sábado, abril 27, 2013

Los timbos, Raúl Oscar Gutiérrez


El edificio sigue igual y la feria con la misma estructura de hace más de cien años. Cuando la conocí, hace ya más de treinta, todavía se respiraban aires de prosperidad.  Entonces, la gente del barrio caminaba los pasillos entre los puestos; A paso lento, las mujeres volvían a sus casas con las bolsas pesadas y rebosantes de las compras del día, con los apios y las acelgas sobresaliendo de sus bordes, mientras otras esperaban sus turnos, charlando entre sí o con los puesteros.  Enorme, ocupa casi un cuarto de manzana, y hoy, en el mismo esqueleto habita otro cuerpo más viejo y gastado que mezquina la mercadería que supo abundar entonces.  En una de las paredes interiores, una enorme placa de bronce y todavía brillante, recuerda a 1882 como el año de su fundación. Ahora, un público  que regresa todas las semanas, deambula como buscando algo que se perdió en el tiempo, con la secreta esperanza que aparezca de nuevo ese día. Pero que buscan todavía¿  Allí mismo, donde antes estaban los alimentos, se arrimaron lentamente los puestos de venta de ropa, libros y revistas viejas,  jarrones de  vidrio azul y flores secas. Por otro lado sobreviven juegos de copas incompletos,  de pronto con una plancha a carbón, oxidada, o añejas copas con los ribetes gastados.  Los antiguos envases de galletitas parecen haberse quedado en el mismo lugar, vacíos y con su pintura desteñida cuando los patrones abandonaron sus locales.  Ahora esos espacios quedaron pequeños para albergar tal variopintos de objetos, donde sobreviven muñecos de goma con relojes que quedaron marcando las horas en que sus dueños decidieron desprenderse de ellos. De pronto un  gastado Papá Noel con un rosario colgando del cuello, y de un gancho, cerca de sus botas, dos viejas máquinas de vender boletos de los bondis de época.
Pero entremezclados con todo esto, los puestos de ropa que invariablemente le van ganando espacio al resto, y  donde yo me voy haciendo fiel devoto. Hoy llegué a la tarde, y fui derecho a los locales que siempre me surtieron.
Un mes atrás esa camisa celeste con el cuello “como nuevo” ( detalle en el que siempre me fijo) , algún botón que no coincidía, pero al final me las rebusqué. Después de todo éste invierno promete frío y la uso con la campera negra con tachas. Yo me surto cuando voy a las “ ferias americanas” . Como ¿ no eran locales de “ compra-venta de ropa” ¿. Al fin, es lo mismo, porque voy al perchero y elijo. Así de fácil. Y así ese día le tocó a la camisa celeste. Un poco ancha quizá, pero se disimulaba.
“ Era grande el finado “ me dijo la Maruca cuando volví ese día a la casa, porque ella, para criticar se pone en primera fila. Pero yo ni mus, que no es lo mismo que mozzarella, pibe ¡Bueno, sigo. Hace dos semana compré la corbata roja con las rayas grises, que no digo colorada por la tilinga ésa que escribe en la revista que leí en lo de tito el kiosquero.  Ahí decían que colorado es lo colorado y lo rojo y nada más. A mí me pudre que uniformen, y además, siempre fui un poco contra. No me preguntes contra qué… contra, entendés ¿  Pienso que por ahí te quieren domesticar, y entonces…salto, y por ahí discuto. En fin, que finalmente la corbata iba bien con la camisa. No importa si tengo un montón de corbatas…anchas, angostas, con rayas, con flores , hasta tengo una con la imagen de Carlitos que la usé el día que fui al Pellegrini en Palermo.  Y así, como te decía, yo sigo y sigo. Junto unos mangos y arranco para la feria. Hace un montón de tiempo. Es uno de los gustos que me doy.  En algunos locales ya me conocen, soy cliente, como en el 75, donde la dueña,  Noemí, me dice que tengo crédito si la guita no me alcanza. A ella también le compré el mes pasado  la campera de cuero negro.
Que me venga a joder la Maruca a ver si a ella le dan crédito. Minga le van a dar si todos saben que los mangos que le sobran se los juega a la quiniela. Que éste a la cabeza, que el otro a la redoblona… y se conoce todos los números que  se le representan de noche. Que el muerto que parla, la niña bonita, los dos patitos, y así no hasta cien, creo que hasta el infinito. Morfa mucho la Maruca. De noche sobre todo. Cosas pesadas, guisos, pucheros… unos guisos tremendos…Ella dice que en el día no tiene hambre y se guarda para la noche. Sabes porque morfa tanto ¿Porque con el buche lleno da vueltas y vueltas en la cama, y sueña…sueña. Se sueña todos los números o como dice el libro del astrólogo que guarda en la cocina, las representaciones de los números. Y a la mañana va y los juega y a la noche está seca. Y después me jode que yo compro en la feria. Pero yo siempre tengo un mango porque me hago la changa todos los días. A la mañana salgo con el carro y compro vidrio, fierro viejo, planchas, lo que venga…hasta heladera cargo , y después lo entrego en lo del turco Julian, que me paga al peso. Con eso me mantengo. Le pago a la Maruca , que me alquila una pieza, y lo que me sobra, para el morfi . El único vicio que tengo, aparte del pucho, pero poco , eh!  ( y yo armo , que me sale más barato ) , es la cancha los domingos cuando Huracán es local, y la feria de San Cristobal, donde cada 15 días estoy firme como clavo de mesa.
Hoy como siempre, entré y agarré a la izquierda. Llegué al local 95, que tiene todo tipo de zapato y zapatillas . De lo que busques tiene. Y ahí vi los timbos, lustrosos, como me gustan a mí.  Brillosos, negros y puntiagudos. Parecían mi número… por dentro impecables. Me los probé. Me iban al pelo. Había que cambiarle los cordones pero era lo de menos. Tal vez algún detalle en el taco. Ya estaba un poco pretencioso. Como puede ser ¿ Me resultó un poco extraño, que su dueño los hubiera entregado por unos mangos o los hubiera dejado para la venta . El vendedor me dice el precio y le pregunté si sabía de quienes eran. Bueno, por empezar, éste es un dato que cuando comprás en la feria ni se acuerdan de quien era si lo compraron , ni te dicen de quien eran si lo tienen en consigna. Yo pienso que por si sos supersticioso, viste, con eso de que el finado o la finada…ma´si , mejor hacerse el sota. Pero al fin me dijo que el dueño los dejó y no sabe cuando vuelve.
Te cuento que mi otra pasión aparte del Globo es la milonga. Todos los viernes estoy firme en el club, pero hacía un tiempo que no iba porque los zapatos que tenía estaban gastados. Vos sabés        que en la milonga las minas te junan como bailás pero también te echan un vistazo a los timbos. Y éstos que ya eran míos, serían mi herramienta de trabajo. Porque si te querés levantar una mina, la tenés que trabajar milongueando y bien empilchado.
Al otro día a la tarde lo vi a José el zapatero y le pedí que les diera una repasada.” Es para la milonga, José ¡” , le dije. El los miró, levantó la vista de una forma que me pareció rara, misteriosa,  fue como un guiño que se le escapó, tal vez esa ceja llena de pelos que cuando se mueve un poco flamea como una espiga. Se le arrugó la frente .No  supe qué, pero fue algo rápido y siguió con lo suyo. El viernes, me los entregó listos, cobró y antes de irme me dijo…” Pibe, estos eran de Rufino…” “ De quién” , le dije ¿. De Rufino, pibe, Rufino Paiva. Y me contó una historia de milongas, amores y traiciones. Finalmente el hombre, que supo vivir no lejos del barrio, y que milongueaba como pocos, tropezó una noche con otro fulano que le afanó la mina con la que se lucía en cada baile. Parece que el Rufino esa noche arrugó y la vergüenza lo llevó lejos. Cuando me iba contando la historia, yo sentía que algo adentro mío se iba aflojando. Como una tristeza que crecía y no dejaba de aumentar. Yo te dije pibe, soy contra, pero los códigos se respetan. Me imaginé al Rufino yendo pa’ la feria con los timbos, pero no era la guita, pibe, no era la guita... Había algo más, de congojas y traiciones que no me iban , pibe, y para cuando el José terminó, yo ya  sabía que hacer. Al otro día enfilé al 95, y cuando el dueño me miró asombrado, le dije, “ no se haga problemas, maestro, se los dejo mejor que antes y vuelvo otro día por el cambio”.

                                                                                   Oscar Raúl Gutierrez 
Ilustración fuente: http://www.imaginense.net/argentango/numeros/09/nota_01.html

Geografía extraña, pero mía, Bárbara Benítez



Avenida Corrientes, te recorro con mirada ajena; antes no padecías de apuros. Te cruzo por Pueyrredón y las comidas peruanas invaden. Me tientan pero no me atrevo.
Un poco más allá dos morenas vociferan las trenzas de Shakira. Soy asaltada por las ganas de sentarme en el banco callejero y exponer el peinado a los caminantes. Pregunto el precio; cuestiono mi edad. Tal vez otro día de más coraje.
Sigo hacia el Abasto e imagino a los africanos vendedores de gafas escapando de una dictadura. ¡Pavadas! O no.
Entro al shopping con el recuerdo de pasillos sucios, rodeados de puestos de frutas y verduras que alguna vez comí mientras preguntaba dónde filmó Tita Merello o cantó El Zorzal. Añoranza decepcionada por el piquete de la historia.  Para volver al país cuarenta años sí son muchos.
Camino por mi antigua calle hasta llegar a Bustamante y Cangallo (que ya no es can ni gallo sino general). A través de los vidrios del nuevo edificio regreso al bodegón donde los puesteros comían el mondongo de los días martes. Una lágrima se conduele en esa esquina de adioses.
Giro sobre mí y –aunque nunca más estará- veo a Isaura, mi compañera de patinaje sobre las aceras sucias, a quien cuyo padre vendía para saldar deudas de juego. No le importaba; menos a mí, dispuesta a triangular cuando la comida venía después de aplacar al cliente.
Épocas de patear con medias rotas, zapatos descoloridos y ralo abrigo a cambio de billetes para otros. Pero sólo hasta Bulnes porque ahí trabajaban las chicas del Flaco Karate, quien revólver en cinto, nariz blanca y feroz tumor en el cuello protegía la parada.
Dejaste de ser el arrabal del que la gallega Cármina echó  a la hija para quedarse con el marido; el de los proxenetas cantando en algún conventillo La Última Curda o Uno. Sólo para acompañar la pena de Cátulo o Discépolo porque las nuestras rameras no contaban.  
El sábado era de gloria. Nos sacábamos la meretriz vestimenta para usar pilchas renovadas, tacones de punta fina y alta con cinta de cuero ajustada al tobillo, pelirrojas cabelleras, perlas que no eran, chucherías carnavalescas y así entregarnos a la milonga con el otario de turno, bajo la ruda mirada del ocho cuarenta disfrazado de comprensión en nuestra noche libre.
Los diecisiete años fueron viejos hasta que un empresario se encachiló conmigo y, tras buena paga, me llevó a Italia. Allá nos casamos; por él, no por mí. Me hizo estudiar idiomas, marketing y análisis contable. Entregó buenos años y  murió sin reprochar.  
Como asesora de empresas vuelvo a este pedazo de Buenos Aires maquillado con sucursales bancarias, luces intensas, boutiques de diseñador, plaza con rejas, construcciones de lujo emplazadas en los baldíos de mi anterior quehacer y bicisendas que confabulan contra la orientación.
De ese ayer prostituto sólo quedan imágenes subrrealistas. Ni lo cuento ni lo niego. El costoso perfume no me oculta el estigma de mis comienzos.

                                                                                                                         Bárbara Benítez

Pompeya y más allá , Pilar Cuevas


Recuerdo del pasado.
Barrio de tango que ya no es.
Puente que une y divide.
Perros abandonados que corren
gente que se hace invisible.
Pungas que arrebatan carteras
Gendarmes y prefectos que miran sin mirar.
Acá se acaba la ciudad.
Acá en Pompeya comienza el más allá.
Más allá ¿qué hay?
Miles que viajan a destinos lejanos
en colectivos repletos
donde sueñan o duermen.
Aromas del Riachuelo,
de habitantes
que migran cada día.
Y en la noche el barrio se queda vacío.
Unos pocos linyeras buscan dónde refugiarse
algunas putas esperan en vano clientes
y la oscuridad es madre de otras historias
amores y dolores
adioses y regresos
perdidos que se encuentran
madres que esperan
hijos que no quieren volver
amantes esperanzados
amantes olvidados.
Y entonces el puente solitario parece un faro.
pero no guía a nadie
se traga a todo el que se le acerca
lo lanza quién sabe dónde.
El puente solitario parece una cueva
donde se esconden aquellos
que escapan al dolor al fracaso
se esconden sólo para caer
en la vieja trampa. Solos.
Más allá ¿qué hay?
Tal vez nuevas historias
o las mismas de siempre
historias del tango
de cumbia
de rock
Historias de siempre
eterno vaivén de la vida
que ofrece una oportunidad
en cada amanecer
junto al puente
un nuevo sol y volver a empezar.

Pilar Cuevas

Ilustración: Celso Agretti

La fría furia, Aldo Bianco


Ya estoy harto de ser un perdedor, , basta de ruina lo juro, desde hoy estoy totalmente decidido a no jugar ni una moneda, se acabó San Cono, no hay fe para el Santo, no da para más basta de ruina lo juro; desde hoy el hipódromo de Palermo es un hospital de enfermos terminales.
Si quiero emoción, sigo un rato más con Marilú, la cajera del Super, mi canita al aire; así cambio la honda, total ya estoy vacunado contra el metejón fuera de casa. 
Porota, si se entera me salta encima, flor de escándalo, es todo una bruja.
Por ese lado cuido mi seguridad, ni se me ocurre hacerlo largo. Bueno voy para el Super a comprar cigarros.
¡ Qué bueno esto de tomar una decisión firme !.
El hombre se merece un cafecito .
...¿Qué yegua me dijo el Tuerto?... Era en la séptima eso seguro y daba
arriba de cien; y ahora donde lo encuentro,  él también empeño el celu.
Pero si lo anote,  ¡qué laguna!... en los bolsillos ya revise, en la cartera también.
Bueno tengo que llegar antes de las cinco y tal vez me lo cruzo.
Sino, compro la Rosa como ayuda memoria... y  listo  a cobrar.
Eso sí, es la última vez que arranco para el hipódromo.
-¡Largaron!   -arriba "Achicoria", linda yegua, arrancaste en punta, metele palo no te encierres
...que le pasa al dos,... ¡esa quiere ganar!; dale matunga
 no te quedes faltan doscientos...no se puede creer, cuarta salió.-
Ahí está el Tuerto pero... por qué tan contento.
-Hola Mamerto, estoy aquí ... te lo dije, dato de la fuente; como la acertamos... eh?.-
-¡acertamos qué? Salió cuarta la yegua.-
-¡Que te pasa Mamerto, amigo mío.-
- si entro cuarta esa manca "Achicoria"-
-Achis, te dije Mamerto,  Achis, como el resfrío.
-Desaparezco me voy a casa,... chau-
Al día siguiente Mamerto estaba sentado tranquilo, con cara de Revotril, leyendo su periódico, cuando su esposa, con fría furia, llega de la cocina y le revienta un sartenazo en la nuca.
-Por Dios, ¡Qué te pasa, Porota?-
-¡¡¡Esto es por el papelito que encontré en el bolsillo de tu pantalón con el nombre de Marilú y un número!!!-

-¡¡¡Porota!!!...¡No te acordás que ayer fui a las carreras?
Marilú era la yegua que aposté, y el número es cuanto estaban pagando la apuesta, ¡ufffa!
Satisfecha, Porota le pidió disculpas.
-Otra vez con tus ideas, si me dan ganas de no llevarte a cenar afuera.-

Días después, estaba él nuevamente sentado cuando...
recibe un nuevo golpe, esta vez con una olla a presión.
Mas asustado que idiota por el golpe, él le pregunta.

-Que te pasa ahora, ¡¡¡loca!!!?-
-¡¡¡Tu yegua llamo!!!.-

                                                                                                           Aldo Bianco

Embrujo, Carlos Alberto Graziadio


Embrujo

          Rafael hacía todos los esfuerzos a su alcance para dejar de fumar. Había consultado con doctores, asistido a cursos dictados por especialistas, recurrido a tratamientos alternativos y, hasta ese año, sin éxito. Fue entonces cuando conoció a un terapista que le recomendó hacer ejercicios físicos para liberar la mente y cansar el cuerpo. “Nadie fuma dormido ni mientras practica deporte”, era el lema.
          Las caminatas formaban parte de esa terapia y, por tal razón, una mañana estaba recorriendo a paso vivo un parque, siguiendo el circuito que había armado para facilitar su entrenamiento. En dichas circunstancias, iba por un sendero solitario cuando -de pronto- se cruzó con una mujer hermosa y se sintió impactado por esa presencia sorpresiva. Calculando que la mujer, vestida con atuendo deportivo, estaba recorriendo un circuito similar al suyo aunque en sentido contrario, siguió su camino y al cabo de un rato volvió a cruzarla. Entonces no reprimió una sonrisa, que le fue graciosamente correspondida. Así sucedió durante varias vueltas, hasta que Rafael no aguantó más: la saludó e invitó a compartir asiento a la vera del sendero, en uno de los típicos bancos de plaza con respaldo, hecho con listones de madera pintados de verde y soportados por patas metálicas.
          Fuertemente impresionado por la sensualidad que emanaba de su recientemente conocida caminante, soltó su impulso de decirle: “No quisiera que ésta fuese la última vez que nos encontramos ¿Por qué no me decís tu nombre y tu número de teléfono?” Levantándose de inmediato, la mujer le respondió: “No puedo”, y se marchó siguiendo su camino.
          Rafael hizo lo propio, imaginándose que volvería a cruzarla, pero no lo lograba. En un principio intrigado, recorrió otros senderos bordeados de vegetación, hasta casi perderse como en un laberinto. Luego, ya triste por no poder encontrarla y agotado de tanto caminar, se sentó a descansar en un ensanche del camino, donde había una sucesión de estatuas de desnudos femeninos. Paseando su mirada por esas obras artísticas, llevó sus ojos hasta un pedestal al que le faltaba la escultura. A través de volutas de humo tabaquero que no le permitían ver con nitidez y haciendo foco en la placa con los nombres del escultor y de su obra, leyó:

Carlos Alberto Graziadio

jueves, enero 31, 2013

Novedades literarias

Entrevista a Ana María Shua, cuyos textos nos acompañaron el año pasado en diversas consignas de microrrelatos, contiene también la lectura de relatos  breves y el comentario de otros libros y autores. Que lo disfruten. Un agradecimiento especial a Julia Bowland que es la diseñadora de Novedades literarios. 

Novedades literarias

martes, enero 22, 2013

Gatos, Alicia Infante




Llegará el día en que alguien, algún ser iluminado y valiente desenmascare por fin a los gatos, revele el cinismo gigantesco de su mirada imperturbable, la imperdonable burla de sus modales distantes, el verdadero origen plebeyo de  su pretendida  actitud contemplativa.
Como aristócratas perdonavidas se pasean con paso elástico pero en realidad están ocultando su incapacidad para sortear un aburrimiento milenario.   Gestos mínimos y estudiados  disfrazan su falta de interés por el mundo que los rodea, como si vinieran de un planeta brillante y divertido, y todo lo trascendente lo hubieran dejado allí y ahora sólo les restara tolerar nuestra  gris rutina con actitud condescendiente.
Comparten nuestro mundo con actitud desconsiderada: no sólo se apropian de nuestro sillón preferido,  sino que además debemos resignar la mejor ubicación frente a la estufa para que ellos se tiendan indolentes. 
 Es bien sabido que los gatos o tienen dueño sino personal a disposición, que acceden a cruzarse de vez en cuando en nuestro camino y a frotarse con desdén entre nuestras pantorrillas con el único objeto de incentivar nuestra cándida alegría, ruta directa y segura al plato de leche o a la latita de atún.
Y  en el extremo de la manipulación son capaces de emitir un maullido lacerante como llanto de bebé recién nacido y abandonado  para extraernos hasta la última gota de compasión.


Kimono tango , Octavio Belardinelli




Anselmo estaba sentado en la penumbra, con el bandoneón apoyado en los muslos. Los acordes y las escalas emitidos por el instrumento salían por la ventana, bajaban por la escalera y reverberaban en el patio del conventillo. Algunos pibes estaban jugando a la pelota sobre las baldosas.
Estuvo un buen rato practicando. Por momentos se dejaba llevar y entonces se hacía uno con la música, con la pieza casi a oscuras, con el patio y los gritos de los pibes, con el crepúsculo que caía afuera, sobre la calle Brandsen.
Unos golpes en la puerta lo sacaron de su ensimismamiento.
Se levantó, dejó el bandoneón sobre la silla y abrió. Una muchacha de ojos rasgados, con el pelo negro y lacio lo estaba esperando. Con la mano derecha sostenía la manija de una caja de madera.
—Maestro —dijo—. Vengo para que me enseñe a tocar. Me manda Bereterbide.
"¿Por qué será que a los japoneses les gusta tanto el tango?", pensó Anselmo. Le vino a la memoria la imagen borrosa de una cantante de ojos rasgados. Pero no pudo recordar el nombre. Había pasado mucho tiempo.
—¿El arquitecto? —dijo.
—Si.
—Pero no puede ser. Si yo no enseño. Dígale a Fermín que lo quiero mucho pero que no puede ser.
—Por favor, maestro. Terminé el conservatorio, me compré un bandoneón y estoy aprendiendo. Me va bastante bien. Pero siento que necesito la guía de alguien que sepa más que yo, de un maestro. Usted.
La muchacha hablaba con un perfecto acento de Buenos Aires. "Qué extraño", pensó Anselmo. "Ese acento con esa cara".
—¿Cómo te llamás? —dijo.
—Keiko.
Anselmo la miró. Era muy linda. Por sobre la cabeza de la chica, las nubes rojas en el cielo lejano parecían estar llenas de promesas. Su viejo corazón se empezó a ablandar.
—Bueno, Ranko...
—Keiko.
—Perdón. Keiko. No te prometo nada. Dejámelo pensar. Volvé la semana que viene.
La chica hizo un mohín.
—¡Oh, maestro! —dijo—. ¿Aunque sea no me puede tomar una prueba? Soñé tanto con este día... ¡Mire, traje mi propio bandoneón! ¡Por favor!
El corazón de Anselmo se derritió. Vaciló un momento. Miró las paredes del conventillo, pintadas de colores vivos, miró otra vez el hermoso rostro de la chica. Los pibes seguían gritando, abajo. El sol moría en el horizonte.
—Bueno, pasá —dijo—. Pero solamente un ratito.
Encendió la luz de la pieza y arrimó otra silla.
—Sentate. A ver lo que sabés hacer.
Le acercó una partitura. La chica abrió la caja de madera, sacó el bandoneón y se lo puso sobre las rodillas. Pasó las manos entre las manijas, estiró el instrumento y emitió unos sonidos torpes.
—No, no —dijo Anselmo—. Re mayor, es re mayor.
—Perdón, maestro.
Anselmo se sentó, tomó su bandoneón y ejecutó la partitura de memoria.
—¿Ves?  Es así, Ranko. Probá de nuevo, por favor.
—Keiko.
—Perdón.
Keiko lo intentó otra vez, pero de su instrumento siguieron saliendo sonidos horribles. Anselmo pensó que la chica no tenía la menor idea y empezó a arrepentirse. ¡Pero era tan atractiva!
Pasó un largo rato indicándole, haciéndola recomenzar una y otra vez. Por fin se recostó sobre la silla y cerró los ojos. Estaba muy cansado. La imagen borrosa de la cantante de ojos rasgados volvió a aparecer en su mente.
—Maestro —lo despertó la chica—. ¿Quiere que le prepare un verdadero té japonés?
—Bueno.
Keiko fue hasta la cocina. Al rato volvió con dos tazas humeantes. Anselmo sopló en la suya y tomó un pequeño sorbo.
—Qué sabor raro —dijo.
—Es un té verde de los campos de Uji. Lo traje especialmente para usted, maestro. Me lo mandó mi mamá desde Japón.
—Ajá —dijo Anselmo, y siguió tomando.
Keiko apoyó su taza sobre la mesa, guardó el bandoneón en la caja de madera y la cerró. Esperó a que Anselmo terminara de tomar el té.
—Me voy, maestro —dijo.
Anselmo sintió un ardor en el estómago.
—Ranko...
—No me digas Ranko, yo soy Keiko.
Los ojos de la muchacha se habían vuelto de piedra. Le acercó la cara y le habló con dureza.
—Ranko es la mujer que abandonaste hace veinte años sin decir una palabra.
Anselmo empezó a sentirse mareado. El ardor le abarcaba todo el vientre.
—Tanto tiempo —dijo.
—Si, tanto tiempo y ni una palabra. Tanto tiempo y nunca te importó saber nada de Ranko. Sos un hijo de puta. Ahora ella está muerta. Se acaba de suicidar.
—¿Vos sos?
De repente recordó el concierto, en un teatro de Florencio Varela. Había mucho público. En la primera fila, una familia de japoneses. El padre, la madre y una chica de unos dieciséis años. Él estaba en lo mejor de su carrera y la niña de ojos rasgados quedó deslumbrada.
Ya no sentía el fuego en el estomago, ni el mareo. En cambio, una pesada somnolencia lo fue inundando y se le enfriaron los pies.
Después del concierto la chica fue sola hasta su camarín y se presentó. "Mi nombre es Ranko. Me gusta mucho lo que usted hace y a mi me gustaría cantar". Anselmo le sonrió. "¿Por qué será que a los japoneses les gusta tanto el tango?", pensó.
Fue un amor intenso y breve, como todos los que había tenido a lo largo de su vida. Después, él siguió su vida y no supo más de ella.
Y ahora...
—¿Vos sos?
Pero Keiko ya no lo escuchaba. Había agarrado la caja de madera, había bajado la escalera del conventillo y se había perdido en la noche.
—Sos... —dijo Anselmo.
No pudo decir nada más. No pudo pensar nada más. Sentía que el nudo de su vida se desataba y que entraba suavemente en la muerte.

Retazos de una historia, María Cristina Carrizo




ANGUSTIAS Y DOLORES – a los ocho años.

Se los podía escuchar aunque estuviésemos medio dormidas. El primer sonido era el timbre; después, algún plato que se rompía. Todas las noches se repetía lo mismo.
Me encerraba en el baño, sobre el inodoro. Desde la escalera se los podían escuchar mejor.
La voz de padre casi ni se escuchaba; al principio, cuando regresaba de trabajar. Por momentos, la discusión parecía amainar.
A las seis tienen que levantarse para ir a la escuela.
El trabajo, el jefe o la plata. Siempre la plata. Al final, vago e inútil, un poco antes del portazo.
En la misma habitación, mi hermana seguía despierta. Yo, sentada. Por ver si dejaba de contener su llanto.
-Cuando seamos grandes, nos vamos a vengar de esta mierda, Murmuraba yo.
Al rato, afónica y con la cara enrojecida se metía en mi cama.
La mañana siguiente no podíamos evitar los ojos hinchados. La ronda de excusas.
-        ¡Que sea la última vez que no duermen cada una en su lugar!, gritaba madre.

EL MOSTRO

Nosotros, a toda hora del verano en la calle. Asolamos cada uno de los pasajes con nuestros gritos. Los vecinos asomados a la puerta se reían por lo bajo. Los mil y un días de los indios Carapachay, murmuraban.
Nunca llegamos más allá de tres o cuatro cuadras a la redonda. Por eso elegíamos los platos de metal.
Sacábamos galletitas de la despensa. Conseguíamos palos largos que caían de los árboles. Éramos una bandada que aprendió a cambiar pañales; a robar trapos y  almohadas por la noche. Y al día siguiente, vacilamos sobre los cordones de la vereda, bajo el sol y el ojo de madre, barriéndola.
Andreíta, a veces, no podía salir por su dolor de oídos. Otros días, Irina y sus hermanos llorosos, tras las rejas verdes. El padre de Alicia y Josecito, cada tanto, los corría con un rebenque.
Si llovía, Carmen y su hermana Helena invitaban submarino con bizcochos. Esa casa olía siempre a perros y viejo hacinado. Y el saludo de su esposo, a alcohol.
Lo primero que conseguimos fue una pequeña linterna, recuerdo. Bajo el mentón, en las noches de luna nueva.
Cada vez la pedía otro. Quería ser El Monstruo.

LA MUERTE DEL GENERAL – a los diez años

Lo encuentro a papá en la habitación más grande. Me paro en el marco de la puerta. Bajo sus ojos hay más oscuridad.
Está sentado en el borde de la cama matrimonial. Con la camisa desabrochada; en la derecha, la chaqueta del uniforme azul. Todavía en la cintura, el arma reglamentaria.
Al lado de sus pies, hay dos botones dorados. Me acerco para levantarlos y sentarme.
Con los ojos fijos en la pantalla, me hace seña de alto. Solo puedo ver de la televisión prendida, la carcasa.
Entonces, me siento en la cabecera de esa cama de matrimonio. La espalda bien derecha apoyada en la cabecera.
Veo las imágenes de un entierro multitudinario. De fondo, la voz del hombre muerto. Hablando cansina, con autoridad frente a otra multitud de jóvenes.
-        Y esta vez, esta vez... – murmura, solloza mi padre- no vuelve más.

EL FITITO - a los doce años

Piso, con la bicicleta, tierno celeste en las veredas. Me acaricia el viento ahumado con eucaliptos. Después de llover, los troncos añosos del barrio se vuelven oscuros como el petróleo.
Una vez, me llamaron. Sin apagar el motor ni bajarse de un pequeño auto blanco.
Era joven el hombre con anteojos. Me acerqué con la bicicleta al cordón. Preguntaba por una calle. Sonrió y yo sonreí. La camisa blanca afuera del pantalón. Una goma gruesa en la cintura que se movía un poco. Sin sonreír más, me quedé mirándola.
Luego miré su cara. Esa sonrisa se parecía a una de la televisión. Balbuceé. Miré hacia el fondo de la calle y le contesté que no sabía.
Pero es ésta, pensé. Un calor sentía de mi pecho a mi cuello.
Lo miré otra vez. De reojo, supe que la goma seguía en el mismo lugar. Muy callada escuché:
-        ¿Por qué te ponés nerviosa, nena?
Con el pie derecho ya en el pedal, contesté:
-        Señor, yo no estoy nerviosa.
Arranqué sin mirar para atrás. Mejor no decía nada en casa. Ojalá hubiera podido encontrar pronto a Silvina. No sabía qué era eso que tenía el hombre. Por qué se reía de mí.

EL SONIDO DE LA MANO – Argentina, 1976.

Sonidos de agua y vajilla en la cocina. Hasta las habitaciones infantiles de la planta alta llegan en sordina.
Dos vueltas de llave, en la puerta de calle. El hombre de la casa entra en la cocina. Su mano izquierda apoya con cuidado la pistola cuarenta y cinco arriba de la alacena. La derecha, en el hombro de su mujer. Con ojos y voz de haber dormido casi nada, murmura:
-        El tipo sale tarde.
-        Decíle que el fin de semana no podés. Mi hermano..., intenta continuar.
El hombre caminaba hasta el baño pero se detiene.
-        ...un garca que tiene contactos...
-        ...los chicos me hacen renegar.
-        Trabajo para vos y para ellos...
-        ¿Con este jefe no te peleás todos los días? – Acota ella y abre la heladera.
-        Con un civil sólo discuto por dinero...
-        ...entonces...
-        ¿Me venís escuchando? ¡El jefe permite todo tipo de ilícitos!
-        No es tan malo; exagerás – Sonríe. Un sachet de leche en la mano.
-        Se aprovechan del decreto...
-        Rebelde y vago. Por algo mi padre no te quería...
-        ..era contrera y punto...
-        ...¡peronista y policía!, grita la mujer.
-        ...calláte, calláte, calláte – murmura él y en milésimas de segundo, atenaza sus muñecas – Los vas a despertar.
-        Me los llevo a casa de mi hermana – responde parada sobre un charco blanco en el granito negro del piso de la cocina.
El hombre se sienta y  hojea el diario con una media sonrisa.
-        Traslado: el  Mundial78 lo vamos a ver desde la provincia de Río Negro.
-        ¡Dios mío! – Exclama su mujer desde el baño. Se masajéa las muñecas bajo el agua fría y agrega- ¡Cambios de colegio en septiembre!
-        Negativo. El 10 de enero, viajo. Después, ustedes en camarote. Casa por dos años, mínimo. Un extra mensual importante durante el primer año por zona desfavorable. Me voy a dormir.
Las llaves de la puerta de entrada suenan otra vez.
La mujer sentada sobre el inodoro mira el espejo y da un portazo.
En el primer piso, otra puerta entornada - muy despacio - se cierra.