martes, mayo 24, 2011

Viajes, Cristina Diez, Curso Lunes de 14 a 16 hs.


 “En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces”

J. L. Borges


          Corre el año 1870 y pico… Jacinta es la hija mayor de Mailen y la nieta del cacique Elche, que ha muerto hace poco. Es diferente del resto de sus hermanos. Tiene los ojos del color de la miel y un nombre ajeno.
          Mientras se aleja de las tolderías para buscar agua en el río, canta una tonada que aprendió de su madre. Es una historia de amor extraña.
          Cuando llega a la ribera, deja la vasija en el suelo, se quita la túnica y se zambulle desnuda. Nada con destreza hasta la zona más profunda y se sumerge, haciendo espirales de burbujas, para recoger piedras del fondo. En la hondura fresca y transparente, ni los peces – que siempre se han caracterizado por su indiferencia- pueden sustraerse a la atracción de la mirada amarilla que asoma entre  la vegetación acuática.
          Regresa con una piedra rarísima. Por la noche, a la luz del fuego que ilumina la cueva, la examina, mientras afuera se suceden los ritos y los juegos en honor del viento. Es un guijarro diferente, translúcido, más grande y de colores variados. Lo acerca a los ojos y ve las fogatas y las danzas, transfiguradas en  amarillas, anaranjadas y lilas. Lo compara con el resto de su colección y nota que es liso y suave. Descubre, en un extremo, un orificio que, para ella, es un redondel lleno de vacío. Mira a través de él y ya no aparecen los nativos ni los caballos ni su madre, sentada en rueda con otras mujeres que hilan en silencio. Tampoco ve las paredes de la cueva ni las mantas apiladas para vender en la feria.
          Del otro lado del círculo, la mujer rubia de la canción de su madre le sonríe y le habla en una lengua desconocida. Tiene el cabello recogido y los ojos grises de los gatos salvajes que merodean por los alrededores.
          Jacinta aprieta la piedra con temor y aproxima otra vez el hueco transparente a sus ojos dorados. Ahora ve a la misma mujer de cuerpo entero, a caballo, sentada en la grupa y aferrada con los brazos al torso de un indio joven, que cabalga a pelo.
          La indiecita ha conocido a su abuelo y juraría que ese hombre es el mismísimo anciano que la llamó Jacinta para siempre, que tantas veces la llevó a cazar cuando era  chica  y con quien aprendió el baile de las estrellas, hermanas de la luna. Aunque éste que está viendo, tiene el pelo renegrido y la piel suave, sin arrugas.
          Inmediatamente cambia la escena. La joven blanca y el indio salen de una tienda. Los sigue una niñita de trenzas oscuras, que- nota sorprendida Jacinta- se le parece mucho, tal como ella misma se parece a su madre, sólo que ésta tiene los ojos del color de la noche cerrada. Todo coincide con la copla que ella le ha enseñado sin revelarle nunca dónde la oyó. La pareja se despide con un abrazo profundo y prolongado, en silencio. Ella llora, alza a la pequeña, la cubre de besos y se la entrega a su compañero. Empieza a alejarse sola hasta que se pierde como un punto en la neblina de la madrugada.
 Se sucede rápidamente otra imagen. La extranjera, exhausta, se encuentra con un anciano de gesto severo que la espera en las afueras del caserío de los gringos y le da una bofetada. Los ojos del viejo son iguales a los de Jacinta pero duros y helados. No lleva manto ni vincha. Usa una casaca militar parecida a la de otros blancos con los que, desde tiempos remotos, se reúne el consejo de la tribu.
La muchacha guarda pensativa la piedra y se duerme. En sueños oye su nombre pronunciado por una voz femenina. Al alba, sale sin ser notada cubierta con la ruana que Mailen le ha tejido - según la tradición. para cuando le llegue el tiempo de ser madre- y camina hacia el sur.
Muy lejos de los suyos, bajo la resolana densa, una anciana canosa y de ojos grises la espera con los brazos abiertos.





domingo, mayo 01, 2011

Versiones sobre "Sombras sobre .vidrio esmerilado" de Juan José Saer

Para leer la versión original ir a Un sillón de terciopelo verde, nuestro blog del taller de lectura.
La consigna era escribir la historia desde distintos puntos de vista, una especie de escritura sobre la lectura pero desde la ficción, versiones que todas amalgamadas enriquecen el texto, permiten situarse en distintos lugares de la historia y completar el sentido con nuestra propia mirada. Relatos, cuentos breves y poemas surgieron de esta experiencia:

Siento que veo, Susana Tai Chi

Veo un cuento con un verso tratando de elevarse de un destino impar. Veo.
Siento la sensibilidad de un personaje que transita caminos dentro de su alma elevada.
Siento.
Leo vidas caídas, en el tedio y el hastío de las decisiones de un camino elegido.
Leo.
Veo prejuicios consumir palabras como incendio que quema un silencio. Veo.
Siento deseos de acompañar a los que pueden escribir lo que sienten  sin estridencias.
Siento.
Leo relatos, luces y sombras, continuidad que cambia y cambios que llevan a una continuidad.
Leo.
Veo detrás de unas plantas una escena.
Veo .
Tres protagonistas y sueño que yo  siendo el cuarto  voy a vivir cuándo alguien  escriba lo que yo siento.
Siento lo que siento entre luces y sombras sin vidrios esmerilados. Siento.
Leo lo que no siento, escribo lo que no leo y siento que puedo sentir lo que deseo.
Siento.

La reflexión de Tomatis, Nadia Settecasi
 
“Andate a la mierda, ¿querés?”
Yo había cerrado la portezuela del taxi, después de mencionar lo de las casualidades y las mutilaciones. Adelina bajo rápido la ventanilla, dejando entrar toda esa neblina, sacando como del medio del pecho esos ojos enormes llenos del reflejo de alguna lagrima contenida.
Eso hizo. Me mando a la mierda y el taxi arranco, y su pecho en llanto. Los oí al unísono, como si fueran un mismo motor, gastado, sin lubricar, quejándose con ronquido seco. Sabía que después de eso, no volvería a verla. Se me fue la mano y la vida en semejante estupidez.
Llamo mi atención desde el primer día. Tan tímida, tan anticuada, tan prolija. Pero tenia ese don de incrustarte las palabras en la nuca y no dejarte dormir. Cada noche me acostaba y recitaba de memoria las partes favoritas de todo lo que Adelina escribía. Me acostaba boca arriba, a medio cubrir, en mi cuarto miniatura de techo altísimo con una ventana tan pequeña por donde entraba la tenue luz de algún farol, de alguna estrella. Y ahí mismo, mientras repetía sus escritos, musitando los escritos de esta mujer de un solo pecho, de un solo dolor, yo, imaginaba sus ojos mirándome mientras me recitaba las partes favoritas y yo la iba desnudando, la iba despojando de esas ropas grises sin diseño, de esa timidez inútil donde se ocultaba, hasta volverla una leona brava que corta el aire con su lengua afilada y no me importaba siquiera imaginarme un agujero, un pozo sin forma en lugar de su seno. Podía rellenarlo con toda su pasión contenida, con su desfachatez disfrazada de mujer resignada, podía rellenarlo... y entonces no me importaba nada.
Y luego me imaginaba otras partes de su cuerpo, mas intimas, menos faltantes y deseaba tocarla y traerla hacia mí. A veces no eran solo sus ojos sobre la pared altísima opuesta a la ventana pequeña, a veces también era toda ella y todo yo en una minuciosa lucha de cariño, despojándonos de nuestras tontas pertenencias.
Se enojo mucho Adelina esa noche. Se enojo conmigo, pero más se enojo con ella. Me di cuenta porque el taxi paro a unos cincuenta metros y se quedo con el motor en marcha algunos minutos. Yo seguí ahí parado, el motor encendido, su pecho en llanto.
No supe pedir disculpas, no supe caminar hacia ella.
Imagino que Adelina tampoco pudo bajar de su taxi, de su mundo oscuro, que la arropa y la lleva donde quiere. Imagino que no pudo optar por la neblina que le pegue fría en la cara y la sacuda para buscar otra forma a la misma vida, que la aleje de los viejos suplicios que carcomieron su seno y ya no mire su cicatriz solo para recordar lo mucho que ha sufrido.
Comprendo que Adelina se haya enojado conmigo. Una refutación es el argumento para destruir las razones del contrario. Igual que su madre en su lecho de muerte, es lo que yo le pedía esa noche.

Punto de vista de Susana, Héctor Guetufian

Les dije que me dolía la rodilla e iba ir al médico. Mentí. Disfrutaba esos momentos en que Adelina y Leopoldo se encontraban a solas en la casa. Hablaban de cosas sin importancia, como quien evita que la ceniza emerja en hoguera. Hoguera fue la época en que eran novios. Yo me adelante a mi hermana y me casé con Leopoldo.
Cerca de llegar a la casa donde vivíamos los tres, se me ocurrió una idea feliz. Ellos iban de compras a un bazar, los acompañé una vez. El dueño los miraba con ternura. Desde que nos casamos no fuimos más. Les comenté la idea de ir y aceptaron sorprendidos. Me las ingenié para que entren primero. El dueño  se alegró de volver a ver a la pareja. Me mantuve distante. Antes de salir, le di a mi marido un beso en la boca, largo como los de las telenovelas. Al dueño del bazar le susurre al oído, somos una familia muy liberal .
Desde el punto de vista de Tomatis - Rodolfo Falchetti

Hoy con claridad, ante mucho público, le dije a Adelina lo que pensaba de ella.
Aumentó mi rabia contra el género humano saber que la elegían como abanderada de las letras, para hablarnos a los jóvenes de educación.
Reconozco que desde el punto de vista de la sociedad pacata, timorata, que organizaba el acto, era la indicada para cerrarlo.
Cuando la escuché disertando sobre la condición del Hombre no pude soportar más y en forma de chanza amable, dije que la señorita Adelina salía poco a la calle.
Por supuesto, dentro de sus límites no cabe la ironía. ¡Si pienso que hasta quedó agradecida ¡
Después, en la comida, me senté intencionalmente a su lado, tratando de escandalizarla. Tomé, fumé en abundancia, le hablé de fornicación. Solo encontré una chispa fugaz en sus ojos, nada más.
Creo que siguió convencida de que había que guiarnos de acuerdo a lo aprendido de sus padres, gente conservadora que murió de disgusto por los cambios sociales que se producían.
Le elogié un par de sonetos pasables dentro de su obra. No supe si comprendió mi intención de pedirle que rompiera con esas formas estúpidas de poesía.
Hasta le expliqué que la amputación de un seno se lo había ocasionado ella misma por ser reprimida.
Solo me faltó, y ya habrá oportunidad, de hablarle de otras intimidades suyas que conozco. Se que sigue embelesada, tal vez como ella dice prendada de su cuñado. Que desde que lo vió desnudo solo puede observarlo desde la cintura hacia arriba, adivinando a través del vidrio esmerilado del baño sus formas y movimientos. Tejiendo fantasías eróticas solo por un momento de visión secreta de su hermana y Leopoldo hacía muchos años.
El día que publiquen algo más suyo y nada de los míos, le contaré quien es su amado Leopoldo en realidad. Un tipo vulgar, mundano, que fue por ella y se quedó con Susana, instalado con comodidad en esa casa, atendido por ambas hermanas. Un hombre que cuando bebe nos habla de las cosas que ella escribe y guarda en los cajones y nos dice como Adelina no perdonó nunca la elección.
Así aprenderá a no querer enseñarnos a nosotros, los Tomatis de la nueva generación.

Desde Leopoldo, Leonardo Fernández

Sé que está allí, siempre a esta hora desde hace años controla cada uno de mis gestos, al afeitarme, lavarme los dientes y con especial atención cuando tomo mi ducha. Sé lo que piensa en forma enfermiza.

En los últimos meses se me ha dado por prolongar ese momento imprimiendo a mis movimientos una cuota cada vez más audaz y de clara intención sexual.

Ella nunca pudo aceptar mi decisión de preferir a Susana como esposa: me hago cargo de ser parte de su frustración como mujer, sé que la marcó para siempre la tarde que nos sorprendió haciendo el amor en la playa y ver mi sexo desnudo, la hundió en un sentimiento de temor y deseo.

Sigue con la mirada fija en el vidrio esmerilado de la puerta, su presencia  está en el rítmico vaivén de la hamaca, atrás, adelante, atrás, adelante interminable en la tranquilidad de la tarde. 

Piensa seguro en su vida de sueños incumplidos, carente de planes de futuro sumida solo en su limbo literario, el temor a mostrar su cuerpo mutilado y el amor odio que la embarga al verme. Trato de no pensar en todo esto, cada tarde la rutina me domina, preparo con cuidado mi primer trago en el patio frente a Adelina que observa mis movimientos con disimulo, estiro el momento, bebo lentamente prolongando su espera enfermiza sin poder evitarlo, se que espera el sonido del hielo en el vaso del segundo aperitivo como si fuera el final de un orgasmo contenido.

Susana juega con nosotros al gato y el ratón, nos deja solos unas horas y luego llega con cara de sospecha y  frases con doble intención. Su amargura comenzó cuando los dolores físicos y cambios hormonales le hicieron bajar a la nada sus deseos sexuales.

Adelina lo sabe y a veces creo ver en sus ojos una mezcla de esperanza y ansiedad. Los reproches y sospechas injustos no hacen más que incitarme a hacer realidad los celos enfermizos de mi esposa.

Hoy Susana fue al médico y nos dejó solos nuevamente. Me doy una ducha mientras pienso en estas cosas, mi oído está atento al movimiento del sillón atrás, adelante, atrás adelante, de pronto cesa su rítmico movimiento, miro hacia la puerta de vidrio esmerilado, su sombra se agiganta, contengo la respiración.  


El hombre al que amé, María Cristina Scarlato

                                         (Basado en Sombras sobre vidrio
                                          esmerilado, de Juan José Saer)

Veo su sombra
tras el vidrio esmerilado
ese hombre al que amé
ya no me pertenece

Detrás del follaje cómplice
la tarde cubrió mi alma
en el final de aquel día
la sin razón del deseo
nació y pereció al instante

Mi añejo cuerpo ultrajado
aun se conmueve al verlo
mas desearlo no debo
No debo
No debo

ADDENDA  DE  ADELINA FLORES, Carlos Merlino

          Escrito encontrado en la parte inferior de su mesa de luz, tras una chinelas color rosa y unos zapatos de cuero con cordones, días después de su fallecimiento en mil novecientos setenta y cinco.

          Sé que quienes hayan leído el relato de pasajes de mi vida que escribiera hace ya algunos años, y que titulara “Sombras sobre vidrio esmerilado”, habrán quedado con algunos interrogantes.
          Ganas de saber quién y cómo era mi padre, y por qué dije que lo mató el peronismo. Deseo de saber por qué mi madre dijo antes de morir sobre su esposo: “”nunca tuvo la menor consideración conmigo.”
          En fin, ganas de saber por qué dije a los cincuenta y seis años que los libros que me rodeaban en mi cuarto eran polvorientos y tenía que pasar las tardes de verano en una mecedora.
          Papá era un industrial de acá de Santa Fé, primera generación argentina de españoles. Proveía chapas pintadas para heladeras y otros enseres que le compraban desde Buenos Aires, Córdoba, Rosario. El gobierno elegido por las mayorías en el cuarenta y seis había promovido entre la gente gran demanda de estos  aparatos. La otra cara del asunto eran los reclamos sindicales. El gremio metalúrgico exigía convenios con aumentos acordes a las ganancias del empresario, y había cierta prepotencia antes infrecuente en el trato del obrero hacia el patrón.
          Era ahí donde el señor Flores fallaba, para lo que no estaba preparado. Que su secretaria, azorada, abriera la puerta de su despacho para decirle “Señor, los delegados entraron a la secretaría, piden una entrevista” lo golpeaba, lo descontrolaba.
Acostumbrado a imponer su opinión le costaba  infinito escucharlos, decir que iba a estudiar lo pedido, que, en fin, vería lo que podía hacer. Durante un paro que hicieran durante tres días pidiendo la reincorporación de un despedido mi padre era otro. Con el rostro demudado vagaba por la fábrica, masticando su odio.Ya llevaba casi tres años en esa pelea, pero mientras tanto no dejaba de ingresar ganancias.
          Una mañana pareció que se recostaba sobre su silla cuando desayunaba, al tiempo que me sorprendió ver que un  insecto se introducía en su boca entreabierta…
           Mamá dijo “hagan lo que quieran con la fábrica”. Leopoldo no estaba dispuesto a dejar su empresa de repuestos de camiones, y ni mi hermana y yo nos habíamos preparado para dirigir una metalúrgica. Debimos apresurar su venta.

          ¿Porqué mi madre dijo lo que relaté? No lo sé. Lo que haya ocurrido entre ellos lo mantuvieron bien dentro de su matrimonio. Quizás a sus hijas nos faltó perspicacia para darnos cuenta. Sólo puedo recordar que él viajaba a Buenos Aires y Córdoba  dos veces a la semana a atender sus negocios, viajes a lo sumo de cuarenta y ocho horas.


-2-

¿Mamá le habría descubierto otra mujer, otra familia, y no nos dijo nada? ¿Mi cuñado sabría algo y se lo guardó? Nunca le saqué el tema. La relación diaria entre mis padres fue normal a mi modo de ver, aunque quizás poco efusiva ante terceros.

Con respecto a mí…
Toda mi vida me resultó difícil hablar sobre mí. Soy una solterona virgen que no quiso o no supo conquistar a un hombre. Tuve una mixtura de incapacidad, comodidad e indiferencia que me impidió buscar la felicidad en el matrimonio, tener hijos. Las letras lo fueron todo, y más la poesía. Escribir poemas era como lavarme, lo hacía porque era necesario. Debo reconocer que mi padre fue el único hombre en mi vida, que mi historia inicial con Leopoldo había perdido todo interés para mí cuando decidió elegir a mi hermana como su mujer.
          Ya sin la responsabilidad de la fábrica profundicé mi carrera en el magisterio y me dediqué más que nunca a las letras y a la poesía. 
 Aún considerándome una poeta de cierto valor mi natural timidez no me dejó salir a promocionarme. Así tampoco me provocó atracción lo sexual. ¿Frigidez por la que debí haber consultado a algún médico?
En una de ésas quién me dice, en un libro de texto de literatura algún chico del secundario encuentre en el futuro una especie de epitafio sobre mí: “Adelina Flores, poetisa santafesina fallecida en (lo dejo en blanco). La crítica ha considerado valiosa su obra a la vez que poco conocida, sólo quizás en círculos especializados.”

jueves, abril 14, 2011

Salvataje, Susana Tai Chi

La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
“Vean a qué cosas se aferran los seres humanos,”
Sentado en  la ambulancia el practicante sintió cuánto deseaba ir a su casa en Bragado, el campo donde había crecido .Una imagen de un día soleado recorriendo el camino de tierra con los perros saltando a su alrededor surgió en su memoria.
La doctora dijo:
A mi me encantaría un día al sol  leyendo sin horarios, en esta época que todavía no hace tanto calor.
El chófer imaginó un día sin autos  mientras trabajaba una mesa de madera que hacía rato había empezado y no encontraba momento para terminarla.
Casi llegaban al hospital cuándo el enfermero dijo:
Yo quisiera saber que todo va a estar bien .Una sombra empañaba el recuerdo de su mujer debilitada luego de una enfermedad con diagnóstico reservado.
Entraron  a la guardia y la doctora se fue a la sala de descanso.
Pensativa se cruzó con su amigo el traumatólogo que le preguntó en que pensaba.
Ella le dijo:
Si pudieras pedir cualquier cosa, ¿vos que desearías?
El traumatólogo casi sin pensar respondió:
A mi me encantaría tener terminada mi casa así podríamos disfrutar la pileta y el quincho, claro que necesitaría ganarme el loto. Se rió y le brillaron los ojos verdes.
Qué regalan, dijo el clínico mientras se servía un cortado.
Lo que vos quieras sólo tenés que decirlo en voz alta afirmó con entusiasmo sintiéndose generosa
¿Me vas a conceder cualquier deseo?
Sí, hoy es el día de todo es posible, solo hay que desearlo en voz alta.
Siendo así, yo deseo una novia hermosa que me quiera mucho y no me pida nada.
Quiero encontrarla contenta cada vez que llego a casa y darle lo mejor de mí.
Yo también quiero pedir dijo el dermatólogo.
Yo quiero irme de safari al África y luego una semanita a una isla del Caribe.
Y pensar que ya no me quedan vacaciones para tomarme agregó mientras comía una galletita de chocolate.
Una enfermera entró apurada buscando a la doctora, en la sala de espera estaba la mujer del señor que habían traído más temprano, no lograba entender que había sucedido.


jueves, marzo 31, 2011

Palabras de Bienvenida a nuestro Taller 2011

Una vez más nos reunimos en torno a la palabra, nuevos integrantes y los que nos acompañan desde hace años, haciendo crecer su escritura y manteniendo su entusiasmo. Los recibimos con el deseo de que en este espacio de libertad y creatividad encuentren su propio decir. 
La creación a través de la palabra nos permite plasmar nuestro imaginario, alimentarlo con otras textualidades, enhebrar nuestra historia y vestirla con los recursos de la ficción. Aquí esa desnudez inicial encuentra su ropaje. Nuestra voz se mezcla con muchas voces y toda palabra pierde su sentido literal para poblarse de sentidos. 
Iniciamos este camino de la mano del cuento fantástico, transitando ese misterioso equilibrio entre la ficción y la realidad. Escribiremos desde esa grieta, transitaremos en estos primeros tramos esa imprecisa frontera .
Sean bienvenid@s a esta nueva aventura. 

martes, diciembre 28, 2010

Como pasos de baile - Fragmentos de varios autores

Su pie acarició imprevistamente, como nunca lo había hecho, el borde mismo de aquel escenario que hasta ayer había desgastado con sus zapatillas, y que hoy lo encontraba resbalando y estrellándose de bruces frente al público expectante  

Aldana

“Su pie blanco, cuidado y de uñas perfectas, acarició el borde de la banqueta tapizada en brocato color bordó que se encontraba al lado de la cama. El, lo tomó con delicadeza entre sus manos, lo retuvo largamente, lo besé y lo apoyó en el mismo lugar. “
 
Rosa

Su pie acarició, cayeron algunas piedras, el borde del desfiladero pero inmediata, instantáneamente se echó hacia atrás.
¿Valía la pena entrar en otro infierno peor que el que estaba viviendo?
Se alejó presuroso del bar, diciéndose: tengo que recomponer mi vida, empezar de cero”.

José

Su pie, largo, delgado, de delicada piel casi blanca, y con uñas rojas bien delineadas, acarició el borde de la cama como invitándolo, como diciéndole “acá se está mejor, vení a  buscarme”.

Carlos

Su pie de bailarín de salón con relucientes zapatas, asombraba por su desplazamiento con rítmicos pasos, acompañados con el movimiento de su cuerpo elegante y por su hermosa compañera de ropa bien ceñida al cuerpo a la que llevaba bien apretada, hasta que en un giro del baile, acarició el borde de su calzado charolado para hacerla entrar en un movimiento de cintura y de pies dignos de admiración, francamente, para el aplauso.

Rodolfo

“Encorvado, caminaba lentamente como en un movimiento de danza, cuando con un pie pateaba con fuerza, haciendo una mueca, sin avanzar gran cosa su pie acarició el borde del olvido pero sin las hogueras de la calentura en las tierras del estrépito…..”
Isabel

viernes, diciembre 17, 2010

.Lampadíaz, Fabiana Olea, Miércoles 17.30 a 19.30 hs

     La señora Díaz, siempre la primera en levantarse para preparar el desayuno familiar, cuando salió a buscar el diario encontró una nota pegada en la puerta de la casa, luego de leerla, asustada, se la mostró al marido, que atónito enseguida llamó a la policía, sin importar las consecuencias ante todo la seguridad de su familia. Se sorprendió por lo rápido que en la puerta de su casa llegaron tres patrulleros y dejaron dos oficiales de guardia en su propiedad, les prohibieron salir hasta que resolvieran el caso. El matrimonio Díaz y su hija de veinte años, eran prisioneros en su propia casa.

     A los tres días Jorge disfrutaba tranquilo de su delicioso desayuno mientras leía el diario, la nota de tapa lo llevo enseguida a la página diez…
Veinte familias de Mataderos aterrorizadas por una nota anónima:
“tus diaz están contados
bandoneón diaz, rufino diaz, y cucurucho diaz,
saldran de la carcel y serán tres”.
Los hermanos Díaz, condenados por el asalto millonario al Banco Provincia y homicidio culposo de ocho rehenes, luego de veinticinco años de condena ya no podrán salir por buena conducta. Aún no se comprende el motivo de los anónimos ya que el cuarto hermano, Jorge Díaz, alias Lamparita, fue hallado muerto dentro del auto que se incendió cuando trataba de escapar del asalto.
       Cerró el diario, fue hasta el balcón, encendió un cigarrillo y comenzó a reír a carcajadas, cómplice le habló al paisaje.
     -Esto confirma sus apodos, si no fuese por mi ni en la cárcel estarían, siempre tuvieron pocas luces, mandar anónimos a todos los Jorge Díaz que viven en Mataderos, sólo a ellos se les ocurre, se lo habrán pedido a algún delincuente que salió antes que ellos de la cárcel. No entiendo porque están tan furiosos, si todos los meses les hago llegar una mensualidad a sus familias. La voz de su mujer llamándolo lo distrajo…
     - Omar, apúrate que estamos listos y en dos horas tenemos que ir a la excursión de los siete lagos.
     - Ya estoy listo, princesa, solo estaba esperando que ustedes se levanten.
     - Es una lástima que nunca vayamos a pasar unos días a Buenos Aires, a los chicos y a mi  nos gustaría conocer tu ciudad natal.
     - Dentro de un tiempo tal vez, sabes que Buenos Aires no me trae buenos recuerdos.   
     - Eres tan lindo mi amor, una pena que mañana debamos regresar a Barcelona, San Martín de los Andes es precioso.
     - Cierto, pero el año que viene vamos a ir a la Polinesia, me toca elegir a mi y prefiero el calor y el mar.
     Salió orgulloso de la habitación del hotel abrazando a su bella mujer y a sus dos hijos, el conserje lo saludo amablemente.
     - Que pase un excelente día señor Lampadíaz – Jorge sonrío feliz.



.

.Con la misma vara, Bárbara Benitez, miércoles de 17.30 a 19.30 hs.


Los ciento cuarenta kilos pesaban en el alma, por gordura y desprecio materno. Las palabras de mi madre me ignoraban y odié ese cuerpo culpable de tal  indiferencia .Su gesto cálido nunca llegaba; aunque una caricia de compromiso  hubiera bastado, la piel brotada por pliegues lastimados la separaba de mí. El resto también se apartaba.
Si subía a un colectivo y ocupaba un asiento para dos, el otro quedaba vacío en medio de una multitud que mataría por uno. Soporté burlas en  el colegio, las salidas; a cada instante, todos los días.
Sólo para que se fijara en mí accedí a las operaciones decididas por su voluntad: cinturón gástrico, liposucciones, senos, cola y -ya que estaban- nariz. Recién entonces el beso de mamá llegó.
 De a poco me fui convirtiendo en un mutante de cabello rojo y ojos falsos que me dejaron sin visiones pudorosas, sin color ni luz; mientras las cirugías quitaban el excedente de latidos que manifiestan al corazón.
Venía de consultar al cirujano cuando, por una huelga de taxistas, obligada tomé el subte. Si bien al principio molesta, en él logré  cerrar los ojos y complacida apoyé la cabeza contra la ventanilla para disfrutar ese ahora de hermosura comprada. Hasta que al abrirlos la obesa mujer sentada en frente reflejó mi imagen;  el estómago dio una vuelta. Lo notó porque desvió la mirada.
Bajé en la primera estación. Salí  al exterior; busqué un bar para ir al baño en el que me miré al espejo una y otra vez, por largo rato.
Más segura me senté en una mesa de afuera. El mozo trajo el café pedido. Lo revolví despacio y en una de las ondas que la cucharita hizo volví a ver en el cuerpo de la extraña el mío. Recordé las humillaciones, las burlas. Supe lo que le estaría pasando; sentí lástima por ella.
Decidí dejar de pensar en su elección. Pedí una porción de torta light,  encendí el cigarrillo e hice un crucigrama.

Devanagari, Fabiana Olea, Miércoles de 17.30 a 19.30

     Obsesionada con el texto de Borges, “Tlón, Uqbar, Orbis Tertuis”, decidí investigar si él realmente estaba describiendo un mundo ilusorio e idealista o había podido verificar su existencia y lo había escrito para que solo algunos pocos pudieran comprenderlo y esos algunos pocos fueran conocedores y lectores de la Anglo-American Cyclopaedia (New York, 1917).
     Investigué en todas las bibliotecas y librerías antiguas con volúmenes de enciclopedias fuera de edición. Luego de varios años cedí antes de enloquecer y opté por dejarlo en manos de la causalidad, si era posible develar la verdad oculta tras el cuento, algún día la respuesta vendría a mí, cuando estuviese preparada para comprenderla.
     Un día de mayo, caminando por la Avenida Corrientes a eso de las siete de la tarde, mis pasos apurados se detuvieron frente a un cartel de madera colgado sobre la puerta antigua de un negocio en un subsuelo, decía en letras de estilo gótico “Devanagari” y debajo en pequeñas letras “solo abierto para quienes quieran entrar”. Baje las escaleras y observé alrededor, a mis costados paredes grises y gastadas, frente a mí la incertidumbre, detrás los pies desconocidos y apurados de la avenida.
     Despacio baje el picaporte y empuje, cientos de años escaparon en un bostezo; mi corazón latía ansioso, asomé la cabeza por la apertura y miré dentro del lugar, estaba tranquilo, pequeños faroles antiguos iluminaban el recinto de manera agradable e íntima; en incontables estantes de madera rústica reposaban miles de libros teñidos por el tiempo. Dentro del lugar, todo mi cuerpo se volvió un observador atento; el recinto era angosto pero su largo no tenía fin visible. Me dirigí a un pequeño escritorio, bello y de estilo desconocido ubicado en un costado, allí había un hombrecito vestido con traje de pana verde y fumando lo que parecía ser una pipa, levantó sus ojos del libro que estaba leyendo, me miró y sonrío, sus ojos color turquesa eran enormes para el tamaño de su cara y se escondían tras unas gruesas lentes sin armazón sostenidas sobre su nariz, su pelo era amarillo y su piel de color azul, su aspecto era sorprendente pero para nada intimidante ni agresivo, cuando habló su voz no salía de su boca, simplemente flotaba en el aire como una melodía:
     -No tenemos ningún volumen de la Anglo-American Cyclopaedia y mucho menos el que usted busca – mis años de obsesión despertaron, agregó – aún no es un volumen olvidado. Tranquilo y pausado continúo, disculpe la grosería soy un fifiriche, embajador de Devanagari, sígame por favor que la acompaño a sentarse al quijongo – me guió hacia una mesa con sillas que parecían un gran hongo invertido – para que comprenda mejor este sitio le voy a entregar un pequeño libro que contiene la información que usted necesita.
     Mientras se alejaba me senté y la butaca se acomodó a las formas de mi cuerpo haciéndome sentir que estaba sentada en una nube (si es que hay descripción posible), el techo era como un cielo cambiando de colores todo el tiempo, de repente azul, de repente rosa, otras como la aurora boreal, otras toda la vía láctea. El lugar no dejaba de sorprenderme, me di un fuerte pellizco para comprobar que estaba despierta, y si lo estaba, el moretón en mi brazo daría luego pruebas de ello.
     El fifiriche regresó con un libro en una de sus manos y una taza en la otra.
     -Le dejo aquí el oolito – dijo entregándome el libro – y espero que disfrute de esta sabrosa minoca mientras lo lee, apoyó la taza plateada sobre el movedizo quijongo y antes de alejarse agregó – cualquier cosa que necesite solo tiene que pensarme.
     La minoca tenía un aroma delicioso, irresistible no probarla, su sabor era único e indescriptible, perfecto a mi paladar, cada parte de mi ser disfrutaba de aquella bebida transparente a la temperatura ideal, no podía compararla con nada que conociera. Luego de disfrutar ese nuevo y delicioso elixir, me detuve en el libro de tapas doradas, en color azul estaba escrito “Oolito” y debajo “en pequeñas palabras la sabiduría de Devanagari”.
     Abrí el libro en la primera hoja y allí estaba la palabra Devanagari y su definición, ciudad creada desde el principio de los tiempos por los habitantes de Devana, primeros estudiosos del lenguaje en el universo. La ciudad está ubicada en todos los sitios y al mismo tiempo en ninguno, abre sus puertas a quien quiera entrar. Solo conserva los libros olvidados.
     Cambié de página, estaba escrito Oolito, libro que contiene y explica las palabras incomprendidas por el lector y visitante de Devanagari; no podía con mi sorpresa, abrí el oolito por la mitad, fifiriche: ser milenario, conocedor de todos los secretos de la ciudad de Devanagari, hay solo diez y son descendientes de los reyes de Devana. Cerré el libro y lo abrí en otra página al azar, apareció la palabra minoca: infusión energética de letras, palabras y textos necesarios para el organismo que la bebe. Antes de que pudiera lamentarme por haberla consumido toda el fifiriche estaba a mi lado dejándome otra taza del sabroso néctar, le sonreí agradecida, volví a mirar la misma  página y allí estaba la palabra quijango: recinto de lectura creado por el lector acorde a sus necesidades tanto físicas como intelectuales.
     Cerré el oolito y me quede pensativa, comprendí que me sería imposible encontrar allí algún libro o enciclopedia que estuviese en mi mente, como narra Borges respecto a Tlón pero a la inversa, en Tlón cuando se olvida un objeto simplemente desaparece, pero aquí en Devanagari, la gran biblioteca de libros olvidados y desconocidos, basta que alguien lo piense para que no esté aquí. Apoyé el libro sobre el quijongo y cerré los ojos un instante, cuando los abrí estaba frente a la puerta clausurada del subsuelo, me senté en el primer escalón frente a ella y observé la entrada sin vida. La ciudad de Devanagari ya no era desconocida ni olvidada por mí, por lo tanto no estaba. Me sentí triste, me hubiese encantado leer algunos de esos libros antiguos, fuentes de sabiduría milenaria y olvidada, a pesar de saber que irían desapareciendo a medida que los leyese.
     Suspiré mirando el espejismo de la nada, sobre mi zapato encontré un pequeño trozo de una hoja de diario, en el decía “todo a su tiempo”, sonreí cómplice y lo guardé en mi agenda.
     Mis dudas comenzaron a disiparse, si la Anglo-American Cyclopaedia no estaba en Devanagari significaba que alguien poseía un ejemplar. Mi teoría era cierta, solo tenía que encontrar al poseedor o poseedora de ella y ese volumen en particular.
    Con respecto a Devanagari, tal vez alguien me crea si estuvo allí y tal vez si tengo suerte pueda volver a entrar. De su existencia, no tengo dudas.

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Las gárgolas, Norma Gini, Miércoles de 17.30 a 19.30 hs

El casco de la Estancia de los Sarmiento estaba abandonado hacía años. La maleza que había sido benévola, dejaba entrever un pasado de grandeza, las fuentes, las estatuas y dos gárgolas en la galería con forma de cancerberos, que aseguraban que los muertos no pudieran salir y que los vivos no pudieran entrar.
     Decían en el pueblo que los Sarmiento eran tíos abuelos segundos del gran maestro, tuvieron siete hijos, seis varones y una mujer: Sarah, con la que crecimos juntas. Los mil metros que separaban ambas casas, eran nuestro campo de juego junto a flores y animales silvestres que venían desde el monte cuando Sarah asomaba su sonrisa.
      Eramos inseparables, excepto esos días, que don Sarmiento la castigaba por sus travesuras, encerrándola en un cuarto en el fondo de la casona.
      Vi partir a cada uno de los hermanos hacia la Capital..pude disfrutar de los colores de los peces de las fuentes, el aroma delicioso de las flores en primavera, vi sufrir la muerte de la Sra Sarmiento, vi crecer a Sarah, me ví crecer.
      Ya no jugábamos como entonces, Sarah se ocupaba de los quehaceres de la casa y de la artrosis de su padre, yo me fui a estudiar a la ciudad y volvía en los veranos donde teníamos largas y jugosas charlas. Mis ojos eran la ventana por donde Sarah conocía el otro mundo, el que deseaba conquistar algún día.
      Ya adulta, mis visitas se espaciaron hasta no volver más. Por aquellas épocas me enteré de la muerte de don Sarmiento, quien había dejado como legado colocar esas dos gárgolas en los techos de la galería pero nunca más supe de mi amiga.
      Decidí volver a envejecer en paz entre recuerdos y aroma de flores. La casa de los Sarmiento está allí suspendida en el tiempo. Algo, que no sé que es, me impide acercarme. La observo desde lejos, lo que me permiten mis ojos ya cansados. A veces alucino y veo en las noches de luna llena, la imagen casi desnuda de una mujer que parece deambular  por la antigua galería.

domingo, noviembre 14, 2010

Quién tiene trece margaritas deshojadas, Susana Tai Chi


En la base del cerro había un cantero de margaritas .Eligió una bien abierta y la arrancó. Lentamente mientras subía por el camino empedrado iba deshojándola y en la cima el último flotó hasta las aguas del lago, que frío y transparente, bañaba la playa desierta.
En la isla las flores adornaban el umbral que iniciaba la caminata .La segunda margarita se tentó con el paseo. Los pétalos se esparcían en las arenas mientras el sol caminaba con los visitantes .Al llegar al laberinto cayeron el resto, como lágrimas blancas indicando el camino de salida.
Navegaron atravesando un estrecho del lago donde los dos países se acercaban. Coronas de margaritas adornaban las islas flotantes festejando la llegada de la primavera. La tercera flor se desvanecía entre sus manos mientras degustaba el sabroso té en las casas de los isleños.
Entre las piedras del corte de ruta de los pueblerinos que reclamaban al gobierno central las condiciones básicas de una vida digna, una niña le regaló un ramito de flores, una de ellas, una margarita, la cuarta, fue la elegida. Al otro lado del corte un ómnibus los esperaba para continuar el viaje.
Cuándo llegaron no quedaban pasajes para el tren, esperarían al día siguiente para partir.
La plaza estaba de fiesta, llena de flores, las vendedoras de artesanías regalaban margaritas a sus clientes .La quinta se desarmó dibujando una sombra blanca de pedidos de amor.
El tren los recibió contento obsequiándoles valles, ríos y montañas a cada lado. Al subir le ofrecieron la sexta flor.  En el vagón sonaban los distintos idiomas mezclados en la euforia que los aunaba en esta experiencia casi mística. Entonces cada pétalo fue un deseo.
Caminaron hasta el hostal por las orillas del río que bajaba sonoro atravesando el pueblo. El recepcionista  le ofreció una margarita, la séptima. Un vaso de agua la mantuvo viva en su habitación. El libro en la mesita se pobló de su regalo blanco.
Fueron a las termas a tomar un relajante baño caliente y en los bordes de las piletas las margaritas rodeaban el lugar festejándolo. Arreglos de flores flotaban .Floreros invitaban a tomar una flor para sentirse integrante del entorno .Fue la octava que se deshizo en sus manos.
Su bastón de caminante la acompañó en el recorrido de la ciudadela de piedra .La novena margarita imaginó la historia que la guía les narró. Subieron, bajaron y descansaron entre las enormes piedras que duermen un sueño de otra vida.
Treparon hasta la puerta del sol, la décima fue la sonrisa de un viajero agradecido.
De regreso descansaron tirados en el pasto de una  de las terrazas. Una conocida ocasional dejó la undécima en sus manos como reflejo de su momento en común.
Bajaron hasta la entrada. Caía la tarde. La  rústica confitería fue muy acogedora con su café y sus tortas .La duodécima se estiraba en el florerito de la mesa.
Charlaron, esperaron y luego en el ómnibus de regreso, él le regalo la número trece.

domingo, octubre 10, 2010

Vendo zapatos de bebé, sin usar, Nelia Curone, martes de 14 a 16 hs

“Vendo zapatos de Bebé, sin usar”
Ernest, Hemingway


Este epígrafe me lleva a pensar en el valor de las cosas pequeñas, insignificantes. En este caso me referiré al cambio de significado por la presencia de la coma. Para entender mejor procederé a sacarla y entonces escribiré Vendo zapatos de Bebé sin usar, donde lo que parece fuera de uso es el Bebé. Pobrecito.

Este ejemplo de anfibología lleva a mi imaginación a pensar que el niño es una especie de objeto de descarte como lo serían sus zapatos a los que creemos todavía nuevos quizás porque tendría otros y le quedaron chicos sin haber dado un solo paso con ellos.

Esto me remonta a mis tiempos de docente en actividad, cuando les enseñaba a mis
alumnos un gracioso trabajo de Don Pedro Calderón de la Barca en el que cuenta que
un vidriero enamorado oriundo de Tremecén (Africa) ante el deseo de su amada de poseer una mona envió a pedir tres o cuatro a su amigo de Tetuán. El exceso respondía a su intención de halagar a su dama al brindarle la posibilidad de elegir su mona entre varias. Pero cometió un error y escribió 304, es decir que omitió el acento sobre la O, que la hubiera diferenciado del cero.

Imaginemos al Tetuanense corriendo como loco para conseguir semejante cantidad de
monas. Pero mucho peor debió haberlo pasado el enamorado que ante la llegada de
los graciosos e inquietos animalitos tuvo que ver como se destruía su negocio de frágiles
vidrios.

En realidad, muy irónico nuestro Don Pedro.

El autito azul, Leonardo Fernández

La puerta abierta, la plaza desierta bajo una llovizna fina que no moja mostraba en su camino el reflejo de las baldosas rojas brillando a su paso.
Estaba solo en esa cita inexplicable.
Jamás había pensado en una tarde gris; daba igual.  Justo en este día el mástil, añorando los colores de su bandera y la calida mirada de los niños mostraba su desnuda soledad, se acercó a el y apoyó su mano en el hierro frío e inexpresivo que se llevó su calor para siempre. Giró la vista y al costado, el recuerdo de su infancia estaba allí; en los juegos inmóviles.  El silencio sin música de la calesita y el caballo blanco preferido lo hicieron vacilar por un instante.
La mirada de Gardel y su sonrisa de cara a la calle Cochabamba, y  la tristeza de los indigentes bajo la autopista a solo algunos metros, son
imágenes muy fuertes que querría conservar y no podrá.
Le parece escuchar el rumor del último partido en el centro de jubilados.  Una idea le viene a la cabeza y aflora una sonrisa triste.

Salta la valla que lo separa de la calesita, acaricia el caballo blanco como acariciando los recuerdos y la tos seca le mancha los labios.
Elige un pequeño autito azul se sienta y cierra los ojos; ha decidido que sea allí.  
El día siguiente amaneció con sol, los niños extrañaron la música de la calesita.