cada esquina esa misma figura se volvía sombra que lo acosaba frente a sus ojos. Cada nuevo latido de su corazón más fuerte y rápido que el anterior. Esa violencia cardíaca, igualada por la velocidad con que los árboles –a los costados de la avenida, sobre la acera-, emergían hasta alcanzar alturas que rozaban el cielo. Algunas ramas se deslizaban hasta su cuello, intentando ahorcarlo; otras se enredaban en sus zapatos gastados de tanto correr. El pecho parecía estallarle; hubiese deseado encontrar a alguien para pedirle ayuda. Sus piernas pesadas se hundían en cada zancada, más y más. El cielo deliraba entre luces de aurora boreal y soles de verano que le chamuscaban los pelos de la cabeza, sin embargo el perfume que percibía era el de su amada. –Ah, Victoria ¿Por qué? –balbuceaba y las lágrimas alfombraban el suelo.
En la avenida parecía vislumbrarse un final, una luz que iba en aumento. Sobre los edificios se distinguían las primeras puertas; primero cerradas, luego abiertas, y más adelante con sujetos que lo invitaban a quedarse. Él estaba agotado, el estómago se le agarrotaba; la luz que tenía enfrente, sobre el horizonte, iría tomando la forma de su amada, y de sus labios se oían susurros: “Ignacio, ¿Por qué? ¿Por qué?”
La oscuridad le desgarró la ropa; desnudo, dejaba de sentir el ambiente de la ciudad. Frenó su carrera, y cuando la oscuridad parecía envolverlo por completo, las manos de Victoria se esforzaron para sacarlo de la bañera repleta de agua con sales minerales. Mientras ella acariciaba los cabellos empapados, las pastillas que no fueron digeridas por Ignacio se le acercaban brillando en la penumbra del baño.
Doña Sinfonía estaba separando garbanzos y cayó uno bajo la mesa. Hizo KEC y despertó a la pulga que vivía sobre el gato. La pulga enojada gritó SIC y pico al gato que maullando MIAU salió corriendo y atropelló al loro. El loro saltó por el aire gritando POBRE PEDRITO POBRE PEDRITO y fue a dar sobre la tortuga junto a la mecedora de la abuela. La tortuga hizo CHUC y dio un salto que asustó a la abuela que clamó VALGAME DIOS; y empezó a mover la mecedora que pisó la cola del perro que dormitaba. GUAU ladró el perro y pegó un brinco que hizo caer un florero que estaba en una mesita. El florero hizo CRACH estrellándose en el suelo después que una lluvia de flores mojó al garbanzo, a la pulga, al gato, al loro, a la tortuga, a la abuela y al perro.
¿Qué pasa aquí? - preguntó Doña Sinfonía que se levantó taconeando TOC, TOC, TOC - ¿Qué son esos ruidos?
KEC dijo el garbanzo; SIC, la pulga; MIAU, el gato; POBRE PEDRITO, POBRE PEDRITO, el loro; CHUC, la tortuga; VALGAME DIOS, la abuela; GUAU, el perro; CRASH, el florero y TOC TOC TOC Doña Sinfonía que fue a separar garbanzos y uno cayó bajo la mesa.
Ni bañarme. No tengo tiempo ni ganas. Jean. Jean y zapatillas. Remera.
Eso. Ahora sí. Ahora soy yo.
No. La cama no. Brisky se quedaba en la cama, jugando a los convoys. No. Yo voy a ir más lejos. La mía es una fiaca viajera, aventurera, descubridora de nuevos horizontes! ¡Seré el trekiefiaquero que llega a dónde nadie llegó jamás! ¡El Colón de la fiaca, que arriba a la tierra soñada por una ruta ignota, aún equivocándose!¡A mí todos mis sueños postergados! Porque ésta no es una fiaca incidental. Es vieja, tan vieja que le cuesta incorporarse. Está entumecida, dolorida de tanto estar agazapada. Pero al final, la pordiosera, la excluida, toma su último impulso y pega el salto del puma cebado y zàs! se me incorpora para siempre, me posee al fin!
Tomaré un tren cualquiera como el Doctor Maradona y a bajar donde se me cante.¡Que la vida me busque a mí!
Pensar todo lo que me disparó esa vieja película que pasaron anoche…
Este es el tren. No se adonde va. Tengo mi mochila y unos pocos pesos. Pero ahora descubrí que en el fondofondo de mi también queda algo semejante a un resto de esperanza y me siento como el hambriento que raspa con fruición las sobras pegadas a la olla, sin importarle si están o no quemadas. Sólo piensa en su hambre. Y yo también. Porque esta fiaca me despertó hambre de mí. Por primera vez.
Hay pocos pasajeros en este vagón. Algunos miran por la ventanilla, expectantes.
Otros dormitan y hay a quienes se les escapa una sonrisa beatífica.
No se porque, pero los siento cómplices. Hermanos en fiaca. Miembros de la más secreta de las cofradías.
Nadie habla. Sólo las miradas reconocen al semejante.
Algunos parecen asustados, pero ninguno desiste.
Esperan.
Largamente esperan.
No hay guarda.
El tren se detiene y todos sabemos que es la meta.
Bajamos.
Nadie se mira, como si cada uno se dirigiera hipnotizado a un `punto fijo del que no puede o no quiere apartarse, su compartimento estanco.
Sólo nosotros,- si pudiera aplicársenos ese colectivo a este hato de soledades- quedamos un momento en el andén.,
Un momento que dura siglos porque la vía divide en dos al pueblo a descubrir.
El dilema es clarísimo: cruzar o no cruzar?
¿En cuál de los dos lados morará la pasión?
Iba caminando por Córdoba hacia el bajo. Era una tarde de fin de verano, con un sol fuerte, que todavía exigía anteojos oscuros.
Crucé la interminable anchura de la Nueve de Julio y antes de hacer los primeros metros de la siguiente cuadra me dí cuenta que en la esquina, al llegar a Suipacha, ocurría algo.
No soy afecto a las aglomeraciones. Las marchas de piqueteros, gremiales y cualquier reclamo me motivan a abrirme, a apartarme en búsqueda de cierta tranquilidad en mi camino. Tampoco me acerco cuando sospecho un accidente. Soy impresionable y varios días después me acuerdo si vi sangre derramada.
Pero esa vez cierto automatismo, cierta inercia inevitable dirigió mis pasos hacia la acumulación de personas que miraban todas hacia un punto determinado.
A medida que me acercaba a Suipacha fui comprendiendo. Dos patrulleros de la policía con las puertas abiertas y las luces del techo girando estaban colocados como barricadas en la intersección con Córdoba. Una especie de “no pasarás” rotundo y categórico ante el intento de huída de alguien.
Al llegar a la esquina y pedir permiso para tener un panorama de lo que pasaba, me di cuenta de que nadie se iba a poder escapar. Seis o siete policías, algunos con armas largas, rodeaban a dos tipos que estaban acostados boca abajo sobre la vereda de Suipacha, con los brazos a la espalda, esposados, y las cabezas cubiertas por sus remeras.
Obviamente el tránsito estaba cortado en las dos calles, y dos uniformados que interrogaban a los que parecían testigos anotaban sus dichos en carpetas.
-¿Qué pasó?- pregunté a uno a mi lado. –Asaltaron una escribanía pero parece que pudieron avisar al novecientos once y los agarraron cuando salían- me dijo. --- Lástima que mañana están otra vez en la calle. Habría que matarlos a todos –agregó. –No es para tanto-, dije, o pensé, ya no me acuerdo.
Me quedé un poco más a ver cómo terminaba. La policía parecía no tener apuro en llevarse a los chorros, y de a poco los grupos de curiosos se disgregaban. Al rato, cuando ya me aburría de esperar e iba a seguir camino, los canas ayudaron a levantarse a los tipos –que a efectos de las capuchas no veían nada- y los guiaron hacia los coches. Ahí les bajaron a la fuerza las cabezas y los metieron en el asiento trasero. Subieron también los policías, menos uno que quedó parado a la puerta del edificio asaltado. Los patrulleros, con toda su parafernalia de luces girantes y ulular de sirenas, enfilaron por Córdoba hacia su destino.
De a poco, las calles fueron tomando su enloquecida normalidad diaria y los curiosos que quedábamos nos fuimos desperdigando. Autos, colectivos y motos volvieron a cruzar por sus carriles. Cinco minutos después allí no había pasado nada.
— Carlitos…,avisale a José que faltan trapos y una media, que no se haga el opa y le choree a la vieja porque si no, no hay fulbo.
Y allá parte Carlitos con la orden de Manucho el jefe de la barra, éste con dos años más y la habilidad de transformar papel y trapos en una pelota tenía la admiración y el respeto de todos.
El colorado era increíble, de físico grande para sus trece años, con su pelo hirsuto siempre despeinado tenía una mirada azul que cortaba cualquier discusión. No buscaba pendencia ni se metía en líos, pero las veces que lo buscaron lo encontraron dispuesto y sin arrugar nunca.
— Coco, como tarda este salamín, fijate si viene.
— Si recién salió, no tiene bici para ir más rápido y son seis cuadras, son.
— Vos siempre lo defendés, se ve que te gusta la hermana gilún.
— No es cierto, la Rosita no me gusta, tiene los dientes chuecos y no te deja copiar en las pruebas.
— Mejor sería que estudiaras, así no tenés que hacer machetes, cada vez que te veo estás todo escribido con la pluma cucharita.
— Bueno che finishela, al fin y al cabo no repetí nunca. Mirá viene Carlitos, y parece jaboneado.
El mensajero llega transpirado por la carrera y con la cara desencajada.
— No saben lo que pasó muchachos, estábamos en el conventillo y en el momento que yo lo tapaba al José en el piletón, para que pudiera afanar algunos trapos y alguna media, el salame se equivocó de tacho y le estaba metiendo mano a la ropa del tano Antonio.
— Justo con el tano chinchudo se fue a meter.
— Pará, pará, apareció de golpe, no me dio tiempo a avisarle y de refilón me comí un squiafo, pero el que la pasó peor fue Josesito que se ligó un bruto cazote y encima lo sentó en el piletón lleno de agua.
— Parece que se enojó en serio. ¿Y después?
— Yo rajé pero vi que lo llevaba de la oreja a la pieza de la madre.
— Este tano es una fiera, siempre encuentra la manera de arrimarse a la viuda - comenta Manucho.
— Vos siempre con la maldad, la cuestión que nos quedamos sin pelota y sin fulbo.
— No te calenté, alcanza para una chica, pero no hay que mojarla porque si se moja, chau, tiene mucho papel y poco trapo.
La barra se queda conversando en la esquina y deciden jugar al hoyo pelota para preservarla.
En el conventillo, don Antonio golpea la puerta de María, la gallega viuda del hielero, al abrir se encuentra con Josesito zapateando en el aire mojado y sostenido de una oreja por su enojado vecino.
— ¡Oiga qué pasa! suelte al nene quiere. Qué le ha picado, mire como tiene la oreja.
— La orequia se la teniva que traere en una bandeca señora, cuesto delincuente me estabano caloteando lo calzoncillo batarace que teniba al piletone.
— Bueno, tanto lío, por una travesura de pibe, a la final si le llevaba el calzoncillo le hacía un favor, si no lo lavaba nunca.
— Cosa diche doña Maria si e yusto el nuevo, el que usé toda la setimana pasada, ademá lo querían para hacerlo balone y cagarlo a patadas.
— Josesito ¿es cierto lo que dice don Antonio? pídale perdón ahora mismo por el disgusto y vaya para adentro.
El pibe rezongando se disculpa y los deja mientras se frota la oreja. La viuda trata amablemente de quitarle importancia al incidente y don Antonio va amainando en su calentura.
— Mire, el chico es travieso pero a usted le tiene mucho respeto Antonino.
— Si fuera ico mío, andaría derechito, derechito, pero osté no tiene la culpa, está solita y e difichile sin el suo marito.
— Me alegra que me comprenda, son tiempos muy malos para una mujer sin hombre, ¿que puede una esperar?
— E sí, il huomo non la pasa mecore, e triste vivire solo, fare la comida, lavare lo calzoncillo, e
Laborare al puerto doce hora a la estiba, dopo dormire solo, e si e difichile.
— Usted tiene suerte, es soltero y sin compromiso, en cambio yo, viuda y con un hijo no tengo futuro.
El tano agarra al vuelo la intención y se apoya en el marco de la puerta en actitud ganadora.
— Non crea doña Maria osté tiene a Cosesito que e muy respetuoso y bien educado, e osté e una molle muy trabacadora y molto simpática e además linda come una madona.
— Que cosas dice Antonino, mire si lo escucha la polaca de la pieza ocho. ¿Que le parece si tomamos unos mates así se le pasa la bronca?
Don Antonio acepta encantado y al entrar se tropieza con la presencia de Josesito, sorprendido, mira a doña Maria con gesto cómplice, ésta solo encoje los hombros.
— ¿Me permete doña Maria?
— Lo que guste Antonino.
— Cosesito… io te perdono, va vía presto con il bandido de Manucho e la tua barra, dopo si se portano bien te prometo un balone de goma así non afanan ma calzoncillo a nenguno. Palabra
El sabía que Bea realizaba la sacrosanta dieta con evidentes adelantos. Por esos días ella abría tan poco la boca, tanto, como otros varios que ya ni le hablaba. Tampoco surgía ninguna pelea habitual.
Fue cuando, para atraer su atención, Raven arremetió vuelta tras vuelta por el living cerca de ella, aunque esto apenas alcanzó para que cambiara de posición y prosiguiera su lectura.
Entonces él aumentó con la frecuencia, el ritmo, hasta el intolerante umbral de cualquier paciencia, y Bea abandonó el libro en su falda y lo miró.
Esa mirada oblicua fija en ella, le indicaba algo que no entendió ni entendería en ese momento, por qué sin más, vino aquello que le estaba reservado, una andanada de coloreadas golosinas en forma de lluvia que le cayeron de la cabeza a los pies.
Sin tiempo de reaccionar a la primera, recibió una nueva descarga, lo cual evidenciaba claramente un reclamo pendiente y silencioso.
Sin conmoverse esta vez por Raven –que quizá se sintiera abandonado- tomó el ataque, por ataque, ya que él consecuentemente se surtía de nuevo para tirárselo con simbólica cortesía; entonces Bea, olvidando la idea del posible niño rencoroso, se ocupó laboriosamente en arrojar por la ventana todo aquello que venía cada vez , como también por el momento, sus propósitos de amor
Ya al día siguiente, suspiró hondo al ver los despanzurrados chocolates y brillantes paquetitos derritiéndose al sol, que la obligaban a un repaso sincero de lo ocurrido.
He reescrito esta página al menos siete veces. Me resulta difícil hacerlo todavía. No sé por dónde agarrarlo. Por dónde armarlo en la cabeza para que los dedos hablen. Forzar la escritura hasta que se empasten las teclas.
Lo que tengo claro es que quiero reconocer mi voz detrás del cuerpo. (Ponerle el cuerpo a las palabras)
En eso estoy y creo además que es lo único concreto. El resto es apenas un panfleto. Mi voz desparramada sobre el lomo de las hojas blancas.
Ha nacido un zorro en Tucumán. Me detengo porque se me antoja que ha muerto un perro. Y al mismo tiempo se ha descosido un malón, aún antes de nacer.
Julio: (dijo el padre y repitió) Julio y Argentino. Y el llanto del zorro se desdobló detrás del Río Salado. En una hebra de viento en la Sierra Chica. En los pies descalzos del Cacique. Algo ahí que no supo como explicar, ni por donde empezar a agarrar. (Alka nguërü). Repitió y se detuvo en seco. Trabó la lengua porque la palabra se le cayó desde la boca. Y fue directo a parar sobre la lanza estaqueada contra el piso. Sobre la sombra plana y alargada de las boleadoras. Y no fue algo sobrenatural. Fue sólo un ardor en la punta del vientre. Visceral. Amargo y duro.
ZORRO
Zorro, -rra s. m. y f.
1 Mamífero carnívoro salvaje, parecido al perro pero con el hocico más alargado, el pelo entre marrón y rojo y la cola larga y peluda
2 fam. Persona que es astuta o hábil para engañar y para evitar el engaño.
NOTA Frecuentemente usado de forma despectiva.
Ya no hace falta que agregue nada. Dejo de ser inocente. Y empiezo paradójicamente a sentir algo acá. No se donde pero acá. Algo atragantado. Una astilla en la encía. Me permito enunciar solo por un momento la frase “Revisionismo Histórico”. Confieso que la última vez que me molestó un juego de letras, fue detrás de la palabra “Baladí” y el uso aséptico de Borges. Trato de explicar ahora que no es algo racional. Es solamente el eco. El sabor amargo en la punta de la lengua. Vuelvo modestamente a poner el cuerpo detrás de las palabras. Y entonces me pregunto. Han pasado ciento treinta años, un poco más, (ya no importa demasiado) y entonces ahí es en donde libero un poco el razonamiento. En cincuenta o treinta años. ¿Los argentinos comprarán su alimento, sus medicamentos, con la majestuosa foto de otro genocida en los billetes? Y lo digo por el famoso revisionismo histórico. ¿Y cuál será? ¿El hocico adelantado de Videla, la macabra sonrisa de Masera? ¿O los ojos azules de Astiz?
"¿Lograremos exterminar a los indios? (frunció el seño y una grieta negra le partió la frente) Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. (Se levantó del sillón y llevó el dedo índice hacia un nudo en el universo) Esa canalla no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen. Lautaro y Caupolicán son unos indios piojosos, porque así son todos. Incapaces de progreso, su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. (Abrió los brazos como un par de aspas blancas y fofas) Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado." (Apagó por un momento los ojos y se volvió a sentar) Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888).
Miro la foto que tengo en mis manos, de chico dicen que le quedaba bien el sobrenombre. Un dejo inexpresivo de maldad se revolcaba entre la astucia. Sin embargo, para mi es un descargo oscuro detrás de los ojos. Se le arremolinaba el zorro en la barba tupida, le escondía las facciones. Le reventaba el paladar con el propio filo de sus palabras…
"Estamos como nación empeñados en una contienda de razas en que el indígena lleva sobre sí el tremendo anatema de su desaparición, escrito en nombre de la civilización. (Habló detrás de los bigotes, los labios planos, asomaron apenas grises) Destruyamos, (golpeó la mesa y la vista se le encendió) pues, moralmente esa raza, aniquilemos sus resortes y organización política, desaparezca su orden de tribus y si es necesario divídase la familia. Esta raza quebrada y dispersa, acabará por abrazar la causa de la civilización. (Llevó una mano al vientre y con la otra empujó al aire hacia el vacío) Las colonias centrales, la Marina, las provincias del norte y del litoral sirven de teatro para realizar este propósito". (Sonrió apenas, detrás de los aplausos que se rompían en su cara)
Se mataron 1.323, (ya de pie, se empantanó de soberbia) que también se habían tomado como prisioneros a 10.539 mujeres y niños y 2.320 guerreros,(dejó la vista en una minúscula estrella de saliva que se aplastó contra el banco) lo cual dejó el camino expedito para entregar las tierras a los nuevos propietarios, (instintivamente llevó una mano al bolsillo)a los que ya había sido asignada antes de la operación militar mediante la suscripción de 4.000 bonos de 400 pesos, cada uno de los cuales dio derecho a 2.500 hectáreas.
(Acotación del presidente Julio Argentino Roca (1843-1914) ante el Congreso de la Nación,)
(Alka nguërü), un pequeño lamento del Pampero untó la tierra, el borde violado del desierto.
ZORRO
Zorro, -rra s. m. y f.
1 Mamífero carnívoro salvaje, parecido al perro pero con el hocico más alargado, el pelo entre marrón y rojo y la cola larga y peluda
2 fam. Persona que es astuta o hábil para engañar y para evitar el engaño.
NOTA Frecuentemente usado de forma despectiva
No, no se podía fusilar. (Estaba de pie cuando lo dijo, llevó los brazos hacia la espalda y caminó alrededor de la mesa, satélite bastardo) Pongamos un número, pongamos cinco mil. La sociedad argentina no se hubiera bancado los fusilamientos: ayer dos en Buenos Aires, hoy seis en Córdoba, mañana cuatro en Rosario, y así hasta cinco mil. No había otra manera. (La boca apenas abierta, detrás del dique de los dientes) Todos estuvimos de acuerdo en esto. (Se mordió el labio y se le escapó una sonrisa, como una culebra se escabulló rápido detrás de las sillas) Y el que no estuvo de acuerdo se fue. ¿Dar a conocer dónde están los restos? (se acercó a la periodista. Olió el perfume, se compuso y miró hacia la puerta un par de veces) ¿Pero, qué es lo que podemos señalar? ¿En el mar, el Río de la Plata, el riachuelo? Se pensó, en su momento, dar a conocer las listas. Pero luego se planteó: si se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas que no se pueden responder: quién mató, dónde, cómo. (Prepoteó una sonrisa que ahora le alborotó la cara, le encendió la vista, dios y la patria… dijo en voz alta y se sentó otra vez) (Declaración de Videla del libro “El dictador”, de María Seoane y Vicente Muleiro)
Me vuelvo a atragantar con la frase revisionismo histórico. Trato de amasarla, de romperla para ver lo que tiene adentro. Digo, rever la historia con otros ojos. Me pregunto, ¿abiertos o cerrados? Los aprieto, los desnudo, se resecan, se fragmentan de lágrimas, pero nada cambia. Nada.
Primero mataremos a todos los subversivos, (se le antojó “Brecht” y empezó a sonreír, la boca astuta le agrandaba la cara) luego mataremos a sus colaboradores, después... a sus simpatizantes, enseguida... a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos. (El estomago le vibró y la risa se le engordó de frase, de asombro, de cadáveres)
(General Ibérico Saint Jean. Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Mayo de 1977)
Una punta de la historia habla de cifras, de miles, de cientos. Todos en nombre del progreso. De la estúpida idea del progreso por sobre los hombres. Me revuelve el estómago. Y siempre sobre la bilis dando vuelta la misma frase. (Revisionismo Histórico). Calles. Ciudades. La espalda del mapuche todavía carga sola la historia. Miremos para otro lado, pero de ninguna manera somos inocentes, nosotros tampoco. Ahora la frase gastada que se cuelga sobre mi pensamiento es (algo habrán hecho). Los bigotes recortados, los ojos oscuros mirando las cabezas partidas. Una pequeña sonrisa plana, como forzada desde la encía (¿de zorro?). Jorgeargentinojuliorafael. Acabo de inventar una palabra. Sin embargo la niego. Me sigue costando, como al principio, encontrarle la vuelta por donde agarrarlo. Quiero equivocarme y refregarme otra realidad, pero ya no puedo, no debo repetir la frase.
Imagino a Cortázar o Walsh escribiendo a máquina. Tal vez la misma marca que los fusiles de Roca. Me pregunto por qué carajo tuvo que coincidir.
En la parte superior del blog, se colocarán las opciones de menú. Hemos abierto una página "Bocetos y primeros trabajos" donde iré subiendo los textos que me envien para corrección y/ o reescritura y dónde se publicarán los comentarios que los talleristas vayan realizando sobre cada texto, como así también sus distintas versiones. Cuando consideremos que el texto está terminado, se subirá a la Página Principal dónde también se esperan comentarios. En "teorías" iré subiendo todas las entradas etiquetadas como "notas del blog". Habrá también una pestaña para "Dossier de poesía" y otra para "Dossier de cuentos". En la pestaña "Consignas" figurarán los textos que utilicemos como disparadores de escritura. De modo que sólo quede en la "Página Principal" los textos acabados de los talleristas y mis indicaciones. Y estoy pensando abrir una pestaña de "noticias" donde pondremos concursos literarios, logros de los talleristas que se han presentado en concursos y ganado menciones y/o premios, los blogs personales de los talleristas si los hubiere y cosas por el estilo.
La piedra en el estanque, cumple un año más de labor, con integrantes históricos y nuevos que cada año se asoman a vivir la aventura de la palabra escrita. Comenzamos este año con una nueva modalidad, semipresencial, debido a la gran concurrencia. Invitamos a los talleristas que puedan acceder a Internet a enviarnos sus textos por mail, los mismos serán posteados en nuestro blog y comentados. Una vez por mes podrán reunirse con el grupo e intercambiar opiniones. Por esta razón se irán subiendo las fichas teóricas y el enunciado de las consignas de cada encuentro. El 15 de Marzo comenzaron los talleres de escritura. A continuación enviaremos una ficha de "Realismo sucio" y su correspondiente consigna. Como así también un listado de "argumentos o ideas a desarrollar" tomadas de internet del taller de Sergio Monguiló, agradezco su generosidad al brindarme sus materiales. Para leer la ficha de Realismo Sucio
Incluye relato de Raymond Carver. Otro relato de Raymond Carver